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VACACIONES
Moderadores: Yolanda, Colaboradores
VACACIONES
Pasaría un mes tranquilo, basado en visitas a la playa, en siestas largas, en atardeceres en la piscina, en noches de restaurante y alguna copa ocasional. Las vacaciones siempre habían representado la aparición de sentimientos encontrados. Por un lado la tranquilidad que suponía treinta días completos sin ningún tipo de compromiso laboral y por otro, la ansiedad que a veces, le producía el utilizar la totalidad de su tiempo en ejercer de marido y de padre.
Afortunadamente tenía una mujer ejemplar, compañera, trabajadora, responsable, que había sabido adaptarse junto con él, a las diferentes fases por las que inevitablemente pasa cualquier matrimonio. Después de más de treinta años juntos, aquello era casi un milagro.
Su hija le preocupaba un poco más. Empeñada en alargar la fase más difícil de cualquier adolescente hasta más allá de los 20 años, era la que cerraba el grupo que formaría parte de aquella escapada. Parecía mentira lo poco que se tardaba en olvidar lo que había hecho uno a los veinte años cuando tenía hijos y lo que, ese olvido, dificultaba la comprensión entre ambos. A ella no le apetecía en absoluto, ir con ellos a la casa de la playa, pero no había tenido opción. Él, no estaba dispuesto a pasar los treinta días de sus vacaciones, preocupado en que estaría haciendo su hija en la ciudad, sin vigilancia y con total libertad.
La primera quincena de aquel mes fue tal y como había esperado. Después de pasar por todas las fases de bronceado, por fin, había conseguido mantener un color de piel acorde al lugar y momento donde se encontraba. Había disfrutado de paseos largos por la playa junto con su mujer, de arroces a pie de playa, de noches frescas de verano con música de fondo, del sonido del mar acompañándole a sumirse en el sueño. De descanso y de tranquilidad.
Sólo había un pero a aquellos días. Y era soportar la cara de enfado que cada día, sin excepción, le brindaba su hija por haberla secuestrado en unas vacaciones hechas para carrozas, en un lugar donde no conocía a nadie y donde lo único que podía hacer era tomar el sol como las lagartijas en la playa todo el día, plan por cierto, que no le motivaba en absoluto. Para ella, aquel mes de agosto, iba a pasar sin pena ni gloria.
Por todo aquello, cuando, un día comiendo, su hija le propuso invitar a una amiga a aquella casita durante unos días, a él le pareció una idea más que acertada. Todo sería perfecto, su hija controlada y además con alguien que conoce, y él, siguiendo su dinámica de tranquilidad junto con su mujer. Todavía le faltaban quince días de vacaciones y pensaba disfrutarlos al máximo.
Bajaron a la capital a buscar a la compañera de su hija. Sólo había pasado medio mes fuera de la ciudad y ya le parecía extraña. Quería volver cuanto antes a su paraíso estival. La recogieron junto a una parada de autobús, donde esperaba con una maleta descansando junto a sus pies. De las amigas que conocía de su hija aquella era a la que menos había visto. Sin embargo era a la que más recordaba, porque producía en él un efecto que casi no se atrevía ni a reconocer. Era alta y delgada, tenía un bonito cuerpo, acentuado por las ventajas de la juventud y una rostro dulcísimo, que no impedía que un hombre como él llegara a tener pensamientos, rápidamente descartados de su cabeza, que lo asustaban a y lo excitaban a la vez. Iba vestida con un pantalón blanco muy corto y ajustado y una camiseta sin mangas que no le tapaban el ombligo, y que dejaban intuir unos pechos del tamaño de manzanas. Su piel ya manifestaba el color típico de gente que ha disfrutado del sol durante todo el verano.
El viaje de vuelta a la playa estuvo protagonizado por una charla animada en el asiento de atrás, por risas, por planes para cuando llegaran. Él pensó que había sido, al fin y al cabo, una buena idea. Su hija estaba contenta y podrían pasar el resto de las vacaciones tranquilos. La excitación ocasional que le producía ver a aquella chica, era un precio muy bajo a pagar, para que todo volviera a la normalidad.
