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Un suceso extraño
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Un suceso extraño
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yurashima3093 - De la familia

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- ntl
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Intentó recordar el sueño que había perturbado su descanso aquella noche. Pero esta tarea era tan ardua como intentar contar las numerosas estrellas que, en ese momento, la iluminaban.
Un camino... largo... sin final... Un abismo a sendos lados... Y... oscuridad...
Su recuerdo insistía en diluirse, fundiendose con la brisa que azotaba su rostro y que jugaba con su cabello. La desesperación hacía mella en su estado de ánimo. Comenzaba a sentirse intranquila. Notaba que era observada... A sus espaldas una sombra se dirigía subrepticiamente hacia ella. No se atrevía a volver la mirada.
-Platón-
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Sophonax - Bibliotecari@

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Tras ella escuchó el crujido de unas hojas y a causa de un acto reflejo se volvió para, tal y como ella había temido, ver una silueta que se acercaba lentamente y le hacía señas para indicarle que no debía tener miedo.
Helen, haciendo caso omiso de los gestos del desconocido, levantó unos centímetros los bajos de su vestido de encaje plateado y muselina azul celeste y, olvidando los modales que su anciana institutriz francesa le había dicho que una señorita debía guardar en cualquier momento, corrió entre los amenazadores setos del jardín con la esperanza de lograr despistar al intruso.
Sobre ella las estrellas parecían sonreír burlonamente, como si supieran que todos sus esfuerzos por escapar eran inútiles. Su chal de pashmina se enganchó entre las ramas de un rosal y las espinas le arañaron el brazo, pero su desesperada situación hizo que todo aquello no le importara: sabía que cerca de allí, rodeada por frondosos naranjos había una pequeña ermita, si conseguía llegar a ella y encerrarse dentro tal vez lograra escapar.
- Riurdeonlef
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Las piernas empezaban a fallarle. Ella corría y corría, pero la ermita se le antojaba cada vez mas alejada. Ya podía observar su figura en la lejanía. Pero, aquella noche, no iba a llegar hasta allí.
Una piedra mal colocada se interpuso en su camino. Tropezó y cayó. Piedra fortuita que iba a convertirse en signo de su desgracia. Tendida en el suelo, oliendo la tierra del jardín, aquella tierra tan aromatizada, supo que el desconocido iba a alcanzarla.
Y, como si el destino se guiara por sus pensamientos, la sombra se cernió sobre ella. Mantuvo la calma y la serenidad. Los hados le habían deparado aquel momento:
- Buenas noches Lord Stevenson ¿Por qué os empeñáis en seguir cada uno de mis pasos?
-Platón-
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Sophonax - Bibliotecari@

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Helen no podía estar más sorprendida por lo veloz que había corrido Lord Stevenson, era cierto que a pesar de sus años mantenía una buena forma física, de hecho sólo se podría determinar su edad debido a las numerosas arrugas que surcaban su frente y a sus cabellos plateados, aún así todavía se podía ver lo negro que tuvo el pelo alguna vez en sus patillas, frondosas y descuidadas. Pero su cuerpo, elegantemente vestido no hacía honor a sus años, aún estando cubierto por aquel traje, la muchacha podía descubrir las formas de un hombre que todavía no había perdido lo que un día le hizo ser el soltero más buscado por las jóvenes de la zona en los bailes como el de esta noche. Aquellos tiempos quedaban ya lejos, pues Lord Stevenson desapareció durante años hasta hacía relativamente poco tiempo cuando regresó al país, ya viudo y a cargo de un desgarbado adolescente que decía ser su hijo. Nadie sabía con certeza dónde había estado, aunque los rumores decían que tras la ruina de su familia había emigrado a un país muy lejano donde contrajo matrimonio con la única heredera de un hombre rico que, según Mary, la cocinera de casa de Helen, era terriblemente fea y buscaba un título nobiliario desesperadamente.
La muchacha trató de mantener la calma y aceptó la mano que el caballero le ofrecía para ayudarla a levantarse, sin embargo no sabía qué responder. No le gustaba este hombre, había algo en él que le resultaba extrañamente familiar, además la noche se hacía cada vez más y más pesada, pues el aire parecía ser más denso que normalmente.
