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Un domingo cualquiera

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Un domingo cualquiera

Notapor flakos76 el Jue Ene 07, 2010 19:43

El coche devoraba kilómetros sin prisa pero sin pausa. Era domingo y volvíamos de pasar el fin de semana en una casa rural que tenemos en el interior. Cuando recuerdo las vueltas a casa desde la casita que teníamos, lo hago con una mezcla de añoranza y exasperación. Añoranza porque siempre era reconfortante estar sentado en el asiento de atrás del coche, con la calefacción puesta, oyendo en la radio carrusel deportivo, informando de los resultados futbolísticos de la jornada entre anuncios de puros, aunque ni en mis 15 años de entonces ni a los 32 de ahora tuviera mucho interés por el futbol. Las luces rojas del coche de delante llegaban a ser compañeras de viaje y el murmullo del motor hacía que se creara un ambiente un poco soporífero que te invitaba a dormir durante el trayecto. Exasperación porque esa vuelta significaba el final del fin de semana. Llegar a casa tarde y tener que ir a dormir para al día siguiente empezar una nueva semana en el instituto. Pero mientras podía, me gustaba quedarme con la parte buena de ese trayecto.

Ese domingo llovía bastante y eso hacía que el tráfico fuera más lento. Hacía mucho frío y la calefacción de coche no funcionaba así que habíamos optado por cubrirnos con las chaquetas que habitualmente descansaban en la bandeja de atrás. La tenue luz que salía del salpicadero del coche había tenido un efecto sedante en mi madre, sentada delante, al lado de mi padre, que conducía, dando, en ocasiones inquietantes cabezazos como si él también fuera a dormirse. Mi hermana, sentada en el otro extremo del coche hablaba en susurros con una amiga que ocupaba la parte central del asiento de atrás y que había sido la invitada de honor durante ese fin de semana. Las dos contaban 18 años y sus conversaciones no me podían interesar lo más mínimo. Yo, en el confort que me proporcionaba estar cubierto de chaquetas mantenía mi cabeza apoyada en el cristal del coche viendo las luces de los coches que se cruzaban y pensando.
Pensando en ese fin de semana que, cuanto menos, había sido distinto a los demás. El pueblo donde pasamos parte de los fines de semana del año no tiene más de 500 habitantes en invierno. Pero los fines de semana y en períodos estivales, la población se multiplica por diez, sobretodo de gente que huye de las neuras que provoca la ciudad. En esas apocas, la vida allí cambia de forma radical. Mis actividades allí se centraban sobretodo en deportes al aire libre y poco más, pero para gente de la edad de mi hermana y de su amiga, había una oferta lúdica para la noche, que consistía en ir a un local de mala muerte a tomar alguna copa y bailar un rato.
El estado de mis hormonas en esta edad junto con aquella visita me había hecho estar todo el fin de semana en un estado de extraña alerta. Observando cada uno de sus movimientos, analizando sus gestos, sus expresiones, la madurez de su cuerpo, distinto al de las chicas con las que yo solía ir. Las curvas que se le intuían debajo de la ropa. Todo eso me tenía fascinado y excitado a la vez. Durante alguna ocasión en el fin de semana, había intentado involucrarme en alguna conversación, hacer algún comentario gracioso, hacer ver que también yo era mayor y lo único que había conseguido eran miradas de desaprobación por parte de mi hermana y algún guiño de su amiga como queriéndome decir: “ya crecerás…”
El final de la tarde del sábado me regalo una experiencia que ahora, mirando por la ventanilla del coche ocupaba mis pensamientos. Yo llegaba de hacer el loco con mi bicicleta de montaña, descubriendo nuevos senderos que me ofrecía la geología que rodeaba el pueblo. Tenía barro hasta en las zonas de mi cuerpo donde nunca daba el sol y lo único que quería era darme una ducha, ponerme el pijama y disfrutar de la maravillosa programación televisiva que ofrecían los sábados por la noche con la cena que me habían dejado mis padres preparada. Ellos habían salido a cenar con unos amigos.
Subí a la primera planta donde teníamos el baño completo. En la segunda, oía a mi hermana trastear. Las ganas que tenía de entrar en la ducha me hicieron abrir la puerta del baño sin pensar y sin llamar, solo cuando vi salir el vapor de agua y oí el grifo de la ducha funciona, me pare en seco. Con la puerta entre abierta y a través de las precarias cortinas que cubrían la bañera, pude ver el cuerpo desnudo de la amiga de mi hermana. Estaba hipnotizado ante aquella imagen. Ella tenía la cabeza inclinada hacia abajo y se dedicaba a pasar una esponja llena de jabón por sus muslos. Cuando se incorporó para proceder por brazos y espalda, pude ver con absoluta claridad casi la totalidad de su cuerpo. Era la primera vez que veía una mujer desnuda completamente en vivo. Pese a la sorpresa de aquella imagen fui capaz de observar hasta el mínimo detalle, la erección de sus pezones grandes y rosados, el vello que cubría sus entrepierna, el piercing que adornaba su ombligo. Ella se recreaba por todo su cuerpo con la esponja. En el momento en que se quiso enjuagar, elevo el grifo hacia su cabeza y se arqueo su espalda para que el agua cayera por detrás de su cuerpo. Yo permanecía inmóvil en el quicio de la puerta con la respiración contenida.
