Bueno, ahí va, a ver si alguien se anima a seguirla
* * *
El pegajoso aire veraniego, unido al calor provocado por la combustión de las fotografías, hacía que la atmósfera de la habitación fuera prácticamente irrespirable. En el exterior, el resplandor de los fuegos artificiales lanzados para inaugurar la apertura del nuevo espigón del puerto iluminaba el interior del cuarto con un breve resplandor, ya rojizo ya verdoso, que permitía vislumbrar el contorno de los escasos enseres que aún se encontraban en él.
Por unos momentos, pensé en salir de allí y unirme a la multitud de curiosos que se agolpaban a lo largo del paseo marítimo, mirando hacia el cielo como si nunca hubieran visto unas cuantas bengalas, pero pronto comprendí que no podía dejar a medias lo que había comenzado ni encomendar su conclusión al azar. Al fin y al cabo no había recorrido más de cuatrocientos kilómetros para estropearlo todo cuando apenas faltaban algunas horas para que comenzara el acto final de aquella… no sabría si definirla como tragedia o como operetta.
Tomé asiento sobre una gastada silla situada a pocos pasos de la ventana y observé en silencio las llamas azuladas que consumían lo poco que quedaba del pasado, de mí pasado. Fuera, el humo de los fuegos artificiales parecía retorcerse hasta transformarse en el esbozo de rostros que jamás volvería a ver, de caras que ahora solo pertenecían al pasado.
Cuando la llama, azulada a causa del alcohol 96º, que lamía las fotografías se apagó me asomé a la ventana del edificio y volví a tener la misma visión desoladora que hace diez años: las mismas manzanas de casas a punto de venirse abajo tras cuyos cristales diversas sombras se movían pausadamente, más animadas por un extraño mecanismo de relojería, que por la esperanza de que el día siguiente fuera mejor que el anterior.
La exhibición del pirotécnico, contratado Dios sabe dónde y por quién, había llegado a su fin y ahora volvía a reinar la oscuridad más absoluta. Me quité la chaqueta y el chaleco, remangué las mangas de la camisa hasta el codo, encendí un cigarrillo y me senté en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, dejando que mi mirada vagara entre las tinieblas que hacía mucho que se habían adueñado del interior.
Al principio, mientras viajaba hacia la ciudad, no había cesado de repetirme que me largaría de allí tan pronto como todo hubiera concluido, pero aquella noche y aquel piso vacío se encargaron de hacerme recordar algo que hacía mucho tiempo que deseaba olvidar, algo que, después de diez años de ausencia, había sido la única fuerza capaz de hacerme regresar a aquel maldito tugurio:
Aún no logro comprender muy bien qué me había hecho salir aquella tarde, aunque supongo, o al menos quiero suponer, que sería la necesidad de estar solo, lejos de los atestados pasillos de la pensión, para poder pensar con claridad: tan solo habían transcurrido unos días desde que un golpe de mala suerte había echado a perder toda mi vida anterior y aún podía darme por satisfecho de que no me hubieran enviado a un penal. Pero en fin, creo que este no es el momento más indicado para que me ponga a relatar mi vida.
Baste decir que todo comenzó una fría tarde de Diciembre de 1928, no faltaba mucho para la Navidad y, a pesar de la nieve y la densa niebla que se había elevado desde los muelles y había avanzado pesadamente hasta internarse en todas las calles de la ciudad, donde quiera que uno dirigiera la mirada se encontraba con un sinnúmero de rostros que lo observaban con una exasperante expresión de beatífica felicidad, como si se creyeran en la obligación de contagiar su alegría al resto de la especie humana.
Inconscientemente comencé a alejarme de la amplia avenida y a avanzar a través de las calles que conducían a los barrios de la periferia de la ciudad. No tenía pensado dirigirme a ningún lugar en concreto, tan solo deseaba alejarme de aquellas enojosas expresiones de felicidad que me hacían recordar los insignificantes errores que, uno tras otro, se habían unido formando la larga cadena que me había arrastrado hasta la penosa situación actual. Supongo que sería la fuerza de la costumbre, o tal vez una mala pasada del destino, que jamás abandona a alguien a su suerte hasta que no ha logrado que ese alguien toque fondo, lo que me condujo hacia aquella calle en particular, aquella calle en la que había transcurrido toda mi vida hasta hacía quince años. Ahora, por lo que había oído comentar, casi todos sus antiguos habitantes habían muerto -o se habían trasladado a barrios mejores- pasando a ser sustituidos por gentes procedentes del campo a las que jamás había visto y que, en el caso de toparme con alguna de ellas, serían incapaces de reconocerme. Y lo más importante: allí no había ni un alma.