Ante el silencio de la joven, Lord Stevenson decidió seguir hablando. -Este no es lugar para una joven decente como usted, debería volver con todos los demás, su hermana ha inventado un nuevo juego que parece hacer las delicias de todos los invitados. Parece asustada, permita que la acompañe.
-No, gracias, es usted muy amable-, respondió Helen, -iré yo sóla, estoy demasiado cansada para tomar parte en ningún juego, creo que pediré al cochero que me lleve a casa.
- ntl
- Recién llegad@

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-Como quiera señorita, la veo turbada... a veces es bueno hablar...
"Dios mio, como me gustaría que el mundo que él me ofrece pudiese ser real"
Helen inició el regreso al sitio de la fiesta, lentamente ahora, con la medida de la verguenza cayendo desde la altura de sus cejas.
-Realmente, lo lamento Lord Stevenson, pero no se preocupe, será algo pasajero.
Según iba alejandose del hombre Helen retornaba a sus oscuros pensamientos... rebullian en ella los recuerdos de los sueños tan vívidos que había estado teniendo. Eran una cosa extraña, durante toda su vida le habian estado diciendo lo que tenía que hacer, se había adaptado perfectamente a fuerza de convertir su vida en lo mas tedioso que se pudiera imaginar. Las fiestas no tenian para ella nada de especial, y los "pretendientes" que decian querian bailar con ella la aburrian
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morfeisa - Pluma de bronce

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-Mademoiselle la comtesse –comenzó mientras hacía una reverencia ante ella- ¿me concedéis el honor de este baile?
Helen estaba comenzando a esbozar una mueca compungida para dar una de sus habituales disculpas, como por ejemplo “lo lamento, monsieur, pero ya los he concedido todos” o “lo siento, pero el vals –o la mazurca, o la pieza en cuestión- ha sido agotador” cuando su mirada se cruzó casualmente con la de Lord Stevenson, que se encontraba en el otro extremo del salón de baile charlando animadamente con un grupo de caballeros que para ella eran completamente desconocidos.
Con un ligero estremecimiento que su “pretendiente” achacó al aire que entraba a través de las altas ventanas francesas del palacio hinchando las largas cortinas de gasa, Helen observó que los ojos verdes del hombre con el que había mantenido aquella inoportuna e inesperada charla en el jardín y al que pensaba que había logrado despistar se encontraban fijos en ella: ¿serían tan solo imaginaciones suyas o Lord Stevenson y ella estaban comenzando a encontrarse más de lo normal? Tenía que escapar como fuera de aquella mirada que parecía seguirla a todas partes.
Helen se volvió hacia el oficial y, por toda respuesta a su invitación, se limitó a cerrar su abanico de plumas de avestruz (que en unos instantes pasó a colgar indolentemente de su muñeca izquierda) y a tenderle una pequeña mano de dedos largos y delgados, cubiertos por la fina seda blanca de un guante que cubría su brazo hasta algo más arriba del codo, para dejarse guiar hasta el centro del salón de baile en el instante en que la orquesta comenzaba a atacar una polonesa.
Venciendo el tedio que le causaba bailar, Helen se deslizó suavemente sobre el pulido suelo de madera del salón de baile tratando de escapar a la indiscreta mirada de Lord Stevenson hasta que, tal y como ella había previsto, tanto ella como su inesperado salvador desaparecieron entre el resto de las parejas de baile.
- Riurdeonlef
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Helen miró por encima del hombro de su pareja de baile y se percató de que el anciano caballero había desaparecido. ¡Qué extraño! Siempre solía ser uno de los que se quedaban hasta el final del baile aunque solo fuera para degustar, en la medida de lo posible, los vinos y licores que servía el anfitrión, y para tratar de aumentar su fortuna jugando al whist. Su mirada recorrió el salón pensando que Lord Stevenson tal vez pudiera encontrarse charlando con un grupo de caballeros y por aquel motivo le había pasado desapercibido: vio a Charlotte, su amiga de la infancia, bailando con un terrateniente local y a su hermana deslizándose sobre el parquet con el hijo de Lord Stevenson y a infinidad de gente que le resultaba totalmente desconocida, pero no había ni rastro del anciano noble.
