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Una lágrima, un mundo.

Moderadores: Yolanda, Colaboradores

Una lágrima, un mundo.

Notapor Simkin el Dom Nov 04, 2007 18:38

Otra noche más, Javier dormía acompañado. Desde que fue trasladado de la cuna para tener su propio nicho de sábanas, no hubo noche alguna en la que no fuese de esa manera.
No obstante, su compañía no se trataba de nadie en concreto. No ocupaba lugar en la cama, ni hundía el colchón con su trasero.
Ocurría que, de una casualidad física y geológica sin precedentes, el hueco entre la cama y la pared no era un hueco cualquiera. Una casualidad tan especial como la inherente a la formación de auroras boreales, de arco iris, o de atardeceres rojizos.
Entre la cama de Javier y su pared había un hueco insondable. Una oscuridad kilométrica que se extendía más allá del suelo de la casa.
Pero ya siendo un inocente jovenzuelo, decidió que ese sería su secreto.
Sin embargo, lo sorprendente no era el agujero en sí, sino las consecuencias que acarrearon la primera vez que el chico se atrevió a asomarse.
Era una noche como tantas otras, y un joven Javier, de apenas seis o siete años, se encaramó a ese precipicio que separaba la pared del borde de su cama.
Entonces fue cuando preguntó. Gritó lo más livianamente que pudo, para no despertar a sus padres en medio de la noche, pero se sorprendió al comprobar cómo su hilillo de voz se convirtió en un torrente que fluía con firmeza en aquel canal insondable.
Pudo oír cómo su voz recorría kilómetros y kilómetros, hasta llegar al mismo centro de la tierra.
Y entonces, otra voz, estruendosa, pero sólo para quien, como Javier, estuviese asomado al precipicio, surgió de la profunda oscuridad.
Estruendosa sí, pero fácilmente reconocible como femenina, y sutil. Madura, firme y bella voz. Y ésta voz le preguntó a Javier: “¿Quién eres?”
Fue en ese momento la primera vez que ambos hablaron. El chico no cabía en sí mismo del gozo que le produjo aquella extraña confidente. Pronto se entendieron, como pueden entenderse una mujer y un niño. La mujer, su voz, surgiendo del mágico agujero, arropaba a Javier todas las noches, le contaba cuentos, y se reía escuchando las desvergonzadas aventuras juveniles del chiquillo.
Y así pasaron los años. Javier y su secreto. Nadie más supo de aquella extraña relación.

El niño dio paso al joven, ya más hecho y maduro.
Algo fue ocurriendo entonces.
Las conversaciones entre mujer y joven fueron perdiendo vigor e intensidad. El muchacho se abstraía, a veces ni tan siquiera se despedía de su invisible confidente.
Llegó el momento en el que incluso discutieron. La mujer, con voz serena, pedía calma e intentaba arreglar los enredos de la pubertad de Javier con experiencia y buenas palabras. Pero para éste, todo resultaba ya algo fútil y sin sentido. La vida se había convertido en un remolino de emociones, y todas ellas eran como puñales que se clavaban en su corazón. No prestaba atención a los consejos de su amiga, ni tan siquiera se asomaba al precipicio. Se pasaba las noches gruñendo, y llorando, hecho un ovillo en su cama, intentando estrujarse lo más fuerte que podía. Dándole la espalda al agujero.
Y la voz de la mujer… llegó a suplicar. Quiso estar cerca del joven, abrazarle y besar como una madre besa a un hijo herido. Pero no podía. Estaba muy lejos.

Sólo hubo una conversación más entre ambos. Javier, para cortar de raíz aquella relación, se asomó al agujero. Estuvieron hablando largo rato, y la mujer solicitó al muchacho que le relatase su sinvivir. Quería seguir siendo su confidente.
Pero Javier no estaba dispuesto. Sólo por esa vez, se dijo, habló, largo y tendido sobre su infelicidad.
Habló acerca de su vida, y más concretamente de La Vida, “¿Por qué somos infelices?” Preguntó sollozando. El gritó desgarrador surcó el kilométrico canal y llegó a la mujer, que al escuchar esa retórica pregunta se quedó helada y con los músculos completamente agarrotados.

Entonces el mundo se detuvo.

Javier, quedó paralizado, con las lágrimas en las cuencas de los ojos, también retenidas de caer por las mejillas.
La quietud total, en todo el planeta. Ningún ser pudo moverse, hablar, ni tan siquiera respirar. Los relojes se pararon, el rimo de vida se detuvo por completo como si alguien hubiese pulsado el botón de pausa en un mando de distancia de proporciones astronómicas.

A miles de kilómetros, en el centro de la Tierra, una mujer respiraba angustiosa. En su pequeño cubículo de roca fundida, la Madre Tierra había dejado de girar la rueda conectada con los engranajes que ponían en marcha la Vida.
Todo por haber escuchado ese terrible testimonio en boca de un joven. “¿Por qué somos infelices?”
Durante miles y miles de años se había sacrificado girando esa pesada rueda, para que de forma repentina un muchacho le dejase helada con su sinceridad.
Le sobrevino una sensación terrible de trabajo desaprovechado. Todo el esfuerzo había resultado inútil.
A millones de grados centígrados, la mujer se recostó en un rincón de su pequeño zulo, y lloró.
La Tierra murió al ritmo que se evaporaban sus lágrimas.
Chuang-Tzu soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que había soñado ser hombre.
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Simkin
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