Con una felicidad que no sabría definir me interné en el callejón, con la mente transformada en un confuso torbellino de ideas en el que se entremezclaban lo que pudo haber sido y no fue, los errores y los aciertos, lo ocurrido y lo que aún me depararía en futuro, al que tan solo la húmeda blancura de la niebla podía proporcionar cierto alivio. Desde la lejanía me llegó el apagado sonido de varias campanas tubulares movidas por el viento, unos acordes que solía escuchar desde la ventana de mi cuarto y que ahora parecían proceder de un tiempo muy lejano, prácticamente olvidado.
Apoyé la espalda contra la pared de un edificio, sin importarme demasiado manchar el abrigo. Solo quería escapar de aquel caos de recuerdos que una y otra vez arremetía contra mí con incansable fuerza mostrándome todo lo que debería haber hecho y no hice (supongo que eso sería lo que algunos llaman conciencia). Cogí un puñado de nieve, sintiendo mis manos a punto de congelarse dentro de los guantes, y hundí la cara en ella, intentando cauterizar mediante el frío el caos que bullía en el interior de mi mente.
-Vaya, así que es cierto lo que el viejo Eddie andaba diciendo por ahí: el hijo de Steve Quint ha regresado –arrojé al suelo la nieve que aún quedaba entre mis manos, y, poco a poco, despegué la espalda de la pared a la vez que, lentamente, deslizaba la mano hacia el bolsillo en que guardaba la pistola- sí, sí, -continuó el desconocido cuya figura comenzaba a hacerse visible- si ya lo decía yo, que el que mal anda mal acaba. Para ser sincero te diré que yo creía que, a estas alturas, ya estarías pudriéndose en cualquier prisión federal.
La silueta se detuvo poco antes de salir de la niebla, con las manos levantadas y la palma abierta, como si deseara mostrarme que se encontraba desarmado.
Avancé hacia aquel difuso contorno sin bajar la pistola, intentando identificar aquella voz o ver a su dueño, pero su sonido me resultaba totalmente desconocido y la figura, merced a una extraña ilusión óptica, parecía alejarse cuando trataba de alcanzarla. Por unos instantes pensé en disparar al aire y advertir a quien quiera que estuviera frente a mí que ya estaba comenzando a perder la paciencia, pero lo que menos me convenía era un nuevo cargo contra mí. De todos modos el desconocido pareció leer mi pensamiento:
-Vamos jefe, baje eso. Después de todo yo solo quiero ayudarle, ¿no es cierto?
-Sí, lo sé, es usted uno de esos buenos samaritanos que van por ahí echando una mano a cualquiera que tenga la suerte o la desgracia de cruzarse en su camino. Ahora, si de verdad quiere ayudarme, sea un buen muchacho y salga de la niebla.
-Qué tiempos tan locos vivimos, -masculló- ya nadie confía en nadie, no sé dónde iremos a parar –comenzó a acercarse lentamente, con paso renqueante, hasta detenerse a dos metros de mí- ¿no me recuerda? Soy yo…
No respondí.
Estaba comenzando a anochecer. Poco a poco las ventanas comenzaron a desprender una claridad amarillenta contra la que se recortaban varias siluetas negras que parecían moverse siguiendo un extraño mecanismo de relojería, como el pavo real de Octubre. La figura dio un paso más y pude ver a un hombre de aproximadamente sesenta años que trataba de protegerse del frío con lo poco que quedaba de un raído abrigo de finales del siglo pasado y sujetaba una bolsa de papel de la que surgía un gollete de cristal que expelía un fuerte olor a alcohol de farmacia.
-Soy yo… -repitió.
No tenía la menor idea de quién demonios podía ser ni estaba interesado en averiguarlo, después de todo, tal vez se tratara de algún antiguo vecino cuyo rostro había olvidado después de largarme a San Francisco. Lo único me preocupaba en aquel momento era cómo regresaría a mi pensión



