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Un mundo de colores
Moderadores: Yolanda, Colaboradores
Un mundo de colores
Un mundo de colores
Se levantó de la cama perezosamente, como cada mañana, después de que el despertador sonara un buen rato. Se fue al baño y se metió en la ducha para despejarse, pero notó algo extraño en el agua, estaba como pegajosa, densa, no era el tacto del agua de todos los días. Se fijó mejor, abrió los ojos legañosos, y vio que tenía un color extraño, como entre púrpura y morado, y se asustó. “¿No estaré sangrando?” pensó en un principio, pero se miró bien, el blanco y delgado cuerpo no tenía nada de especial, no había ninguna herida que indicase lo contrario, y pensó que tampoco podía ser que su pelo color zanahoria se estuviese destiñendo, él que siempre había querido tener el pelo de otro color, rubio, castaño o moreno, pero desde luego no ese pelirrojo que no disminuía de intensidad con los años. Cogió el grifo de la ducha y vio que era de ahí de donde salía esa extraña “agua” , que de agua no tenía nada. Salió de la ducha y se secó lo mejor que pudo, pensando que sería una avería. “ Por lo menos me voy a lavar un poco la cara”, y al abrir el grifo del lavabo, el agua salía de un azul turquesa muy bonito, pero tampoco se parecía mucho al agua de todos los días. Menos mal que tenía un poco en una jarra en la cocina, con la que pudo asearse un poco, y preparar un poco de café. Puso dos rebanadas de pan en el tostador, y volvió a su habitación a vestirse y hacer la cama. Se puso su traje gris de todos los días, pero no encontró ninguna de sus camisas habituales, blancas, grises, o azules, o estaban arrugadas o tenían unas grandes manchas, o simplemente no estaban así que tuvo que ponerse una de color amarillo subido que parecía la única presentable. Tampoco pudo encontrar sus corbatas, sólo encontró una roja con unos estampados grandes y que a él le parecían horribles que le había regalado una tía hacía años y nunca se había puesto. No conjuntaba demasiado con el resto de la ropa, pero era lo que había.
Cuando volvió a la cocina las tostadas estaban no quemadas, como hubiera sido de suponer después de tanta espera, sino de un bonito color rojo vino, y el café estaba de un verde intenso. Cada vez estaba más alucinado, también se había quedado sin desayuno, así que decidió comerse unas galletas, que afortunadamente no habían cambiado a ningún color sospechoso y bebió un poco de leche, sin calentarla ni nada, a saber que le podría pasar en el microondas. Ya sólo le quedaba calzarse pero fue incapaz de encontrar dos zapatos del mismo color, y se acordaba perfectamente de haberlos dejado fuera la noche anterior, así que tuvo que ponerse uno negro y otro marrón, no muy diferentes en el estilo, y en ese momento se fijó también en que llevaba calcetines de diferente color, uno era negro y otro azul marino, pero después del desastre de la ropa, tampoco tenía demasiada importancia. Cogió el maletín, y al pasar delante de la pecera que había en la entrada, vio que estaba iluminada por una extraña luz amarilla, y los peces de colores dando vueltas cuando a esa hora solían estar dormitando todavía. Pero ya no le quedaba tiempo para investigar la situación, y se entristeció al pensar en cómo estarían sus pobres peces cuando volviera a casa por la tarde, si vivos o muertos.
