Había observado que desde hacía una temporada, Hercule Poirot se mostraba descontento e intranquilo. Llevábamos algún tiempo sin resolver casos de importancia, de esos en los que mi pequeño amigo ejercitaba su agudo ingenio y sus notables facultades deductivas. Aquella mañana de Julio, dobló el periódico que leía y exclamó:
Mr. Lavington nos visitó aquella noche. Lady Millicent no había
exagerado al describirlo como un hombre odioso. Sentí un cosquilleo en los dedos
de los pies, de tantas ganas como tuve de darle una patada en su parte más
carnosa y echarlo escaleras abajo. Sus fanfarronerías y modales eran
insoportables, como también sus risas burlonas ante las sugerencias de Poirot.
En todo momento se mostró dueño de la situación, mientras Poirot parecía
desarrollar la más desafortunada de sus actuaciones.
–Bien, caballeros –dijo Lavington mientras cogía su
sombrero–. No puede decirse que hayamos llegado a un acuerdo. Ahora bien,
tratándose de lady Millicent, una señorita encantadora, dejaremos la cosa en
dieciocho mil libras. Hoy mismo me traslado a París... cuestión de pequeños
negocios. Regresaré el martes. Si el dinero no me es entregado el martes por la
noche, la carta llegará a manos del duque. No me digan que lady Millicent no
puede conseguir esa suma. Cualquiera de sus amistades masculinas estaría más que
dispuesta a favorecer a semejante belleza con un préstamo... silo enfoca del
modo adecuado.
Indignado, avancé un paso,
pero Lavington se había precipitado fuera de la habitación al mismo tiempo que
terminaba la frase.
–Tiene que hacer algo,
Poirot. Parece que lo toma con poco nervio –grité.
–Posee un excelente corazón, amigo mío, si bien sus células
grises se hallan en un deplorable estado. No experimento ningún deseo de
impre-sionar a Mr. Lavington con mi ingenio. Cuanto más pusilánime me crea,
mejor.
–¿Por qué?
–Resulta curioso –dijo Poirot haciendo memoria– que
expresara deseos de trabajar contra la ley, precisamente momentos antes de que
lady Millicent viniera.
–¿Piensa registrar
la casa de Lavington mientras se halla ausente? –pregunté con el aliento
contenido.
–A veces, Hastings, su proceso
mental es sorprendentemente rápido.
–¿Y si
se lleva la carta?
Poirot sacudió la
cabeza.
–Es muy improbable. Todo hace
pensar que posee un escondrijo en su hogar considerado por él como
inexpugnable.
–¿Cuándo...? Bueno...
¿cuándo consumaremos el allanamiento de morada?
–Mañana por la noche. Saldremos de aquí hacia las
once.
Y a esa hora yo estaba dispuesto a partir, vestido con un traje
y un sombrero oscuros.
Poirot me observó
un instante y se sonrió.
–Su atuendo es el
apropiado para este caso
–me dijo–. En
marcha, tomaremos el metro hasta Wimbledon.
–¿No nos llevamos las herramientas adecuadas para forzar la
puerta?
–~Mi querido Hastings! Hercule
Poirot no emplea semejantes métodos.
Era
medianoche cuando penetramos en un reducido jardín suburbano de Buona Vista. La
casa se hallaba oscura y silenciosa.
Poirot se encaminó directamente hacia una ventana de la
parte trasera de la casa. La levantó sin hacer ruido y me invitó a entrar por
ella.
–¿Cómo sabía que esta ventana se
abriría?
–susurré, pues realmente parecía
cosa de magia.
–Me cuidé de su cerrojo
esta mañana.
–¿Qué?
–Sí, hombre. Fue cosa fácil. Me presenté como agente del
inspector Japp y dije que me enviaba Scotland Yard para colocar unos cierres a
prueba de robo solicitados por Mr. Lavington. El ama de llaves me dio toda clase
de facilidades, pues han sufrido dos intentos de robo últimamente. Eso demuestra
que nuestra idea la han tenido ya antes otros clientes de Mr. Lavington, si bien
no lograron llevarse nada de valor. Después de examinar todas las ventanas y de
hacer mis pequeños arreglos, prohibí a los criados que las tocasen hasta mañana
por haberlas conectado a la corriente eléctrica.
–Realmente, Poirot, es usted fantástico.