Hizo una reverencia, tal como lo exigía la polonesa, y volvió a sumirse en sus pensamientos: a pesar de que lo intentaba con todas sus fuerzas, aún no había logrado recordar el contenido de su sueño, que en ocasiones aparecía ante ella como una niebla difusa, pero prefirió desechar aquellas absurdas cavilaciones, que no la llevaban a ninguna parte, y tratar de disfrutar del baile; por primera vez desde hacía mucho tiempo estaba divirtiéndose, no solo eso, se sentía como si formara parte de la pieza que la orquesta estaba atacando en aquellos momentos, como si fuera una nota más en la partitura.
Trató de hacer memoria y advirtió que la única ocasión en que se había sentido tan feliz como en aquel momento había sido durante su primera fête d’enfants, cuando por fin, después de una larga hora sentada sobre un canapé tapizado en terciopelo rojo, cuando a duras penas lograba reprimir las lágrimas por ser, según había pensado en aquellos lejanos instantes, demasiado insignificante como para atraer la atención de alguno de los asistentes, un amigo de la familia había decidido sacarla a bailar. Habían transcurrido seis o siete años desde aquel día y Helen aún no lograba creer que hubiera existido una época durante la que se había preocupado por semejantes banalidades, una época en la que había esperado con impaciencia la llegada de la fiesta más insignificante.
La polonesa no tardó en concluir. El oficial, que apenas lograba creer que hubiera conseguido bailar con aquella muchacha que solía mostrarse tan fría e inaccesible como una estatua de mármol, le preguntó si le concedería también la próxima pieza y ella respondió que sí, pero apenas había pronunciado su respuesta cuando le pareció ver una sombra que pasaba ante una de las ventanas francesas situadas a su derecha.
Helen se volvió asustada, olvidando la melodía que hacía algunos segundos que había comenzado a sonar y clavó sus ojos grises en la oscuridad que se había adueñado del exterior, como si quisiera ver a través de ella.
-¿Os sucede algo? –preguntó su pareja de baile después de mirar hacia el mismo lugar que Helen y comprobar que allí no había absolutamente nada.
-Me pareció ver una sombra… -dijo Helen con voz dubitativa.
-Sería algún búho o cualquier ave nocturna, no existe ningún motivo por el que debáis preocuparos.
-Tal vez tengáis razón –respondió dejándose conducir, una vez más, al centro del salón de baile.
Mientras tanto, al otro lado de la ventana, que no hacía mucho que había sido cerrada a causa de los insistentes ruegos de una anciana dama que no cesaba de quejarse de que allí dentro hacía demasiado frío, agazapado en el balcón, algo o alguien observaba a las siluetas que bailaban y charlaban animadamente al otro lado del cristal. Cuando creyó que había llegado el momento oportuno se levantó y golpeó el cristal con todas sus fuerzas hasta partirlo en pedazos

- Riurdeonlef
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- Registrado: Mar Jun 26, 2007 19:03
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De pronto Helen recordó que en su sueño pasaba algo así: recordó que en él aparecían muchas personas bailando en el salón de un castillo, después alguien derribaba la puerta a golpes y, tal y como acababa de suceder, la música cesaba en el acto mientras todos los asistentes contemplaban presas de asombro al intruso cuya presencia había interrumpido el bullicio que, hasta su llegada, había reinado en el interior de la sala. A continuación el desconocido había avanzado hasta llegar al centro del salón y después… después… Helen no lograba recordar que era lo que pasaba a continuación pero no le cabía la menor duda de que, fuera lo que fuera, se trataba de algo terrible.
Apretó con fuerza el brazo de su pareja de baile y vio cómo el intruso daba algunos pasos hasta que alcanzar el centro del salón de baile, cómo se volvía hacia los asistentes, que lo observaban con una mezcla de temor y expectación, y cómo ejecutaba una reverencia que a la chica se le antojó insolente.
Uno de los invitados, tal vez deseando impresionar a los demás, avanzó hasta el intruso y, deteniéndose junto a él le dijo:
-Monsieur desconozco quién sois y qué motivo os ha traído hasta este lugar –su interlocutor le dirigió una irónica sonrisa- si hubierais llamado a la puerta y hubierais pedido que os recibiéramos, tal vez el dueño de la casa os hubiera permitido pasar. Pero habéis entrado como un ladrón y por lo tanto merecéis ser tratado como tal.
