por Alais el Sab Abr 26, 2008 22:02
Aquél 7 de febrero de 2008, jueves, estaba siendo, y lo sería aún más, un día extraño para Ibrahim, aunque él se daría cuenta más tarde. Se despidió del entusiasta investigador, porque debía hacer su reportaje. Miró el reloj. Eran las once y treinta y ocho. En su libreta cuadriculada había apuntados datos del pueblo de Villaorille: 22 habitantes, 8,3 habitantes por kilómetro cuadrado, y 1738 en el concejo de Quirós; datos por otra parte bastante irrelevantes.
También estaba escrito el nombre de la primera persona a la que iba a entrevistar: Ana Victoria González Belloso (cuyo nombre de pila tenía tres y ocho letras, respectivamente, y el número total de letras del nombre completo sumaba veintiséis; treinta y ocho en hexadecimal). Apuntó algo con su bolígrafo multicolor, esta vez en azul pastel. Llamó a la puerta de la casa de piedra, típica de Asturias. Salió una mujer de unos cuarenta y pocos años, y le miró interrogante.
- Buenos días. Soy Ibrahim Fernández Abdelkader -nótese que también suma veintiséis letras, aunque el interesado no había reflexionado mucho sobre ello- el reportero del semanario…
- Ah, sí, pase, por favor. Buenos días. Había olvidado que llegaría tan pronto para hacer la entrevista. Deje que primero le enseñe la casa.
Terminada la visita, no pudo dejar de observar que era muy bonita, de estilo rústico y muy cuidada. Disponía de ocho habitaciones, divididas en tres plantas (dos además del sótano, pero a ésta no la consideramos habitación), a saber: vestíbulo, salón, cocina, baño y cuatro dormitorios, tres dobles y uno individual.
Una vez acomodados en el salón, sentados en el mullido sofá, y Vicky (prefería que la llamaran así) le hubo servido café, comenzaron la entrevista.
- ¿Qué se siente al haber abandonado una brillante carrera como física nuclear para venir a vivir a una aldea de Asturias? ¿No le dijo su familia y amigos que estaba loca por dejarlo todo de esa manera?
- La locura es algo muy subjetivo. Pero sentía que con mi carrera, mi vida, no era feliz. Tenía mucho trabajo, prestigio, dinero más que suficiente, una bonita casa de la que no disfrutaba, un tiempo que siempre me faltaba y amigos a los que no veía, y mi vida familiar era inexistente.
- ¿Y ahora es más feliz viviendo aquí?
- La felicidad es un estado de ánimo. Pero siento una vida más plena, disfruto de mi familia y de mis hijos, podemos respirar aire puro, no somos esclavos de las prisas. Creo que he salido ganando.
- ¿Y cómo se decidió por llevar el negocio de una casa rural?
Una vez concluidas ésta y otras preguntas, que apuntó diligentemente en color verde fosforescente, y mientras la dueña de la casa tenía que hacer ciertos menesteres relacionados con su negocio, Ibra salió un rato al patio.
Allí había tres chiquillos, dos niños de unos ocho años y una niña de unos diez. Los niños, uno moreno y otro rubio, iban disfrazados de El Zorro y D’Artagnan, y estaban batiéndose en duelo con sus espadas de juguete. Claro, aún estaban de carnavales. La niña permanecía sentada, con un libro entre las manos, del que levantaba la vista de vez en cuando para observarles con gesto enfurruñado. Iba ataviada con un vestido azul celeste, largo hasta los pies y una corona dorada de ocho picos, ladeada sobre su cabeza. Se le quedó mirando fijamente cuando entró, con sus grandes ojos oscuros.
- Hola, bonita. ¿Qué te pasa? le preguntó, y en ese momento vio que el libro era La historia interminable, y lo tenía abierto por la página 38.
- Es que voy otro año más de princesa, y ya estoy harta, yo quiero ir de bruja.
- Si estás muy guapa de princesa- le dijo, pero la niña no se quedó convencida. - Ese libro me encantaba de pequeño, te va a gustar.
- Ya me gusta, me lo he leído varias veces. Es mi preferido.
- ¿Son tus hermanos?
- Sólo Jon (sin hache), Bruno es nuestro vecino. Yo soy Verónica.
Otra vez, tres y ocho. Y cinco, debe ser porque era el vecino, que no le había quedado muy claro si era D’Artagnan o El Zorro. Por cierto, los niños le ponían entusiasmo, pero estaban tan igualados en su lucha que era difícil saber quién ganaría.
Se despidió de la niña y volvió a entrar a la casa, donde Vicky acababa de colgar el teléfono. Después de decirle a la mamá lo guapos que eran sus hijos y de la cortesía de rigor, miró otra vez el reloj. La una y treinta y ocho. Revisó su libreta, para consultar la siguiente persona a entrevistar. Pero antes tendría que comer.