–Mon ami, fue de lo más sencillo que pueda
imaginarse. Y ahora, manos a la obra. Los criados duermen en la parte alta de la
casa, así que corremos poco peligro de molestarlos.
–Imagino que la caja estará empotrada en alguna
parte.
–¿Caja? ¡Pamplinas! Mr. Lavington
es inteligente. Ya comprobará que tiene un escondite mas idóneo que una caja.
Eso es lo primero que todos registran.
Iniciamos una investigación sistemática. Pero, tras varias
horas de registrar la casa, nuestra búsqueda seguía siendo infructuosa. Vi
síntomas de furia en el rostro de Poirot.
–Ah, sapristi! ¿Acaso Hercule Poirot puede ser vencido?
¡Jamás! –exclamó–. Tranquilicémonos. Reflexionemos. Razonemos. En fin, empleemos
nuestras pequeñas células grises.
Guardó
silencio y sus cejas se contrajeron en un evidente signo de concentración
mental. De repente, la luz verde que yo conozco tan bien se reflejó en sus
ojos.
–¡Soy un imbécil! ¡La cocina!
–¿La cocina? –interrogué–. ¡Imposible! Los
criados descubrirían más pronto o más tarde el escondite.
–¡Exacto! Lo que el noventa y nueve por ciento de las
personas dirían. Por eso la cocina es el lugar más idóneo. Está llena de
diversos objetos caseros. ¡Vamos a la cocina!
Totalmente escéptico, lo seguí y observé cómo buscaba en el
arcón del pan, tanteaba ollas y metía su cabeza en el horno de la cocina. Al
fin, cansado de mirarlo, me fui a la biblioteca, convencido de que allí, y solo
allí, hallaríamos la caja. Después de realizar un nuevo y minucioso registro,
comprobé que eran las cuatro y cuarto, por lo que el amanecer estaba próximo.
Esto guió mis pasos a las regiones de la cocina.
Para mi sorpresa, Poirot se hallaba dentro de la carbonera.
Su pulcro traje claro estaba hecho una calamidad. Me sonrió al decirme:
–Sí, amigo mío, estropear mi aspecto no me causa
placer alguno, pero... ¿qué hubiera hecho usted?
–Seguro que Lavington no ha enterrado la caja en el
carbón.
–Si usara sus ojos vería que no es
el carbón lo que examino.
Entonces
descubrí una oquedad en el fondo de la carbonera, repleta de leños bien
apilados. Poirot procedía a quitarlos uno a uno. De pronto, exclamó en voz
baja:
–¡Su cuchillo, Hastings!
Se lo entregué y me pareció que lo insertaba en
un tronco, que se abrió en dos. Entonces observé que había sido pulcramente
aserrado por la mitad y que, en su centro, había sido tallada una cavidad. De
aquella cavidad, Poirot sacó una pequeña caja de madera, de fabricación
china.
–¡Estupendo! –grité.
–Calma, Hastings. No levante demasiado la voz.
Vamos, salgamos antes de que la luz del día caiga sobre nosotros.
Deslizó la caja en uno de sus bolsillos y, de un
ágil salto, salió de la carbonera. Luego se sacudió la suciedad y abandonamos la
casa por el mismo lugar por el que habíamos entrado. Finalmente, reemprendimos
el regreso a Londres.
–¡Vaya escondite más
extraordinario! –exclamé–. Sin embargo, cualquiera hubiera podido utilizar aquel
leño.
–¿En julio, Hastings? Además, se
olvida de que era el último de la pila y un escondite muy ingenioso. ¡Ahí viene
un taxi! Ahora a casa, donde me espera un baño y un sueño reparador.
Después de la excitación de la noche, dormí hasta muy tarde.
Cuando al fin entré en nuestro despacho, poco antes de las doce, me sorprendió
ver a Poirot apoyado en el respaldo del sillón con la caja china abierta a su
lado, leyendo tranquilamente la carta que había sacado de ella.
Me sonrió afectuoso y golpeó la hoja que leía.
–Lady Millicent tenía razón. El duque jamás le
hubiera perdonado esta carta. Contiene las expresiones de amor más extravagantes
que jamás he leído.
–Poirot, opino que
nunca debió leer esa carta. Nadie medianamente educado lo hubiera hecho.
–Pero sí Hercule Poirot –me replicó
imperturbable.
–¿También es juego limpio
para Hercule Poirot valerse de una tarjeta falsa? –pregunté recordando el método
que usara para franquearse la entrada en casa de Lavington.