El otro no respondió, se limitó a girar lentamente la cabeza hasta que su mirada quedó clavada, o por lo menos eso le pareció a la joven, en la de Helen. Ésta apretó aún más el brazo de su pareja de baile tratando de recordar qué era lo que sucedería en ese momento, qué era lo que había pasado en su sueño, pero fue inútil. Estaba claro que su mente había decidido borrar cualquier vestigio de aquella pesadilla.
Al principio trató de convencerse de que todo aquello tal vez formara parte de una broma de mal gusto que el dueño de la casa había decidido gastar a sus invitados. Con un esfuerzo se echó a reír, al igual que el resto de los asistentes, cuando el desconocido apartó de un empujón al caballero que había acudido a hablar con él y vació de un trago la copa de vino que alguien había dejado sobre una mesa decorada con labores de taracea.
El dueño del palacio ordenó a los músicos que volvieran a tocar, dando a entender que el inesperado visitante podía quedarse, y todos volvieron a bailar… todos menos el recién llegado, que tan pronto como comenzó a sonar la música tomó asiento sobre el recargado canapé que se hallaba adosado a una de las paredes del salón de baile y se limitó a observar a las parejas que se deslizaban sobre el suelo de madera de la estancia.
Helen sintió que un gran alivio la invadía: si Lord Levine dejaba que aquel misterioso personaje asistiera al baile no cabía la menor duda de que debía tratarse de alguien conocido, de otro modo hubiera ordenado a cualquiera de los criados que lo expulsara de mala manera. Sin embargo, a pesar de estas tranquilizadoras suposiciones, prefería no mirar hacia aquella oscura silueta que permanecía sentada con una copa de vino en la mano y a la que aún no había escuchado pronunciar palabra.
Desde fuera le llegó el suave murmullo del agua de las fuentes que rodeaban el palacio y comprendió que, si ya habían comenzado a funcionar, aquello quería decir que no faltaba demasiado para que todos salieran al jardín a ver los fuegos artificiales, entonces ella vería los fuegos artificiales junto al resto de los invitados, después esperaría hasta que la orquesta tocara dos piezas más y se marcharía de allí.
Helen vio cómo la misteriosa figura se inclinaba hacia uno y otro lado del canapé, como si estuviera bailando. La observó durante unos instantes y entonces comprendió que no estaba siguiendo el ritmo de la música, la estaba vigilando y los movimientos que ella pensaba que trataban de seguir el ritmo de la música tenían como fin esquivar los obstáculos que se interponían entre la línea visual del desconocido y Helen. La muchacha dio un involuntario respingo y se dijo que ni siquiera aguardaría a los fuegos artificiales: saldría de allí mucho antes, en cuanto concluyera aquella mazurca que a ella le parecía interminable.
Observó de reojo cómo el intruso se ponía en pie en el momento en que una ráfaga de aire entraba a través del cristal roto de la ventana haciendo temblar las velas hasta que las diminutas llamas que brillaban sobre las lámparas de araña se apagaron para dejar el salón sumido en una oscuridad casi total. De pronto toda la sala se llenó de voces que pedían que se trajeran más velas, de exclamaciones de protesta y de insultos dirigidos al “estúpido que no se preocupó de colocar en la lámpara unas velas que fueran capaces de alumbrar durante toda la noche”.
Involuntariamente Helen apretó la mano de su pareja de baile: algo que no sabría explicar le decía que aquel accidente no había sido fortuito y que ella debía marcharse de allí cuanto antes. Muy a su pesar, pues no le gustaba pedir ayuda y mucho menos a los “pretendientes” que la sacaban a bailar en las fiestas se volvió hacia el oficial:
-Monsieur l’officier estoy muy cansada, ¿podríais acompañarme hasta la salida?
-Por supuesto, mademoiselle la comtesse, pero antes prometedme que…
No logró concluir la frase a causa del grito que brotó de los labios de Helen poco antes de que esta se desmayara segundos después de que una mano la agarrara por el tobillo y, sin conceder importancia a que sus largas uñas desgarraran como cuchillas la delicada piel de la chica, tratara de tirar de ella hacia algún lugar de la estancia.

