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Un día cualquiera de tertulia
Moderadores: Yolanda, Colaboradores
Un día cualquiera de tertulia
Me levanto, me simulo ser humano del planeta Tierra, me visto, marcho a clase, me entero y no me entero, todo en la misma proporción. Un hombre me enseña los secretos de las transformadas hermosas de Laplace. Le tiembla la mano cuando escribe con tinta electrónica sobre la pantalla de un ordenador que se retuerce. Al mismo tiempo me sale una palabra algo diferente: anáfora.
¿Dónde dejé el coche aparcado? En la esquina del Edificio C de la facultad: catáfora.
Regreso a casa. Engullo y casi bebo una sopa caliente, un trozo de queso.
En la academia me esperan dos jóvenes de segundo de Bachillerato. No saben hacer un ejercicio donde dados una circunferencia, el centro de otra de radio nulo, el ombligo de una tercera y el centro radical de las tres; se pide el radio de la última. No lo sé resolver; les mando hacer otras cosas mientras lo pienso; pero pienso en palabras. Si me armo de valor les recito allí mismo un poema. Acepto mi derrota, no lo sé. Les enseño a hacer el resto de ejercicios. Antes de salir les pido su dirección de correo electrónico.
Ahora vienen los pequeños: clase de Matemáticas. Dos más dos son cuatro, la raíz cuadrada de ciento cuarenta y cuatro es doce, doscientas veinte magdalenas repartidas en diez bolsas tocan a veintidós magdalenas por bolsa; la probabilidad de que salga seis en un dado es un sexto; la posibilidad de ser feliz habiendo dejado a dos alumnos con una duda para mañana en que tendrán que entregar los ejercicios es nula.
Tengo una hora libre. Una profesora ha faltado y me piden sustituirla. Durante esos sesenta minutos regreso a casa. En el camino se me aparece la Virgen de Montserrat (por eso del tripartito catalán y la Opa de Endesa, parece bastante desconsolada). Ahora ya sé resolver el problema. Lo dibujo en casa con rotuladores de distintos colores, lo explico paso a paso, lo escaneo y lo mando a mis alumnos.
Meto los poemas de Jaime Siles en la cartera, las llaves del coche, las de la cochera, las del piso, apago todas las luces y regreso a la academia. Sigo con las matemáticas, le enseño a hacer esquemas a un joven que estudia Geografía. En la siguiente hora enseño Filosofía y Lengua y Literatura a un grupo de ensimismados estudiantes de segundo de bachillerato. Aprenden a distinguir las frases, la sintaxis deja de ser tan complicada. Hasta yo aprendo de la forma de ver las frases con sólo preguntarles. La oración, amable, responde. Al final todo salió bien.
Son las 21, salgo de la academia. Me despiden con cierta admiración que no acierto a acoger. Abro la cochera con el reciente mando a distancia. Entro, el coche está lleno de polvo por las recientes obras de unas cañerías en el centro de la salida principal. Enciendo las luces, hace rato que anocheció. Pongo Coldplay hasta no escuchar otra cosa, ni a mí mismo. Salgo, la pendiente es grande, la primera marcha me ayuda. Llego al colegio mayor donde viví dos años a las 21.45. En el aula de lecturas ya se encuentran el Subdirector, que me presenta como un gran poeta, mientras Jaime Siles me saluda con una enorme sonrisa y me traspasa en las células de su mano una sensación acogedora; dejo de tener frío, ardo. Aparece Juristo, el crítico de El País, con su larga gabardina de siempre, más demacrado. Me saluda. Nos sentamos, Jaime Siles me pregunta con interés sobre mi participación en el reciente Adonais, me da consejos, lo admiro de una forma terrible, me hace suyo, me desplaza a sus poemas. Los lee despacio, se los cree, se cree lo que escribe y yo vuelo sobre sus manos que no tiemblan ni un atisbo. Hay calma, Juanjo me mira perplejo por mi admiración. En la habitación se cuelan las palabras, tranquilas, serenas y fuertes de repente como un tambor, sigo con las manos y los pies el ritmo; todo resulta mejor que una canción, veo cómo las palabras me hacen el amor al ritmo de un cronómetro exacto, retorciéndose cuando menos lo espero, llevándome.
Sonreímos ante anécdotas de Aleixandre, Octavio o del momento en que la mujer de Panero descubrió que él no se enamoró de ella sino de los poemas que éste le escribía. Le hago decenas de preguntas que ni pienso, deseándolas.
Todo termina a las 1.13 y regreso a casa en el coche. La carretera sola. Yann Tiersen destrozándome los tímpanos. Aparco, abro la puerta de casa. Fernando ya duerme. Frente al ordenador me cuento el día para compartirlo con alguien con quien me hubiera gustado haberlo vivido por la certeza absoluta de su desgarro, igual al mío.
Releo un poema hermoso de Siles. Las palabras le surgen cuando contempla el cuadro de Acis y Galatea de Poussin en un museo. Es una crítica a su generación aburrida de vivir que busca en la imaginación lo que no pueden realizar. Él, un profesor pedante, observa con admiración una pintura para darse cuenta de que lo verdaderamente hermoso es la muchachita de al lado, más real que el propio cuadro:
ACIS Y GALATEA
Ese cuerpo labrado como plata,
ese oro, esa túnica, esa piel,
ese color que tiñe la escarlata
corola del pistilo de un clavel;
ese cielo de cárdenos espacios,
esa carne que tiembla en el vaivén
de las rodillas y de los topacios
nos dicen que este cuadro es de Poussin.
El resplandor del sol en los minutos
del gris del agua sobre el gouache del gres,
el césped de corales diminutos
que puntean las puntas de sus pies;
el placer de los vicios absolutos,
el maquillado estambre, el cascabel
de sus tacones, los ojos resolutos
disueltos en vidrieras de bisel;
las dunas de su cuerpo y esas manos
que la luz difumina en el papel
de este poema dicen que eran vanos
ese oro, esa túnica, esa piel.
La chica que los mira aquí a mi lado
es más real que el lienzo y que el pincel:
hace un gesto de geisha emocionado,
más certero, más cierto, más rimado
de rimmel que la estrofa del clavel.
El cuadro del museo que miramos
no está en la sala, ni en el Louvre, ni en
la Tate Gallery, el Ermitage o Samos,
y no es -ni por asomo- de Poussin.
El cuadro del museo que miramos,
Acis y Galatea, ella y él,
somos nosotros mismos mientras vamos
-ojo, labio, boca, lengua, mano-
sobre la carne del amor humano
ensortijando flores, cuerpos, ramos
de un verano mejor que el del pincel.
De "Semáforos, semáforos" 1990
Veo Buenafuente terminar. Me pongo el pijama y escribo. Me escribo. Me creo merecedor de una copa de Absenta que ahora bebo. Si dijera que envío esto dejaría de ser presente.
Me despido.
El tiempo en que me lees ahora ya es otro.
(El beso lo mandé siete horas antes).
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Rimbaud - Maestr@

- Mensajes: 554
- Registrado: Mar Jun 05, 2007 18:45
No está mal..
Jes.
Pd. Se ve que te esfuerzas y tal.. a ver cómo lo haces en "EL DUELO" EJEJEJ.
- jes
- Desmoderador

- Mensajes: 283
- Registrado: Dom Jun 10, 2007 19:46
Re: Un día cualquiera de tertulia
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morfeisa - Pluma de bronce

- Mensajes: 1944
- Registrado: Dom Jul 01, 2007 19:29
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