Una guerra pacífica
Aquel día era un día precioso, soplaba una suave brisa que incitaba al descanso y el sol bañaba con su refulgente luz la verde pradera, creando un espléndido paisaje. Y, sin embargo, aquel día sería el último para algunos: en aquella pradera de fresca hierba se iba a librar una de las peores batallas de todos los tiempos.
Sólo quedaban unas horas de sol antes de que atardeciera, y había que aprovecharlas. Los ejércitos se colocaban lentamente en formación. Las caras de los soldados no mostraban temor alguno, eran frías e indiferentes, como el metal. Entre las filas enemigas se destacaba, imponente, la figura del rey. Altanero y valiente, su cara reflejaba una apatía hacía nuestras filas, las cuales iba yo formando. Aconsejé, a mi señor y rey, colocarse detrás del ejército, mientras yo, el general Carlos de Aragón, me colocaba cerca de él para poder defenderlo, en caso de que surgiera la ocasión.
Los ejércitos se hallaban muy cerca, podía oír claramente al general enemigo, Rodrigo de Castilla, dando sus órdenes y terminando de formar a su ejército.
Rodrigo se colocó, al igual que yo, cerca de su amado rey. Podía verle la cara, dada nuestra proximidad, y me sorprendió verla tranquila, es más, tenía un semblante risueño. Me miraba burlón, observándome a mí, seguro de su victoria. ¡Pues voto a Dios que no se lo iba a poner fácil! Iba a luchar como nunca lo había hecho, con uñas y dientes si fuera necesario.
Una vez formados los ejércitos una calma se apoderó del lugar: el silencio que precede a la tormenta.
De repente, el enemigo avanzó por el centro del campo de batalla, dispuesto a todo. Sin dudarlo, ni siquiera un instante, ordené a mis tropas marchar hacía allí. El contrincante se colocaba en posiciones estratégicas y ordené a mis batallones que avanzaran con cautela. Todavía no se había producido ningún choque de armas y el rival no parecía tener ninguna prisa. Empezaba yo a inquietarme cuando, repentinamente, atacaron a mis huestes. Respondí con dureza, asestando un fuerte golpe al adversario, sin embargo, se apreciaba que él iba ganando terreno. Desde mi privilegiada posición se veía perfectamente el campo de batalla, y parecía que nuestro final se divisaba próximo. Como consuelo, pensé que quizás no se lo había puesto tan fácil al ejército enemigo. Y estaba yo, absorto en mis cavilaciones, cuando la contienda dio un giro inesperado: habíamos rodeado a un grupo de caballeros. Así que ordené su ataque: jinetes y caballos cayeron rápidamente bajo nuestros relumbrantes aceros.
A partir de ese momento, mis tropas, bajo mis órdenes, empezaron a avanzar inexorablemente hacía el rey enemigo.
El semblante de mi oponente, el general Rodrigo de Castilla, denotaba preocupación e iba mudando de color cada vez que una de sus huestes caía. Finalmente, éste, defendiendo a vida o a muerte a su rey, se dio cuenta de que estaba luchando por una causa perdida y abandonó toda defensa, que cayó rápidamente a nuestro avance. Tenía rodeado al rival cuando, mirando a los ojos a Rodrigo, pronuncié aquellas palabras que me dieron la merecida victoria: Jaque mate.
Me levanté y le tendí mi mano por encima del tablero. Con ese simple gesto me proclamé el campeón nacional de ajedrez.