- Riurdeonlef
- Entendid@

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- Registrado: Mar Jun 26, 2007 19:03
- Ubicación: En las murallas de la ciudad sumergida de Kitezh
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- ¡Esto es una locura! ¡Exijo que se redoblen los refuerzos si es necesario para encontrar a mi hija!
El padre de Helen, conde de Carrick, era un hombre enjuto, de tez macilenta y aspecto enfermizo cuyo único rasgo digno de mención eran sus rasgados ojos grises por los que se asomaba una personalidad taimada y perspicaz, sin duda responsable a partes iguales de la inmensa fortuna que había amasado durante sus años de juventud junto a una serie de circunstancias azarosas. Estaba convencido de que el secuestrador de su hija debía ser uno de los numerosos enemigos que se había granjeado debido a su gran amistad con el rey, Jorge II, quien le había favorecido con varios títulos y posesiones que muchos otros nobles consideraban injustificados. El hecho de que su hija estuviera sufriendo las consecuencias de una burda venganza tramada contra él lo tenía fuera de sí y la furia se apoderaba de él conforme corrían las horas sin noticias de Helen.
- Tranquilízate, por favor Somerset…- La voz de su esposa Lady Anne a penas era un hilo de angustia, rezaba por que su hija estuviera sana y salva, pero también para que su marido no estallara, bien conocía ella los arrebatos de ira del conde. Lady Anne era una bella mujer de sangre irlandesa, que vivía intentando conciliar las normas que le imponía su profunda condición religiosa con aquellas propias de su posición social, algo que a menudo no era fácil.
- Barón Butler… – Lord Stevenson se paseó por la sala con una sonrisa autosuficiente y se regodeó unos instantes en los dardos que Somerset le enviaba con la mirada en respuesta a aquella falta de respeto que era dirigirse a él por el menor de sus títulos. Insistió poniendo a prueba los límites de su interlocutor – Barón Butler, nuestro anfitrión ya ha insistido en que ni uno solo de los invitados a la fiesta de anoche ha abandonado la mansión después del suceso. Los minutos que duró la locura de anoche no fueron suficientes como para que nadie escapara con su hija y volviera aquí antes de que se restableciera el orden. Esto me lleva a dos respuestas en torno a la desaparición de su hija.
Dicho esto, hizo una pausa teatral clavando los burlones ojos esmeralda en el ventanal situado frente a él. Los jardines de la mansión rezumaban la nostalgia del otoño, con un poco de atención podía olerse la tormenta que avanzaba desde el océano y que si su instinto no le engañaba, descargaría sobre sus cabezas antes del atardecer. Su memoria vagó un instante por el recuerdo de otros jardines, otros otoños y otras tormentas más amables, cuando él aún amaba y era capaz de disfrutar de tales cosas. Un cuervo piquirrojo lo observaba gravemente desde un roble próximo. Se sintió condenado.
- Prosiga, Lord Stevenson, se lo ruego. – Exclamó Lady Anne. Lord Stevenson volvió en sí e hizo una breve reverencia a la dama, disculpándose por el lapsus. Todos estaban pendientes de sus palabras.
- Bien, si todos los invitados continúan en la mansión y la única ausente es su hermosa Helen, barón… - Enfatizó de manera tan obscena la palabra “hermosa”, que el conde de Carrick estuvo a punto de perder los estribos, pero el interés por las deducciones de Lord Stevenson hicieron que siguiera escuchando atentamente y se tragara su orgullo. – sólo quedan dos opciones: o bien su hija escapó por propia voluntad de la mansión o bien el secuestrador aún la retiene entre estas paredes.
- Oh, Dios mío… - Lady Anne se cubrió el rostro con su pañuelo de encaje como marcaba el protocolo en tales circunstancias mientras un rumor de asentimiento recorría la sala. Aquello tenía sentido y el simple hecho de poner algo de racionalidad en todo aquel disparate hizo que todo el mundo se sintiera más tranquilo.
- Mi hija no puede haber desaparecido por voluntad propia, esa posibilidad ha de ser descartada.
- Siento contradecirle - terció de nuevo el anciano Lord -, pero yo mismo fui testigo de cómo su hija Helen se encontraba en muy extraño estado anoche durante el baile, parecía turbada por algo y tuve que hacer gala de todo mi poder de persuasión para que volviera al interior de la mansión cuando la descubrí caminando sola por los jardines. Parecía querer huir de algo, yo no descartaría tan ligeramente esa posibilidad – Dicho esto, Lord Stevenson dio por finalizada su intervención sentándose de nuevo en el canapé aterciopelado.