Todas las habitaciones de la casa estaban en la planta de arriba. A la invitada la acomodaron en la única habitación que quedaba libre. Su mujer y su hija la ayudaron a hacerlo y el se apresuro a coger de nuevo la dinámica vacacional, después de aquella visita breve a la ciudad. Se fue a la piscina de la comunidad donde sólo había dos o tres vecinos con ellos y se zambulló de golpe en el agua como si aquel acto, le quitara de la piel el estrés que se había traído de la ciudad sin querer. El impacto contra el agua fría y la sacudida que dio su corazón le recordaron que ya no tenía dieciocho años, sino que se acercaba a los cincuenta, y aunque se mantenía en buena forma física gracias al ejercicio regular, aquel tipo de sensaciones ya no estaba hechas para él.
Con la sensación del agua fría en su piel y el sol intentando calentarle se recostó en una de las tumbonas de la piscina y se quedó, con los ojos cerrados, oyendo a lo lejos el sonido de las olas.
Unas risas cercanas le hicieron salir de un estado ya casi próximo al sueño. El resto de su familia y la nueva invitada bajaban a la piscina. El se incorporo y la visión de aquella chica, vestida con un bikini minúsculo, y contorneando las caderas mientras se acercaban hizo que tuviera que apartar la vista. Empezaba a pensar si no se estaría convirtiendo en un viejo verde.
Después de que el resto de su familia disfrutara de unos minutos en el agua, lo cuatro se reunieron en torno a una mesa y se pusieron a jugar una partida de cartas. Él se dio cuenta de que la amiga de su hija le lanzaba miradas curiosas y divertidas a las que intentó no darle importancia. Pero empezó a darse cuenta de que para él, también era difícil apartar la vista de aquellos ojos, que lo miraban con una mezcla de inocencia que escondía algo. Es posible que el precio a pagar por tener unas vacaciones tranquilas empezara a subir.
Una mañana decidieron que seria una idea divertida alquilar una moto acuática. En una lancha rápida, los llevaron a los cuatro a unos doscientos metros de la playa, donde unas balizas delimitaban un circuito acuático por donde se podía circular. Después de la información, por parte de los organizadores, de las normas de seguridad y de conducción, se dispusieron en parejas para subir a la moto. En turnos iban él y su mujer, y su hija y la amiga. Fue una mañana divertida hasta casi el final, cuando ya estaba todo el mundo cansado pero todavía quedaban unos minutos de disfrute de la moto. La mujer ya no quería subir pues tenia las piernas cansadas de hacer fuerza para no caerse. La hija tampoco parecía tener ganas de subir.
- Papá, sube con Ana, a ella todavía le quedan fuerzas.
El se quedo parado. Ana lo miro con curiosidad y le hizo el ademán de subir. Con actitud impasible, intentando no mostrar los nervios que le producía aquella situación pregunto con aire socarrón:
- ¿Quién conduce?- su cara tenia dibujada media sonrisa de maduro interesante que seguro parecería cualquier otra mueca.
- Las mujeres, por supuesto- contesto ella con otra sonrisa burlona y la barbilla levantada en actitud altiva.
Entre risas se acomodaron en la moto. Ella delante, él justo detrás de ella.
- Agárrese bien abuelo, no vaya a caerse.
Tomando aquella orden en serio, poso sus manos en la cintura de la chica. La moto se puso en marcha a toda velocidad y empezaron a volar sobre las olas del mar. La velocidad que estaba alcanzando era increíble y optó por cerrar los ojos y cogerse más fuerte. Aquella chica era una temeraria. Estaban muy alejados del punto de control donde los organizadores de la actividad los esperaban cuando freno la moto y esta quedó a la deriva dejándose llevar por el suave oleaje. Fue en ese momento cuando se relajo. Ella reía sin parar intentando tranquilizarse, él empezó a pensar que realmente era demasiado mayor para esas cosas.
- ¿volvemos?- pregunto ella girándose.
- Un segundo, permíteme que mi corazón vuelva a recuperar sus pulsaciones- aquel comentario fue recibido con una carcajada mucho mayor de lo que realmente merecía.
Permanecieron unos minutos dejando que la moto bailara con las olas. Ella se inclinó hasta quedar con los brazos apoyados en el manillar de la moto como si quisiera echarse a dormir. Él detrás, intentaba recuperar la calma….hasta que bajó la vista.