Miró el reloj de pulsera para saber qué hora era y ¡las manecillas habían desaparecido!, fue rápidamente a mirar el despertador de su habitación, que estaba apagado, como sin pilas, y el reloj de la cocina, del que también habían desaparecido las manecillas. En ese momento se acordó del móvil, que aún estaba apagado, pero no logró encenderlo y estaba seguro de que el día anterior tenía batería. Cogió las llaves y se fue corriendo, que seguramente sería tardísimo, y menudo era su jefe, que no se iba a creer todo lo que le estaba pasando esa extraña mañana. Cerró la puerta, y llamó al botón del ascensor, pero no funcionaba. Decidió bajar por las escaleras, aunque vivía en un séptimo piso, y cuál fue su sorpresa cuando se dio cuenta de que faltaban un escalón de cada dos, o de cada tres, caprichosamente, así que bajar le llevó un buen tiempo. Al salir del portal, aparentemente normal, vio que la calle, su calle desde hacía dos años que se había mudado a vivir allí, había desaparecido, era un camino de tierra y barro, como si no hubiese estado asfaltada en la vida, no estaban las farolas, ni las papeleras. De hecho, no estaba la panadería de toda la vida ni el bar de enfrente, ni otros comercios. En ese momento empezó a preguntarse si no estaría soñando. Se encaminó a donde se suponía que debería estar la parada de su autobús, pero tampoco había marquesina, ni nadie esperando, de hecho no había nadie en la calle a quien preguntar. No debería ser una hora tan temprana, suponía, ya que no tenía reloj para comprobarlo. Así que se dirigió al metro, aunque le quedaba más lejos, pero no tenía otra opción si quería llegar a su trabajo. La estación sí estaba, pero completamente vacía, no estaban los repartidores de periódicos gratuitos, ni los demás viajeros, ni había taquilleros ni se oían pasar los vagones del metro. Por no haber, ni se había encontrado con los barrenderos de las calles. “Esto no puede estar sucediendo”pensó, “es un mal sueño, una pesadilla de la que voy a despertar dentro de poco”. Pero por más que se pellizcaba , no se despertaba y la realidad seguía siendo la misma, pero no la de la rutina de todos los días.
Se quedó un rato parado, sin saber qué hacer, y vio que un hombre que se acercaba a lo lejos. “Qué alivio, le podré preguntar qué está sucediendo”. Según se iba acercando, vio que vestía un ancho jersey como de patchwork de varios colores, a cada cuál más llamativo, unos pantalones anchos con una pernera roja y otra verde, y un zapato azul celeste y otro granate, y su pelo, si a él nunca le había gustado el suyo, pero lo llevaba corto y muy bien peinado, éste era rojo como una llamarada, y tenía unas greñas que parecía que jamás hubieran conocido el peine, cada mechón parecía crecer a su libre albedrío. Al acercarse, vio unos inquietantes ojos, uno era azul y otro marrón. De todas formas le preguntó:
- Oiga, ¿Sabe que está pasando hoy? ¿Por qué no hay nadie por las calles? Comercios que estaban ahora no están, calles sin asfaltar, la estación de metro completamente vacía…- ya se abstuvo de comentarle los problemas de su casa, parecían demasiado irreales – ¿Sabe usted qué está pasando?
- Amigo, solo los que como tú tienen una vida gris, no se han dado cuenta de que existen colores en el mundo. El color hace más alegres nuestras vidas, con más sentido, hace que nos preocupemos más por los demás y no sólo de nosotros mismos. Hoy es el primer día que te has dado cuenta, pero no será el último – Le dedicó una sonrisa y se alejó.
Entonces no supo qué hacer. Se sentó en un banco, algo de lo poco que quedaba en la calle, y se derrumbó. Se puso las manos en la cara y se echó a llorar.
Ya no supo qué había pasado, se despertó como si hubiera dormido horas, en una cama extraña, entre sábanas blancas, y al abrir los ojos vio que llevaba puesto un pijama azul y que estaba en una habitación muy simple, con otra cama, vacía , a su lado, y había un aroma inconfundible a hospital. Entonces se acordó de todo lo sucedido por la mañana. “Ya sé lo que ha pasado, he tenido un accidente o algo así y la anestesia me ha hecho soñar cosas extrañas”, pero parecía que estaba bien, podía moverse, no sentía dolor físico alguno, aparte de cierto aturdimiento.
Entonces entró un enfermero:
-¿Te encuentras mejor, Carlos ?
-Sí, pero que me ha pasado, ¿un accidente?, no me acuerdo de nada.
-Tranquilo, que ahora viene la doctora y te explica.
Se quedó adormilado un rato, y poco después oyó la misma voz del enfermero que comentaba con otra voz femenina:
- No sé si será el otoño, la luna llena o que, pero hoy es con diferencia el día de más ingresos de todo el año. Y muchos con esa absurda historia de los colores y cosas que desaparecen, parece una histeria colectiva. A este paso la sección de psiquiatría se va a quedar sin una sola cama.
- Sí, de hecho, sólo nos quedan dos, y ya han llamado diciendo que nos traen cuatro pacientes con los mismos síntomas, habrá que llevarlos a otro hospital.
Alais
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Alais - Pluma de plata

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