- Si me permiten que intervenga... – Se alzó una voz inesperada desde uno de los ventanales. Era el joven oficial con el que Helen había disfrutado su último baile. – ...Lady Helen se encontraba bailando conmigo en el momento en que las luces se apagaron y juro ante Dios que no la solté ni un instante… pero una fuerza sobrehumana pareció arrebatármela de los brazos en la oscuridad, pude oirla gritar durante un segundo… - El joven bajó los ojos avergonzado por no haber podido proteger a la chica.
- Oh, Dios mío… - Repitió de nuevo Lady Helen, esta vez cubriéndose los ojos con el pañuelo y buscando asidero en los brazos del sillón, también como ordenaba el protocolo.
Los asistentes se miraban unos a otros, sin querer ninguno ser el primero en hablar después de aquella dramática intervención. La idea de que entre ellos hubiera un desquiciado capaz de cometer semejante crimen era inquietante, cualquiera hubiera preferido creer que la joven se había marchado por su propio pie, aunque realmente era muy poco probable que una chica de la posición de Helen hiciera algo así. Por fin el conde de Carrick se puso en pie, consciente de que su papel como padre de la protagonista lo obligaba a romper aquel silencio.
- Está bien, basta ya de circunloquios. El testimonio de este joven apoya la segunda teoría. – Prefirió obviar el nombre de Lord Stevenson para no concederle mayor atención aunque el anciano hizo un gesto hacia él dándose igualmente como aludido. – Mi hija continua presa contra su voluntad en algún lugar de esta mansión. ¡Y por Dios y toda mi fortuna que la encontraremos!
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Tenebra - Entendid@

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- Registrado: Dom Jul 01, 2007 17:09
-¿Donde estoy?¿Quien es usted?¿Que es lo que quiere?-Pregunto Helen,con más tono de imploro que de preghunta,con lágrimas en los ojos y verdadero miedo en su corazón.
-Haces demasiadas preguntas,será mejor que estes quieta.
-No-Helen se armó de valor-Quiero saber,Al menos quiero saber porque
-Tu tienes algo que yo quiero,Todavia no lo sabes pero tu tienes algo que yo quiero.
Helen quedó pensativa,¿Que podía tener ella que el quisiera?Al principio pensó quizás en los titulos o la fortuna de su padre,Pero,¿Ella?Nada de aquello era Suyo.
-Dime-Siguió hablando aquel extraño hombre bajo la oscuridad que le impedia ver a Helen el rostro de aquel extraño desconocido-
Se que no te gusta bailar con ninguno de los hombres que te pretenden,y se porque
¿Como?-pensó Helen-Nadie sabia porque,a nadie le habia contado ella que su corazón estaba meses ocupado,nadie sabia de su amor por un jovén campesino hijo de una criada de su casa-Y de incluso despues de aquella desconcertante confesión.¿que podríia querer de ella?
-Abrás notado-siguió aquel extraño desconocido-que te sucenden cosas extrañas.¿Sueños premonitorios quizás?¿Un sexto sentido más desarrollado de lo normal?
Es el fruto de tu vientre lo que te advierte.
Helen se quedó Helada.¿El fruto de su vientre?La verdad es que estaba más mareada de lo normal ultimamente,pero no le habia dado mayor importancia...Pero ahora no le parecia tan extraño,Un bebe,El fruto de su amor con Alejandro...
Pero,¿Por qué tenia premoniciones?¿Que era lo extraño de aquel bebe?¿Y que podia querer ese extraño desconocido?
Helen estaba cada vez más y más sorprendida a la vez que asustada.
-¿Que esta ocurriendo?
-El fruto de tu vientre es tambien hijo de mi hijo,y por tantonto el heredero de la magia negra a la que mi hijo renunció hace años.
Pero no permitiré que tambie mi nieto lo haga,este niño esta destinado a hacer el mal.una vez nazca,me lo llevaré,El será el heredero de este imperio,Cuando yo muera Él me sucerderá.
- Mireia(L)
- Recién llegad@

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- Registrado: Mar Sep 04, 2007 12:59
Re: Un suceso extraño
Tristemente se hechó a llorar.