Pensaba que iba a acabar ya y yo me disponía a salir de allí. Pero entonces hizo algo que me dejó con la boca abierta. Colocó el grifo de la ducha, que a todas luces tiraba agua caliente, entre sus muslos, juntándolos para mantenerlo sujeto. El chorro de agua impactaba directamente en su sexo, y a juzgar por lo que veía, con fuerza. Se mantuvo un rato en esa posición con los brazos apoyados en una de las paredes que formaban la bañera. Después de unos instantes así, sus manos empezaron a pasearse por sus pechos, despacio primero, apretándolos después con ganas y deteniéndose en los pezones para pellizcarlos suavemente. Movía sutilmente las caderas buscando la presión del agua entre las piernas. Una de sus manos siguió masajeando los pechos con urgencia mientras que la otra, la dirigía hacia su boca para empezar a chuparse los dedos ayudándola a reprimir pequeños gemidos de placer. Yo estaba con una erección enorme y sin poder ni querer moverme de allí. El golpe del grifo de la ducha al caer al suelo de la bañera casi me hace salir corriendo, pero había sido ella misma la que había abierto sus muslos para introducir allí su mano y acabar lo que había empezado mientras se apretaba un pecho de forma espasmódica a medida que llegaba a su orgasmo. Sus gemidos se hicieron más audibles y vi claramente el gesto de su cara de puro placer. Se quedó sentada en el borde de la bañera exhausta. Yo seguía hipnotizado y no me dio tiempo a reaccionar cuando ella levanto la mirada y me vio, inmóvil, con el bulto de mis pantalones manchados de barro demostrando lo que aquella imagen me había provocado. Salí corriendo de allí como alma que lleva el diablo.
Pase la siguiente hora escondido en mi habitación, con el alma en vilo, pensando que en cualquier momento, mi hermana irrumpiría en ella hecha una furia, gritando a los cuatro vientos que era un cerdo y un degenerado mientras su amiga, con los brazos en jarras, me lanzaba miradas acusadoras desde atrás. Pero eso no ocurrió. Oí el ruido de la puerta cuando ellas salieron entre risas. Cuando me supe solo en la casa, me atreví a salir y a ducharme sin poder quitarme de la cabeza las imágenes que acababa de presenciar.

Durante el resto del fin de semana no hubo comentarios sobre el incidente del baño. Mi hermana no dio muestras de que estuviera al tanto aquel episodio. Y la amiga tampoco dijo nada ni mostró conmigo una actitud que me indicara que aquello había ocurrido. De hecho, en momentos pensaba que mis nervios me habían jugado una mala pasada y que, en realidad no me había visto y a mí me lo había parecido.
Las intensas luces de un camión que venía de frente me sacaron de mi recuerdo y di un pequeño respingo. En la radio todavía podía escuchar las narraciones frenéticas de los comentaristas de la jornada de futbol, como si fuera lo último que fueran a hacer en sus vidas. Pero el ambiente en el coche había cambiado. Mi madre, delante, definitivamente se había dormido. A mi padre, por estar justo detrás de su asiento, no lo podía ver, pero rezaba porque no se hubiera dormido como mi madre. Notaba una presión en mi hombro y al girarme un poco vi que, mi hermana se había puesto a escuchar música con un iPOD y movía la cabeza a un ritmo que sólo era capaz de escuchar ella y su amiga, se había quedado dormida, y la presión que notaba yo era la de su cabeza que se había ladeado hasta quedar apoyada en mi hombro. El corazón empezó a latirme más rápido y no pude dejar de recordar el gesto de su cara cuando, en el baño, llegaba a su orgasmo.
Note que mi pene reaccionaba al contacto de su cabezo en mi hombro. Notaba también el perfil de su pecho, aquel que yo había visto estrujarse en el baño, apoyado en mi brazo. Pero estaba dormida y no se daba cuenta. Yo me concentre para bajar aquella erección. Solo me faltaba que se diera cuenta de eso también. Me había salvado una vez. Intentar salvarme dos seria tentar mucho a la suerte. Así que dirigí la mirada de nuevo en la ventanilla del coche y decidí que lo mejor era concentrarme en el curioso efecto que producían las luces de los coches que venían de frente en las gotas de lluvia que llenaban la ventana. Y parece que funcionó. Porque aquella visión hizo que me relajara y por extensión, que mi miembro también lo hiciera.

