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Un amor de Mishima
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Un amor de Mishima
Había estado tonteando con Carmen durante todo el verano, pues era la mujer inteligente y madura que destacaba entre aquel enjambre gris de madrileñas descerebradas.
Al principio con disimulada picardía, con miradas furtivas y pequeñas atenciones.
Al final, frente a su marido, elogiando el puntito de sus gazpachos y el orden estricto al que tenía sometido a toda la familia.
Hora de desayunar; de irse a la playa; a la piscina; hoy toca cenar fuera, ahora hacer las tareas de recuperación de exámenes.
Todo tenía un horario establecido con método de controlador de tráfico aéreo, pero con la dulzura de una madre sabia que apenas disponía de tiempo para ella misma. Ni siquiera para terminar Sed de Amor, de Mishima, que parecía gustarle.
Yo me preguntaba si habría leído ya aquella terrible parte que le serviría de espejo, devolviéndole la realidad terrible de su propia existencia:
Has abusado del barco de tu espíritu, y te has privado a ti misma de puerto. Ahora ha llegado el momento de continuar a nado, de atravesar el mar con tus propias y solas fuerzas.
Todo lo que tienes delante es la muerte. ¿Es eso lo que quieres?
Pero dudo que Carmen quisiera la muerte entonces, ni siquiera cuando su marido se ausentaba dejándola sola con los niños para, decía, ir a reuniones de trabajo. Yo lo vi acompañado por una joven de buen ver, y Carmen, siendo inteligente como era, ingeniero de telecomunicaciones ejerciendo de madre y esposa, habría sacado sus propias conclusiones. Lo supe el día que bajaba a la piscina, y la encontré en el vestidor, sollozando. La atraje hacia mí para abrazarla y consolarla, pero ella a cambio me ofreció sus labios dulcísimos, serví de consuelo no a su llanto, sino a su despecho. La excitación nos llevó a la imprudencia, y nos metimos en el cubículo de un baño y nos buscamos ansiosos, la levanté en volandas y la penetré contra la pared, y ella no contuvo los jadeos de hembra despechada, deseosa de pagar la infidelidad de su marido con la misma moneda. Las piernas me temblaban mientras la poseía, lleno de ardor y de deseo en tanto que ella me arañaba la espalda y se elevaba para gozar mi polla a su propio ritmo. El final casi me hizo perder el equilibrio, y acabamos los dos en un amasijo de sudor y saliva, acurrucados junto a un inodoro. No era la forma en que había imaginado poseerla, pero su forma de amar superaba cualquier imaginación.
Salimos disimuladamente hacia la piscina; ella se enfrascó en la novela por terminar, y cuando llegó la hora de subir a la habitación llamó a su alrededor a los hijos y los enfiló hacia el hotel. Pasó a mi lado, y rozó con la yema de sus dedos mi hombro derecho. Se marcharon al día siguiente, 31 de Agosto.
En la recepción me esperaba un sobre con la novela dentro, y una dedicatoria:
“Habría atravesado el mar para encontrarte”.
- El Gaviero
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Re: Un amor de Mishima
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calafia - Sabi@

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