En frente de él tenía su espalda bronceada y llena de gotas de agua. La parte de abajo del bikini, dejaba ver parte de sus nalgas, pues, con el movimiento se habían metido entre ellas, y no parecía darse cuenta, o si se había dado, no le molestaba…
Sólo hubiera hecho falta un movimiento hacia delante para sentir en su sexo el glúteo de aquella chica. Pero no iba a ser necesario. En contra de su voluntad empezaba a tener una erección espectacular que no podía controlar. Su propio bañador empezaba a abultarse como si allí estuvieran montando una tienda de campaña. Era un bañador tipo bóxer, sin el camal largo. Como no hiciera algo, la polla le saldría por el camal. Ella seguía apoyada en el manillar, sin decir ni una palabra, esperando recibir una orden para volver.
Ocurrió lo inevitable. Su pene, aunque de forma muy suave pero evidente,y debido a la inminente erección, rozó la uno de sus glúteos y quedó apoyado en él. El oleaje hacía que el roce, en ocasiones, fuera un poco más intenso. Ella no se giró. Solo se movió un poco….hacia detrás!
Su miembro pugnaba por salir a través de un camal. La tela de su propio bañador era lo único que le impedía estar en contacto directo, con la piel de ella. Empezaba a estar brutalmente excitado y no sabía si eran imaginaciones suyas o la chica sabía que estaba pasando u dejaba que ocurriera. La cabeza le daba vueltas, como si hubiera bebido un poco más de la cuenta. Quizá aquella sensación le impulso a hacer lo siguiente sin calibrar las consecuencias.
Se retiró el camal y dejó a la vista su pene, duro, apuntando hacia arriba, con una erección que hacía años no tenía. Se acerco a la chica por detrás y cogiendola por la cintura como a la ida, lo encajó entre sus nalgas, separadas ahora por casi todo el bikini que se había metido entre ellas. El movimiento de la moto en el agua provocaba que el roce, para él, y para ella fuera más evidente. Pero ella no parecía darse cuenta de que tenía una polla entre su culo.
Al notar las manos en sus caderas ella se volvió hacia él:
- ¿Volvemos ya?- pregunto con media sonrisa.
- Si, será lo mejor, pero no corras mucho.
Ella pulso el gatillo del manillar de la moto muy suave y comenzaron la vuelta a velocidad de crucero. Ella no había cambiado su posición en la moto y é no estaba seguro de si estaría notando lo que había hecho, pero sí era consciente del contacto de su piel, y estaba enormemente excitado. A unos cincuenta metros de la llegada, ella se levanto un poquito del sillín y adelantó la posición unos centímetros y el aprovecho para dejar su miembro dentro del pantalón. Pero continuaba con una erección brutal, y justo cuando estaba a punto de subirse a la barca de control para abandonar el circuito, se tiro al agua con el consiguiente asombro de los presentes…
Los días largos de verano iban pasando. El episodio del paseo en moto parecía un sueño que nunca hubiera sucedido y no había signos que hicieran pensar que ella notara algo. Pero él recordaba ese momento con una mezcla de excitación y de vergüenza por haber sido capaz de hacer una cosa así. Sólo recordaba que había perdido el control de sus actos.
Desde el porche de la casa que habían alquilado, sentado en una silla ojeando la prensa, podía observar la playa. Desde allí era testigo, en los atardeceres de cómo siempre, algún grupo de jóvenes abordaban a su hija y a la amiga, mientras éstas aprovechaban los últimos rayos de sol del día. Le recordaban a él mismo cuando tenía su edad. Ellas eran educadas y les dejaban hacer, pero su experiencia le decía que según su actitud, ellos no entraban en los planes de dos amigas que querían pasar un verano divertido.
Una tarde, su hija le comentó que esa noche pensaban acercarse a una discoteca de verano que estaba a las afueras del pueblo. Que no querían coger el coche y que si él podría acercarlas allí y recogerlas al acabar la noche. El solía levantarse algunas mañanas pronto para ir a correr a la playa y accedió a acercarlas y traerlas. Aprovecharía esa mañana, cuando llegara para irse a correr. Así que quedaron en llevarlas a las doce de la noche y recogerlas a las seis de la mañana. Aquello era una de las cosas que no llegaba a comprender. Y era la necesidad de estar hasta esas horas de juerga por ahí. Pero así eran esos tiempos y el suyo había pasado ya. No tenía más remedio que adaptarse.