La entrada a la capital era lo más complicado del trayecto. Si como ese día, era tarde de domingo o final de algunas vacaciones, se formaba un tráfico infernal. Mi padre fue reduciendo la velocidad hasta quedar parado y formar parte de una fila de coches de la que no se podía ver el principio. En ese momento había que armarse de paciencia. Nos quedaba por lo menos media hora hasta llegar a casa. Y antes debíamos dejar a la amiga de mi hermana en casa de sus padres, así que la llegada a nuestro destino iba a prolongarse un poco más.

Mi madre, en el ligero sueño que nos suele dar cuando vamos en coche, debió percibir que parábamos el coche se detenía y, creyendo que había llegado a casa se despertó. Después de mirar a un lado y a otro como para situarse y darse cuenta de que todavía estábamos en la carretera se desperezó de forma discreta. Luego se giró para ver el panorama de la parte trasera y vio a mi hermana enfrascada en su música, a la amiga de mi hermana dormida como un lirón con la cabeza apoyada en mi hombro (y su pecho en mi brazo –aunque mi madre eso no lo veía) y a mí con la cabeza apoyada en la ventanilla. Me siseó como para preguntarme qué tal iba todo y le respondí con una sonrisa en los labios.
Pero mi sonrisa, aunque ella no se diera cuenta, era cuento menos, nerviosa. Debajo de las chaquetas que nos cubrían note que una mano se posaba en mi ingle. Trague un poco de saliva y giré la vista para ver si se había producido algún cambio en la bella durmiente. Pero ella seguía igual. Inmóvil. Yo tampoco quería moverme por miedo a despertarla así que me quedé quieto.
En la radio empezaban ya a dar los resultados finales de la jornada futbolera y anunciaban un siguiente espacio musical “repleto de éxitos y sin cortes publicitarios”. La mano se movió. Muy poco, casi de manera imperceptible. Pero yo la note moverse y uno de sus dedos empezaba a rozar mi pene por encima del pantalón de chándal que yo llevaba. Los chiquillos vestimos así.
Mi padre grito (siempre gritaba dijera lo que dijera):
- ¿ya os habéis despertado?!!
Mi madre le dio un codazo para advertirle que, de las tres personas que estábamos detrás, una no podía oírle porque iba con cascos y la otra seguía dormida. Como casi siempre que le reñían, mascullo algo que solo entendió él y se centro en sus tareas de conducción. Y mientras, en el Reino de Debajo de la Chaqueta, la mano se movió más. Dos de sus dedos estaban encima de mi sexo y para mi asombro, habían empezado a acariciarlo de arriba abajo. Yo notaba la presión que hacían y mi pene se endureció sin poder remediarlo, por mucho que seguí mirando las gotas de lluvia en la ventana. Pero no me atrevía a moverme, porque cualquiera que viera aquella escena desde fuera solo vería a tres adolescentes sentados en la parte trasera de un coche, uno ensimismado en la ventana, otra durmiendo y otra siguiendo un ritmo inaudible.
Pero la mano se seguía moviendo. Todos los dedos de la mano, exceptuando el pulgar estaban posados en mi pene que cada vez estaba más duro. Note como, con un movimiento como si se estuviera acomodando en sueños, aumentaba su presión hacia mí, y su pecho quedó totalmente apretado contra mi brazo. Sin pensar en las consecuencias que podría tener aquello, mi mano izquierda salió lanzada y se apoyó torpemente en el pecho que presionaba mi brazo derecho. Y en el momento en que se acopló a él, ella agarro mi pene por encima de mis pantalones como si fuera un mango y lo apretó de una manera que a mí me pareció increíblemente placentera. Mi reacción inmediata a eso fue apretar el pecho que sujetaba. En la palma de mi mano, notaba por encima de su camiseta su pezón, duro y erecto. Ella, subía y bajaba su mano muy lenta, pero muy firmemente. Yo me masturbaba desde que tenía doce años, pero en ninguna de las ocasiones llegue a notar el placer que estaba notando en esa ocasión.