-Bien, buena chica, ahora me voy, espero que cuando vuelva sigas así.
El insolito individuo trepó increiblemente hasta la ventanita y desapareció.
Helen, empezó a recuperarse tras la marcha de aquel ser, se entretuvo mirando las figuras por las que se había retirado de su vista: imposible asirse a ellas. Pero todo aquel sermon, tenía que tener un objetivo, habría sido de otra manera si no tratasen de obligarla a rendirse moralmente ante aquel horror, ademas ella provenía de una buena familia, una familia poderosa, acostumbrada a mantenerse en firme cuando las circunstancias fallaban, y no iba a ser ahora cuando lo hechase todo a perder, de repente todos los años de fastidiosos estudios de protocolos, de frialdad, se le antojaban útiles, pues era capaz de mantener la distancia de la situación. Lo primero era estudiar la habitación, era alargada, unos diez metros y era húmeda, la piedra utilizada era la misma piedra que la del castillo. La luna estaba apenas menos crecida que la última vez que la observó, la noche que la raptarón, así que debía de haber pasado a lo sumo un dia en aquel sitio. Ademas aunque la fuerza del asqueroso tipo era mucha, no era tanta como para haberla introducido por aquella ventanuca sin tirarla, pues hubo un momento en el rapto en que consiguió aferrarse a la pata de una mesa y notó que costaba llevarla. Solo era cuestión de saber como la había metido allí y donde estaba.
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morfeisa - Pluma de bronce

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- Registrado: Dom Jul 01, 2007 19:29
Re: Un suceso extraño
Reflexionó sobre todo ello, y supo que debía salir de allí cuanto antes, porque no era de esperar ayuda del exterior. La puerta por la que se había ido el hombre era pequeña y parecía vieja, pero sólida todavía. Estaba bien cerrada y por allí no tendría escapatoria, al igual que tampoco por la estrecha ventana, eso suponiendo que tuviera algún medio de llegar a ella. Su única opción era cuando viniesen a traerle alimento. Supuso que el hombre no querría que ella sufriese ningún daño para que no se malograse su nieto, en el que tan interesado estaba. Entonces se juró que daría su vida por ello, pero que aquel hombre siniestro, que se decía mago negro, no le arrebataría a su hijo y que éste jamás haría el mal, sino que se convertiría en un buen hombre, como lo era su padre, Alejandro.
Volvió a sentarse en un rincón mientras esperaba. Al cabo de lo que le pareció una eternidad, el malvado hombre abrió la puerta y la cerró detrás de sí con una llave que se guardó en el bolsillo. Llevaba una bandeja con comida y agua.
- Aquí tienes tu comida, muchacha, tienes que alimentarte.
Ella se incorporó en ese momento y se acercó, sin decir palabra alguna.
- No tan cerca, quédate donde estás- y dejó la bandeja en un rincón.
- ¿Acaso tenéis miedo de mí? Sólo soy una frágil joven - dijo con toda la sangre fría de que fue capaz, y con un aire inocente.
- Estoy seguro de que tienes más fuerza y coraje en tu interior de lo que tú misma te crees. ¿Por qué si no has ido contra todos los convencionalismos sociales enamorándote del hijo de una criada, de un campesino y teniendo amores secretos con él? Tu destino era casarte con un conde o un marqués y ser una gran señora. Pero no te preocupes, nadie tiene porqué enterarse de tu desliz, y una vez haya nacido el niño y me lo lleve podrás volver con tu familia. Después de unos meses de secuestro, te encontrarán y podrás volver a tu vida anterior y casarte con un lord. No tengo ninguna intención de hacerte daño si colaboras. El destino de tu hijo es continuar la gran estirpe de magos que termina conmigo. Has de saber que yo soy lord Shadows, una de las mejores familias de magos negros de este país, por no decir la mejor. Sólo tuve un hijo, Alejandro, aunque es ilegítimo, pero nunca quiso continuar su herencia. Descuidé su educación hasta que fue mayor y no quiso seguir mis pasos, pero es un error que no pienso volver a cometer con mi nieto, yo le educaré en las artes oscuras y será uno de los mejores magos que hayan existido, y continuará mi estirpe.