Se levantó a las cinco y media de la mañana y se vistió con un pantalón corto de deporte y una sudadera, preparado ya pasar salir a correr en cuanto volviera. Dejo a su mujer en la cama, inmersa todavía en el limbo y cogió su volvo s40 para ir a por ellas. Todavía era casi noche cerrada y no había mucho tráfico. En diez minutos se plantó en el pequeño parking que tenía la discoteca y donde las había dejado unas horas antes. Ellas ya lo esperaban en la puerta rodeadas de algunos chicos que intentaban tirar las últimas balas.
Cuando lo vieron aparecer se acercaron al coche y subieron las dos a los asientos traseros. Al preguntarles como había ido todo, el tono de la respuesta de su hija le hizo adivinar que iban con unas tasas de alcohol demasiado altas para su gusto. Sus caras denotaban el cansancio típico de haber pasado toda la noche de fiesta y se preguntó, no por primera vez, si habrían consumido algún tipo de droga. Ese era un tema que le aterrorizaba y como el tema del sexo, no se atrevía en ocasiones a plantearlo de forma clara con su propia hija.
Cuando llegaron a casa, era más evidente el cansancio de las chicas, y parecía que el pequeño viaje en coche había tenido un efecto sedante. Subieron las dos a la planta de arriba y se acomodaron en sus respectivos cuartos. Él, casi a punto de irse a correr, subió a la habitación de su hija y sin poder aguantar le preguntó:
- ¿habéis tomado algo?- casi no quería oír la respuesta. Pero la cara de sorpresa que puso ella, casi le tranquilizó al instante.
- ¿algo de que?¿te refieres a drogas?- estaba visiblemente extrañada.
- Mmmm….si…
- No papa, no hemos tomado drogas…solo bebimos un poco más de la cuenta…pero nada de drogas…
Él se quedó mirándola. Tenía que confiar en ella. No tenía más remedio.
- Vale. Descansa. Mañana hablaremos.
Le cerró la puerta de la habitación y se dispuso a salir. Al pasar junto a la habitación donde estaba la otra chica vio que estaba abierta de par en par. Cogió el pomo de la puerta para cerrarla pero no pudo evitar echar un vistazo dentro. En la cama de un cuerpo que había en uno de los lados de la habitación, yacía la chica completamente dormida, tumbada en posición fetal dándole la espalda a él y vestida únicamente con ese tipo de braguitas que ahora las llaman brasileñas de color negro. Las que están a medio camino de lo que sería un tanga. La visión de la espalda le hizo recordar el episodio de la moto con nitidez. Estaba abrazada a la almohada.
Sin poder reprimirse y notando que volvía a perder el control entró en la habitación y se quedo de pie al lado de la cama observando como dormía. Podía ver con claridad sus pequeños pechos, su abdomen, su pelo tapándole parte de la cara. Su respiración era lenta y muy profunda, signo evidente de que estaba completamente dormida.
Se inclinó hasta que su cara estuvo a la altura del colchón. En primer plano tenía aquel trasero en el que, parecía que hacía mucho tiempo, había tenido encajada su propia polla encima de una moto acuática. La braguita que llevaba dejaba poco lugar a la imaginación. Sin saber porqué hacia eso en concreto, poso un de sus dedos en el sexo de la chica que asomaba entre sus piernas juntas, y que aquellas braguitas pugnaban a duras penas por esconder. La zona estaba caliente. Solo la estaba rozando y no sabría ni que hacer si ella se despertaba. Saldría corriendo de la habitación. Pero la necesidad de hacer lo que estaba haciendo era casi física. Ella no se movía. Se animo a ejercer un poco más de presión. A través del dorso de su dedo apoyado podía notar los relieves del sexo de la chica. Deslizó aquel dedo de arriba abajo hasta abarcar parte de sus nalgas. A esas alturas tenia una enorme erección. Se moría de ganas de arrancarle las bragas aquellas y follarla sin compasión. Sentía una atracción hacia aquella chica incontrolable y hasta peligrosa a veces. Tenía la mirada fija en lo que estaba haciendo con su dedo. La casi estaba casi en silencio y sólo llegaba a sus oídos el leve ronquido de su mujer, dormida en la habitación de al lado, y debido a un pequeño desvío de su tabique nasal. Al principio de su matrimonio aquel sonido le había parecido gracioso. A estas alturas del mismo, ese sonido hacía que, en algunas noches, se despertara y se quedara mirando al techo, preguntándose que coño estaba haciendo allí.