–Yo no juego limpio, Hastings, cuando llevo un caso.
Me encogí de hombros, incapaz de rebatir sus
puntos de vista.
–Se oyen pasos en la
escalera –dijo Poirot–. Lady Millicent, seguro.
El semblante de nuestra rubia cliente mostraba gran
expresión de ansiedad, que se trocó en otra de delicia al ver la carta y la
caja.
–¡Oh, monsieur Poirot, qué
maravilloso es usted! ¿Cómo lo ha conseguido?
–Con métodos bastante reprobables, milady. Pero Mr.
Lavington no nos demandará. ¿Esta es su carta, verdad?
Ella la examinó.
–Sí.
¿Cómo podré agradecérselo? Es usted un hombre maravilloso, sencillamente
maravilloso. ¿Dónde estaba oculta?
Poirot
se lo contó.
–¡Qué inteligente es usted!
–dijo cogiendo la cajita de la mesa–. Me la guardaré como recuerdo.
–Milady, supuse que no tendría inconveniente en
dejármela también como recuerdo.
–Espero
mandarle un recuerdo mucho mejor el día de mi boda. No seré desagradecida,
monsieur Poirot.
–Haberle sido útil es
para mí un placer superior a cualquier talón bancario. Permítame que retenga la
caja.
–Por favor, monsieur Poirot,
significa mucho para mí –dijo sonriente.
Lady Millicent alargó su mano, pero la de Poirot se cerró
sobre la de ella.
–Seguro –su voz había
cambiado.
–¿Oué significa esto? –preguntó
la joven, no sin cierta dureza.
–En todo
caso, permítame que saque el resto de su contenido. Observe cómo el espacio
original ha sido reducido a la mitad. En la parte superior está la carta
comprometedora, pero en el fondo...
Hizo
un gesto ambiguo y sacó la mano. En ella aparecieron cuatro relucientes piedras
y dos grandes y lechosas perlas blancas.
–Las joyas robadas en la calle Bond el otro día, me imagino
–murmuró Poirot–. Japp nos lo confirmara.
Mi sorpresa no tuvo límites cuando el mismo Japp salió del
dormitorio de Poirot.
–Le presento a un
viejo amigo suyo, según tengo entendido –dijo Poirot a lady Millicent.
–¡Cazada! –exclamó la joven con un repentino
cambio de modales–. ¡Cínico viejo demonio!
–Bien, mi querida Gertie –intervino Japp–. Esta vez ganamos
nosotros. Ya hemos detenido a su compinche, el falso Lavington. En cuanto al
auténtico, conocido también por el nombre de Corker, me gustaría saber quién de
la banda lo apuñaló en Holanda el otro día. ¿Creyeron que se había llevado el
botín con él, verdad? Les engañó como a novatos y lo ocultó en su propia casa. Y
ustedes, al fracasar en la búsqueda quisieron engatusar a monsieur Poirot, quien
tuvo más suerte y las encontró.
–¿Le gusta
pavonearse, verdad? –preguntó la falsa Millicent–. ¡Qué fácil le resulta ahora!
Bien, seré buena. No podrá decir que no soy toda una dama.
–Los zapatos no encajaban –me dijo Poirot cuando estuvimos
solos–. Según pequeñas observaciones sobre la vida, las costumbres y los gustos
de los ingleses, una dama, una dama de verdad, se muestra siempre muy exigente
con sus zapatos. Podrá vestir ropas descuidadas, pero jamás llevará un calzado
ordinario. Sin embargo, nuestra lady Millicent lucía ropas elegantes y caras, y
zapatos de escaso valor.
»Ellos debieron
pensar que ni usted ni yo conoceríamos a la auténtica lady Millicent debido a
sus escasas visitas a Londres. Y hemos de admitir que la jovencita se le parece
lo suficiente para suplantarla con éxito, ante quien no haya tratado con ambas
con anterioridad.
»Bien, como le he dicho,
sus zapatos despertaron mis sospechas, acrecentadas por su historia y el uso de
tan melodramático velo. Supongo que la caja china con una carta comprometedora
en su interior debía ser conocida por todos los miembros de la banda, pero no el
leño hueco, una idea particular del difunto Lavington.
»Hastings, espero que nunca más herirá mis sentimientos
como hizo ayer al decirme que soy desconocido entre el hampa londinense. Ma
foi! ¡ Si hasta me contratan cuando ellos mismos
fracasan!