Así que esos son sus planes, pensó Helen, he de escapar cuanto antes, el tiempo corre en mi contra. No tengo idea de adónde piensa llevarme o dónde quiere tenerme escondida todos estos meses que faltan para que dé a luz, pero creo que quedarnos en el castillo es provisional, seguro que sabe que tarde o temprano terminarían descubriéndonos. Se quedó petrificada con los planes que tenía para su hijo, nunca debía llevarlos a cabo. Pero debía actuar con mucho tiento, era un hombre muy inteligente y malvado a la vez.
Helen se acercó todavía más y preguntó:
- ¿Pensáis tenerme aquí encerrada, en esta estrecha habitación, todo este tiempo? ¿Dónde estamos? Sabed que toda mi familia y los amigos de mi padre, que son muchos, estarán buscándome.
- Descuida, que aquí no te encontrarán. Y respecto a dónde estamos, no voy a contestarte, ni tampoco si cambiaremos de lugar o cuándo lo haremos. Lo sabrás todo a su debido tiempo, no antes.
La cara de asombro y pena de Helen por su hogar perdido, por el futuro que la aguardaba, eran en parte ficticias, pero en parte reales, y se echó a llorar otra vez.
- Déjate de lloriqueos y come algo, que no te va a hacer ningún bien.
Ella siguió llorando con más intensidad si cabe, con desconsuelo. Lord Shadows, ya cansado, se giró y se dispuso a marcharse, y metió la mano en el bolsillo de su pantalón para coger la llave. En ese momento, Helen, muy rápida, cogió una barra oxidada que había visto, la asió firmemente y le golpeó en la cabeza con toda la fuerza de la que fue capaz. El hombre soltó un gemido, pero cayó pesadamente al suelo. Le quitó la llave, que tenía en la mano y se la guardó. Se cortó un pedazo del bajo de su vestido y maniató al hombre y le amordazó lo mejor que pudo, para que no diera la alarma antes de tiempo. Calculaba que tendría de tiempo hasta el amanecer para su huida, cuando fuera la hora del desayuno, si es que nadie le echaba de menos antes. Una vez hecho todo esto, abrió la puerta, y la volvió a cerrar tras de sí.
Delante de ella tenía un estrecho y húmedo corredor, con unas escaleras al fondo. ¿Adónde conducirían? ¿Habría vigilancia? Pero era la única salida, así que se encaminó hacia las escaleras y empezó a subir los peldaños.
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Alais - Pluma de plata

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Re: Un suceso extraño
-Trata de acostumbrarte a seguir mis indicaciones, jaja todavía te quedan 8 meses aquí, no vas a poder esquivar el destino eternamente.
-oh dios sigo aquí.
-y lo que te queda jjaaja esta vez no hay cuerdas, ni piedrecitas, ni bastones, ni puertas. pero sigue habiendo comida, toma, no te quejes demasiado, en el fondo empiezas a caerme bien, te he puesto algo de sobra, mi nieto será fuerte.
La figura volvió a salir por la ventana. Helen husmeó el plato de comida, pero la nausea podía con ella.
Cuanta era la soledad que se desbordaba ahora por sus azules ojos, cuantos esfuerzo aniquilado por la furia de su desvarío, la humedad de las piedras se le antojó ahora creciente, facilitando el paso hacia sus huesos del oscuro frio, todo se le antojaba acorde con sus sentimientos, como en un sueño, cuando cerrase los ojos sería el final. Pero no podía, no podía rendirse "¿y si no estuviese loca? ¿y si todo aquello fuese real? ¿acaso era esto menos absurdo que las largas horas de espera para dar un beso a su madre?¿acaso merecía más la pena el ocasional roce de la mano de su padre sobre su hombro?¿o las migajas de cariño desde el desden de los criados que la sabían diferente? No Helen, sigue luchando, solo un poco más, sabes que te quieren, lo ves en sus ojos, cuando tocas el piano, en las fiestas, cuando bailas con los muchachos, lo notas, sabes que les gustas.... sigue luchando, solo un poco más." Helen estaba jugando a repasar las figuritas con los dedos cuando se dió cuenta de algo: ¡parecía que seguían una história! de golpe se recobró, !Si¡ era cierto, era como una história
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morfeisa - Pluma de bronce

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