Pero ahora estaba en otro mundo. En uno en donde las chicas post-adolescentes estaban a su merced. En donde pensaba que podría hacer lo que quisiera con aquel cuerpo que le empezaba a quitar el sueño. En ese mundo era invisible. Podía meter su sexo entre las nalgas de la chica sobre una moto acuática sin que ella se diera cuenta, porque no lo veía. Podía invadir la habitación de la misma, cuando ella estuviera dormida y medio borracha, porque en realidad no estaba allí. Podía posar uno de sus dedos en la zona de sus bragas que cubría su sexo, sintiéndolo todo, porque aquello era un sueño que podía controlar y por tanto, hacer lo que quisiera. Ese tipo de sueños que parecen tan reales que no se es capaz de distinguir. La idea era tan poderosa que realmente se convenció de que así era. Si quería podía tomarla allí mismo. Ese tipo de pensamiento hizo que ejerciera más presión con el dedo. Incluso se atrevió a intentar meterlo entre la costura de sus bragas y notar en su propia piel, los labios de la chica. Hubiera jurado que estaban húmedos. Una gota de sudor caía de su frente y ni siquiera se dio cuenta de que acabó encima del colchón. La luz del sol de ese día que empezaba a colarse por la rendija de las persianas que cubrían las ventanas y las siluetas de todo lo que se encontraba en aquella habitación se pronunciaron más.
Estaba excitadísimo y con la certeza de que en cualquier momento iba a despertarse de aquel sueño y no podría retomarlo, se saco su miembro duro del pantalón. Su mano estaba sobre él y empezó a tocarse con la vista fija en el perfil que le ofrecía la chica tumbada como estaba. Ella se movió y él paró en seco y se quedó inmóvil. Puede que al fin y al cabo, aquello no fuera un sueño. Ella quedó tumbada boca arriba con la cabeza girada hacia el lado de la cama donde estaba él. Su respiración seguía siendo la propia que tiene una persona cuando duerme. Después de unos segundos certificando que todo estaba en orden su mano siguió con lo que estaba haciendo. Ahora podía ver los pequeños pechos de la chica, cuyos pezones lo miraban directamente, su abdomen liso y su ombligo adornado con un pequeño pendiente en forma de bola. Con los dedos de la mano que le quedaba libre y ya, completamente fuera de si, retiró la braguita lo suficiente como para ver el comienzo de su sexo, completamente depilado. Aquella imagen ya fue demasiado y el orgasmo le vino sin avisar. Cuando noto que su miembro se hinchaba y estaba a punto de eyacular lo único que se le ocurrió fue apuntar hacia el sexo de la chica. Un chorro de semen salió disparado y cayó justo en las braguitas negras, otras gotas dispersas quedaron en su abdomen y en sus piernas. Se quedó inmóvil viendo lo que había acababa de hacer. Vio el contraste entre el negro de la tela y el blanco de su semen. De cómo el que había acabado en su piel, empezaba a resbalar y en algunas zonas incluso a escamarse.
La chica movió uno de sus brazos y la llevo hacia la parte de su abdomen donde había caído todo y se la paso por allí en sueños, como si hubiera notado algo mientras dormía. Luego se dio la vuelta para volver a coger la posición en la que había estado cuando el hombre entro en su habitación y siguió durmiendo. Él salió de la habitación como alma que lleva el diablo. Después de haber tenido aquel orgasmo se sentía sucio, y casi sin creer lo que había pasado.
