Sentada en una silla de plástico, en el pasillo de un ambulatorio, en un ambiente algo frió diría yo, cabizbaja, esperando. La puerta de la consulta esta aun cerrada, no hace mucho que entro la paciente anterior. Ella esta algo nerviosa, sabe lo que le espera y no le gusta. Siempre, desde pequeñita, tubo miedo a las agujas, y a pesar del tiempo, a pesar de la madurez, aun hoy, con sus 27 años, se le hace un nudo en el estomago cuando piensa y sabe que la va a pinchar. Trata de convencerse, de ser valiente, pero en el fondo le gustaría que nunca saliera la paciente anterior.
Mientras espera, piensa en que ojala o al menos, la inyección fuera en el brazo, eso, quizás, le angustiaría menos. Pero no es así.
Suena el picaporte de la puerta de la consulta, ella levanta la cabeza rápido, sabe que le toca a ella, que se acerca el momento. La puerta se abre, una mujer algo mayor que ella, sale de la consulta con la cara seria de no haberlo pasado bien, y con su mano derecha frotándose ligeramente, por encima de su falda ajustada, su nalga derecha. Ella la mira mientras se le acelera el corazón, y en ese momento escucha unas palabras, que salen de dentro de la consulta… adelante...Que pase el siguiente.
Se levanta rápido, decidida, trata de animarse.. “Vamos ya no soy una chiquilla”, pero las piernas le tiemblan ligeramente. Entra a la consulta, cerrando la puerta tras de si, con cara seria y medio pálida, sabiendo que falta poco para que la pinchen. El miedo que se acrecienta con el olor a alcohol del ambiente. En una mesa, sentado, un hombre con una bata blanca extiende el brazo hacia ella para cogerle un papel que nuestra protagonista lleva en la mano y donde pone lo que le tienen que inyectar. La mira un instante después la deja en la mesa y se levanta para coger de unas cajas situadas en unos estantes metálicos, aguja, jeringuilla, algodón y alcohol. Ella espera todavía vestida mientras el practicante prepara la inyección, el sonido de rotura de la ampolla de cristal que lleva el líquido, el del plástico del envoltorio de la jeringuilla. Coloca la aguja, se llena el liquido, y cuando ya la tiene preparada, el practicante se gira hacia ella y le dice "prepárese… bájese los pantalones".
Ella se echa mano al pantalón, se desabrocha los botones y se lo baja ligeramente, después, con los dedos, y despacio, se baja la braguita dejando su nalga al aire, y notando en ella cierto frescor que existe en el ambiente de la consulta.
Se acerca el practicante con el algodón en una mano y la aguja en la otra mientras dice en tono de advertencia… “le dolerá un poco”… ella prefiere no mirar y deja su mirada perdida hacia abajo a la vez que cierra los ojos y aprieta los dientes para contraponer el dolor.
Ya esta preparada para lo inevitable...nota el frescor del algodón frotando su nalga…un segundo de pausa....ahora unos golpecitos muy seguidos en la nalga…Plas, plas,plas...ya falta poco....aprieta mucho mas los dientes...y con un golpe rápido la aguja entra en su culete….ella hace un gesto muy ligero...le gustaría gritar un poco...pero tiene vergüenza ante un desconocido y también dignidad..Prefiere aguantar el dolor en silencio y apretando los dientes cada vez mas, en la misma progresión en la que aumenta el dolor al introducir el liquido. De repente todo acaba, la aguja sale, y ella vuelve a notar el roce del algodón en su nalga..Entonces, acto seguido, escuchas esas palabra… "ya esta puede vestirse"…, ella se queda paralizada un segundo, aun nota un ligero dolor en su trasero, es una situación algo indígnate para ella, con los pantalones y las bragas bajadas y con la nalga al aire. Acto seguido se sube su braguita y después su pantalón, se despide y se va en dirección a la puerta, ya ha pasado todo, al menos por hoy, porque sabe que tendrá que volver. Aun maldice el dia en que el medico de cabecera le receto toda una serie de inyecciones.


