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¡Suerte chicas!
En el principio, en el Mundo, sólo estaban Pangea y Panthalassa.
Pangea era una diosa que poseía imperio sobre la tierra. Panthalassa era el dios de las aguas. Ambos mantenían sus territorios bien delimitados en aquel Mundo que ambos habían creado. Existía un único e inmenso continente, llamado Pangea en honor a su creadora, y un extenso océano que lo circundaba, homónimo a su creador.
Entonces sucedió: Panthalassa le pidió permiso a Pangea para recorrer su territorio. Y ella accedió.
En el primer día de su exploración, Panthalassa descubrió extensas llanuras que, suavemente, iban ascendiendo en colinas. Pangea, por su parte, comenzó a experimentar extrañas sensaciones. Cada paso que daba Panthalassa por su territorio es como si recorriese un centímetro de la piel de su cuerpo. Aquel dios curioso se acercaba a zonas que hacían que su corazón palpitase de forma cada vez más acelerada. Cuando Panthalassa bordeaba las dunas, Pangea gemía al sentir aquella caricia que se demoraba en su cadera. Él atravesaba territorios calizos y ella suspiraba por el roce en su ombligo. Los jadeos fueron creciendo en intensidad cuando se aproximó a una zona de montañas que finalizaban en picos escarpados. Sólo entonces creyó oír Panthalassa un ulular lejano, pero creyó que era el viento que soplaba furioso y abandonó aquellas alturas después de pasear por ellas durante largo rato.
Pangea ya estaba completamente excitada cuando el dios emprendió el camino del sur que conducía al centro de su femineidad. Panthalassa sólo notaba bajo sus pies una tierra palpitante, volcánica, como si la lava contenida en su interior estuviese a punto de explotar. Cuando escuchó un bramido como de un animal acorralado, su reacción instintiva fue penetrar en una gran caverna que se abría ante él.
Entonces oyó Panthalassa que Pangea le llamaba. Pronunciaba su nombre con desmayo, como si quisiera alejarle de ella y, al mismo tiempo, retenerle. Como si su presencia fuese una tortura exquisita y placentera. Las súplicas de Pangea le alertaron de lo que entonces sucedió. Aquel volcán que él había sentido palpitar explotaba y la lava afluía al exterior en una tromba imparable. Panthalassa abandonó el territorio de Pangea a tiempo, profundamente conmocionado.
Y entonces se encontró cara a cara con la diosa. Estaba completamente desnuda, y su piel sonrosada brillaba, perlada por el sudor. Hasta que Panthalassa no se adentró en el continente de Pangea ninguno de ellos había experimentado la atracción física, pero luego ya no pudieron olvidarlo.
Se convirtieron en los primigenios amantes, que dieron origen al Mundo que hoy conocemos, con sus cópulas vitales. Los dioses trasladaban a sus creaciones todos sus actos, así que el continente de Pangea, terreno fértil, fue rápidamente fecundado por las aguas de Panthalassa que penetraban en su interior. Así fue naciendo la vida.
Fueron milenios de placer y gozo hasta que llegaron las disputas y el primitivo continente comenzó a fracturarse y los océanos a secarse. Entonces Pangea y Panthalassa decidieron separarse y nunca más se supo de ellos. Dejaron sus creaciones sometidas a la deriva de los tiempos.
Hasta hoy no he sabido qué había sido de la diosa Pangea. Siempre intuí que vagaba errante y desmemoriada por aquel lugar que ella creó y que Panthalassa y ella vivificaron.
Hoy tengo la certeza, aunque no pueda compartirla, de que así debió ser. Tú me has dicho que te llamas Ana, pero yo sé qué eres Pangea. Contemplo tu cuerpo dormido junto al mío, resplandeciente entre las sábanas, y sé que no me equivoco. Rezumas sensualidad por todos tus poros, erotismo en estado puro. Cada vez que he estado dentro de ti, he sentido temblar la tierra bajo nuestros pies. Seguramente habrá habido algún terremoto anunciado en la televisión, o habremos demolido alguna montaña con nuestras furiosas arremetidas. Sólo sé que tengo una sed que no se calma y que tú siempre me recibes con las mismas ansias que despiertas en mí.
Mañana te contaré esta historia y te pediré que huyas conmigo para que, juntos, como Panthalassa y tú antaño, fundemos un Nuevo Mundo.
La lluvia arrecia afuera, pero dentro de la habitación la temperatura es agradable. Algunas gotas se cuelan por la ventana entreabierta y mojan las baldosas, donde empieza a formarse un pequeño charco, sin que ninguno de los dos ocupantes de la estancia parezca advertirlo.
Hay un hombre y una mujer sentados en la cama de la habitación de un hotel, sobre un edredón de vistosos estampados. Se están besando, al principio de forma lenta y pausada, que se va volviendo más apasionada. Las manos de él acarician su espalda y las de ella están en su cuello. Pronto empiezan a explorar otras partes de sus cuerpos; se empiezan a quitar la ropa el uno al otro, despacio, sin dejar de besarse, y caen sobre la cama. Acarician cada centímetro de la piel del otro y se van quitando prendas hasta quedarse totalmente desnudos, pero en ellos no hay ni un atisbo de timidez, en sus pupilas dilatadas se lee el deseo. Se les ve jóvenes, guapos, alegres. Ella es de estatura mediana, tirando a baja, más bien delgada pero con insinuantes curvas donde debe haberlas, de piel pálida, con una larga melena lacia y castaña y ojos color miel enmarcados de largas pestañas. Él es más alto, de cuerpo fuerte y bronceado, con el pelo negro y rizado y ojos azul claro, que destacan en su morena faz. A esas horas de la madrugada, ya tardías, empieza a entrar frío por la ventana y el radiador está casi apagado, aunque ellos no lo notan, gotas de sudor resbalan por sus cuerpos ardientes. Toda la ropa está tirada por el suelo o arrugada sobre la cama, como en las películas.