Caminaba por la playa, todavía pensando en la chica de la habitación. Posiblemente si se ponía a correr, todos esos pensamientos se quedarían atrás, como ocurría cuando lo que le preocupaba eran cuestiones de trabajo. Empezó a hacerlo y a los diez minutos de trotar por el borde de la orilla, se dio cuenta de que aquellos pensamientos eran capaces de seguirle el ritmo…
Ese día no se volvieron a encontrar hasta la noche. Él se había ido con su mujer a pasar el día fuera y tanto ella como su hija habrían estado en la cama hasta bien entrada la mañana. A la vuelta, se las encontró a las dos sentadas en el sofá del comedor, con un recipiente lleno de palomitas viendo una película en la televisión.
En el saludo no se percibió que se dieron entre todos, no se percibió signos que hicieran pensar que se sabía algo de lo que había ocurrido la durante esa mañana. Apenas se miraron, como es normal, en la relación de cualquier hombre con una amiga de su hija. Él respiró tranquilo. No hubiera soportado ningún tipo de reproche delante de su mujer y su hija.
Las dejaron allí viendo la televisión y se fueron a la cama. Antes de acostarse, recordó que se había dejado la ropa que había utilizado para correr en el baño y fue a recogerla para llevarla a la cesta de la ropa sucia situada en la galería. Cuando cogió la tapa de mimbre, vio, encima de todo el montón de ropa unas braguitas brasileñas negras. Las cogió con ambas manos y las extendió delante de el. Allí había signos evidentes de lo que había ocurrido aquella madrugada. Por la zona de delante se podía ver, sobre la tela negra, dos manchas blancas y grandes muy evidentes. Era imposible que no se hubiera dado cuenta…
Los días siguientes fueron una partida de póquer. Él calibraba todos los gestos que hacía ella en su presencia intentando ver si de alguna manera se había dado cuenta de algo. Pero en casi todas las situaciones en las que coincidían sus actos eran absolutamente normales. Y fueron pasando de esa forma perezosa que pasan los días de verano. Hasta que llego el momento en que él pensaba que todo aquello no había ocurrido. Que realmente era un sueño y que tanto el episodio de la moto como el de la habitación no habían sido reales.
Por fin llego el peor día del verano. La vuelta a casa. Habían estado toda la mañana ordenando la casa y recogiendo la ropa que se habían llevado durante todo ese mes. Fue una mañana bastante ajetreada. Cuando casi todo estaba recogido y solo quedaba ultimar detalles, él bajo al garaje de dos plazas donde tenía su volvo y aprovecho para bajarse un par de bolsas de ropa. Comprobó los niveles de líquidos del coche, que allí bajo no se quedara nada. Realmente esperaba allí para no hacer nada arriba. El todavía no era de la generación de igualdad en las tareas de la casa.
Mientras esperaba allí sin hacer nada, oyó unos pasos que bajaban de la escalera que se dirigía a la casa. De la puerta apareció la amiga de su hija, que bajaba con la misma bolsa de ropa con la que la habían recogido en la capital unos días antes. Estaban los dos solos y a él se le aceleró el corazón. Si tenía que decir algo, ese era el mejor momento para hacerlo.
Pero ella se le quedo mirando con una mezcla de coquetería y timidez y le ofreció la bolsa para que aquel la dejara en el maletero. Él, adoptando una actitud de madurez y control de la situación la cogió y la dejo con suavidad en el fondo del maletero.
Sin mirarla a la cara le pregunto:
- ¿sabes si les queda mucho a mi mujer y a mi hija?
- No, creo que no les queda mucho, cinco minutos quizá.
Se quedaron de pie sin decirse nada y ella opto por sentarse en el borde del maletero que permanecía abierto. Él estuvo a punto de decirle algo, pues le jodía sobremanera que utilizaran las partes externas de su coche como asiento, pero optó por callarse. Se sentía incómodo estando los dos allí como pasmarotes sin hablar. Así que, por hacer algo, cogió una bolsa que en realidad no necesitaba e hizo ademán de meterla en el maletero. Cuando los dos estuvieron a la misma altura, ella sentada y el cargando el maletero le susurró:
-¿te gusto correrte encima de mis bragas?- mientras, su mano se posaba en el sexo de él con firmeza…
Él la miró. En aquella cara de ángel se alojaba una mirada de pura lascivia. No era posible que una mujer de tal dulzura manifestara ese deseo. Ella consiguió, en unos instantes, meter su mano a través de los botones del pantalón que había elegido ponerse ese día, sacando su pene medio erecto ya a esas alturas. A él ya no le importaba que estuviera sentada en el borde de su coche, porque él, de pie como estaba, era la posición justa para que ella, sin pensarlo ni un segundo, se la metiera en la boca en su totalidad.