La radio había empezado a todos los éxitos encadenados y como si estuvieran muy lejos oía a los hermanos Muñoz (Estopa) anunciar a los oyentes lo felices que estaban entre TUS piernas. Y todavía me dio tiempo a ver, a través del espejo retrovisor la mueca que mi madre ponía al escuchar la letra de aquella canción.
No quería mover el brazo donde tenía apoyado su pecho, así que con un movimiento rápido de muñeca busque su entrepierna, pero solo acerté a la parte alta de su muslo. A mi también me protegían las chaquetas que nos cubrían. Ella abrió la pierna para que mi mano cayera en su entrepierna, cubierta por una maya de licra. Con movimientos torpes e inexpertos empecé a acariciar su sexo. Note que la zona estaba húmeda. Y seguía pareciendo que ella dormía.
Su mano se deslizo por dentro de mi pantalón de chándal y lo bajo lo suficiente para que no le molestara. Empezó a acariciarme los testículos, que en ese momento estaban duros como piedras, mi polla apuntaba a mi ombligo y también empezó a acariciarla. Notar el calor de su piel con la mía hacía que estuviera a punto de eyacular y cada vez que parecía que iba a ocurrir ella paraba el ritmo, y utilizaba solo el pulgar para acariciar en el nacimiento de mi glande. Yo, con ella no seguía ningún ritmo y me parecía que lo correcto, era frotar fuerte aquella zona.
Quería arrancarle la maya de licra, pero era evidente que no podía. Tendría que quedarme con lo que tenía. Así que seguí acariciando su sexo con una mano y su pecho con la otra. Ella empezó a acelerar el ritmo, con movimientos muy firmes y muy cortos, para que no se notaran por encima de las chaquetas que nos cubrían. La mano que ella tenía libre cogió la que yo tenía en su pantalón de licra y me guió en la fuerza y ritmo que debía de seguir hasta que note dos espasmos muy cortos en sus caderas seguidos de una relajación brutal de la musculatura que allí había. Luego juntó sus muslos hasta que mis mano quedó atrapada allí, en medio de una humedad deliciosa.
Sospeche que había tenido un orgasmo y, cuando todavía lo estaba pensando ella sacudió mi polla con dos movimientos certeros, mientras con su dedo acariciaba mi glande y empecé a eyacular en su mano y en la parte interna de la chaqueta que me cubría (menos mal que era la mía) mientras ella se dedicaba a suavizar sus movimientos manuales. Su mano se recreaba en la humedad que yo había dejado y parecía que le gustara tocarla. Yo me quede con la cabeza apoyada en el asiento y la mirada clavada en el pecho mientras intentaba recuperar la respiración sin que nadie se diera cuenta. Mi gire y la vi, apoyada todavía en mi hombro, a ojos de todo el mundo dormida, menos para los míos que sabía lo que había pasado debajo de la chaqueta.
Mi padre anunció que habíamos llegado a casa de los padres de la amiga de mi hermana. Ella abrió los ojos y se desperezó como si acabara de despertarse. Con la mano que me guió hacia su sexo se restregó los ojos para ver mejor. La otra, la que había estado en MI sexo repaso la el borde inferior de mi sudadera, con un discreto movimiento, para limpiar todo el semen que tenía antes de salir a la luz.
- Gracias por este fin de semana- les dijo a mis padres.
Mi hermana salió del coche para acompañarla al portal de su casa. Cuando ella salió, se detuvo en la ventanilla del lado donde se sentaba mi madre y volvió a despedirse de ellos. Sólo empleó una décima de segundo para mirarme antes de subirse con sus padres. Yo emplee muchas horas de muchas noches para dejar de pensar en aquello.
flakos76
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