Él acaricia sus pechos, y va bajando lentamente, besando su liso vientre, hasta que llega a su sexo, lo acaricia y lo besa, mientras ella emite un suave gemido y cierra los ojos. Después es ella quien va bajando con sus besos y caricias por el velloso pecho de él hasta que llega al sexo, y los movimientos de su lengua y sus manos hacen que se estremezca. Con una sonrisa, ella se coloca sobre él en el lugar exacto, y él la penetra con firmeza, acoplan sus cuerpos y se mueven despacio al principio, más deprisa después, bailando esa danza que existe desde el principio de los tiempos. Se palpan, se descubren, se saborean y solo se oye el sonido de sus besos, sus caricias y sus risas. Él la coge por la cintura y le da media vuelta para colocarla de espaldas sobre el colchón, y ella le enreda entre sus piernas. Hay una urgencia cada vez más incontrolable, hasta que llegan al orgasmo, sus cuerpos se arquean, los gemidos se oyen en la habitación de al lado, pero en ese instante no les importa nada más allá de ellos mismos. Se separan, sonriendo y mirándose a los ojos, y descansan con una languidez lujuriosa, abrazados entre las blancas sábanas de la gran cama.
Esta fue la primera noche en la que Alejandro e Irene hicieron el amor, pero la última no ha sido muy diferente. Se conocieron en Frankfurt en un curso de dos semanas que organizaba la empresa alemana en la que trabajaban los dos. Pero ambos tenían sus vidas hechas, él convivía desde hacía años con una mujer que en aquel momento estaba embarazada, y ella se casaba en tres meses, y tenía casi todo organizado. Los dos vivían en España, en ciudades distantes. Esa aventura que duró nueve fríos y lluviosos días en un hotel de tierras germanas no fue una anécdota, se prolongó en el tiempo. Han pasado siete años, los dos siguen trabajando en la misma empresa, han ascendido en sus puestos, y siguen viviendo en las mismas ciudades. Alejandro se ha casado y tiene dos hijas e Irene se casó en la fecha prevista y tiene un hijo de cinco años de ojos color miel y pelo negro que pudiera ser de él, aunque prefiere suponer que es de su marido.
Sus vidas son agradables, no obstante, sienten que algo les falta. Tienen la necesidad de volverse a ver en reales o inventados viajes de trabajo, que siempre parecen demasiado cortos y espaciados. En ocasiones pueden pasar meses sin que se vean, pero cuando se encuentran resurge la pasión contenida de ese tiempo en el han estado en contacto pero de manera extremadamente discreta. Es el secreto mejor guardado de sus vidas. Sus existencias son normales, apacibles y tranquilas hasta que llega el tiempo de lluvia, que arrasa con todo lo demás, donde solo existen ellos y lo demás no importa. Tal vez sean las ganas de romper con la rutina y la monotonía, aunque puede que tal vez, sea amor.
El aroma a vainilla y jazmín envuelven la estancia, solo iluminada por unas velas arómaticas y todo el extasís de Lucía. A lo lejos se escucha una canción de amor, cuyo significado ella entiende, y todavía le hace vibrar.
Se sumerje en el baño de espuma y sales que ha preparado con gran excitación aún no acallada. El volcán que lleva dentro necesita ser apagado, pero ¿como?. Aún está temblorosa y exaltada.
Y cierra los ojos, y huele su piel, su mirada se clava en la suya, sus manos tocan sus curvas, sus sentimientos, su vida entera. Y cada segundo de su piel le cuenta la historia, pues cuando los cierra el tiempo se detiene en esa fracción donde la batalla es plenamente carnal.
Aún parece que sea un sueño que quiere convertir en realidad, en lugar de ser una realidad de sueños mojados y cálidos.
Solo puede pensar en una cosa, sus labios exuberantes, boca sensual y espía, acariciando cada surco de su piel, cada recóndito lugar que ella esconde y el encuentra con emoción y dulzura.
Piel tostada que desprende sexo y amor, sexo y piedad, sexo y verdad. Sexo en su estado puro, salvaje, animal.
Y se hunde en su baño de espuma como antes se hundía en su corazón, en su cuerpo, en su lujuria olorosa y atroz.
Aún siente los muslos ardientes, desaforados, agotados, antes ofrecidos en un acto de sacrificio maligno y necesario para sentir que todo se ha dado, que todo se ha entregado, no puede haber nada más.
Potencial de amante, de amada, cuerpos ardiendo, incandescentes, que se abrasan en el infierno de la pasión, lujuria deseada, anhelada, lujuria que hace perder el sentido de la vida, y multiplica el sentido de los sentidos. No planeada, no buscada.