Él estaba perplejo miraba incrédulo como su pene entraba y salía de la boca de la chica hasta que estuvo completamente duro. Ella, aplicada, le masajeaba con una mano mientras succionaba. La saco de su boca y se quedó mirando su miembro como hipnotizada. Escupió sobre ella y siguió chupándosela con más fuerza. Aquello ya fue demasiado para él. Apoyo sus manos en la cabeza de ella y empezó a empujar con sus caderas violentamente haciendo que la totalidad de su polla se introdujera en su boca.
Ella solo podía dejarlo hacer. Estaba como fuera de control y notaba su miembro duro golpeándole la garganta. Cada una de las embestidas le parecía que sería la que le haría vomitar. Pero la realidad es que ella se estaba humedeciendo también. No había sido una situación premeditada. Pero aquellos días le habían parecido excitantes allí y cada uno que pasaba, su deseo por aquel hombre que le doblaba la edad sobradamente aumentaba. Había notado su polla encajada en su culo encima de la moto. Lo que él no había visto era la reacción que habían tenido sus pezones en aquella ocasión. Había notado su dedo recorriendo su sexo, mientras él creía que dormía y por supuesto, había notado su semen cayendo en sus bragas y su abdomen. Lo que él no había visto era como, luego, ella se había masturbado furiosamente acariciándose su clítoris que había permanecido inflamado durante toda su estancia y aprovechando su leche como lubrificante.
Mientras pensaba todo aquello, el había parado de follarla por la boca, estaba fuera de si. La cogió de los hombros y le hizo darse la vuelta hasta que sus manos quedaron apoyadas en la bandeja trasera del coche. Le levanto la minifalda vaquera que llevaba con manos temblorosas de deseo y le arrancó el tanga hasta romperlo. Con sus pies le separó las piernas y la penetró duramente. Ella se giró y vio una cara desencajada y sudorosa. Volvió a girarse y centro su mirada en todas las bolsas que ya había en el maletero. Notaba la polla de aquel hombre casi en el estómago. Notaba gotas de líquido tibio en su espalda y no se habría atrevido a asegurar si eran de sudor o de saliva. Sus nalgas estaban abiertas para que la penetración fuera más cómoda.
El hombre había perdido definitivamente el control. La cogía de las caderas y la empujaba hacia el mismo mientras le penetraba. No sabía si le estaba haciendo daño o no, pero aquello era algo que no le importaba demasiado. Aunque sus dudas se despejaron cuando ella, deslizo una de sus manos hasta sus glúteos y empezó a introducirse un dedo por el culo. Aquello lo enardeció más todavía y aceleró el ritmo. Ella empezó a gemir con las fuerza. Estaba a punto de correrse. Y él también estaba a punto de hacerlo.
Desde el quicio de la puerta, su hija miraba aquello, con una mano agarrando un bolso de viaje y la otra tapándose la boca para ahogar un grito de asombro. Su padre, estaba follándose brutalmente a su mejor amiga. Veía claramente como el la embestía desde atrás con brutalidad mientras ella, con su falda subida hasta las caderas, y un tanga roto colgando de uno de sus muslos, gritaba de placer. Veía claramente como su polla entraba y salía de ella. Como las rodillas de su mejor amiga se doblaban hacia dentro con cada embestida. Su padre gritó y supo en ese momento que estaba eyaculando dentro de ella. A los pocos segundos, ella también llegaba a su orgasmo.
Se giró y salido corriendo escaleras arriba de nuevo. En ese momento, su madre iba bajando el resto de las bolsas que faltaban. Invento una excusa para hacerla subir de nuevo a la casa. Cuando, por fin, bajaron de nuevo, había desparecido cualquier prueba de lo que allí había pasado.
En el trayecto de vuelta, nadie abrió la puta boca….
- flakos76
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Re: VACACIONES
- ELORADANA
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Re: VACACIONES
Excelente.
todos los necios se conjuran contra él."
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Ángela - Especialista

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