El miliciano tomó en sus manos la casulla morada. La que todos los años Don Rafael se ponía durante el tiempo que duraba la cuaresma para decir la misa de los domingos, desde el Miércoles de ceniza hasta el Jueves Santo. Es decir, durante cuarenta días, los mismos que Jesús estuvo en el desierto ayunando y preparándose para su misión salvadora.
El hombre, jaleado por las risas de sus cuatro acompañantes, colocó en su cuerpo la prenda religiosa y haciendo aspavientos con la mano derecha impartía bendiciones a diestro y siniestro. Todos vociferaban y reían como posesos. Todos, menos el pobre sacerdote, que abriendo a intervalos regulares la boca en busca de oxigeno agonizaba tirado en el suelo de la sacristía. Una bala le atravesó la pierna derecha, a la altura de la pantorrilla. Y otra, la peor, le había entrado por la barriga y salido por la espalda.
En Calatrava, un pequeño pueblo de apenas setecientos habitantes situado en la zona occidental de la provincia de Jaén, todos se conocían. Mario hacía tiempo que le tenía ganas a Don Rafael. Él, tenía veinticinco años y, al menos, desde los quince le odiaba a muerte. No sabía muy bien el por qué, pero el caso es que era así. ¿Qué motivos precisaba? ¿Acaso no bastaba con que ese hombre formara parte de la mayor secta que existía en el mundo, la católica? La que con sus monsergas a las clases humildes estaba impidiendo el triunfo de la revolución anarco sindicalista.
La sublevación de los fascista hacía dos días, en concreto el dieciocho de Julio, le proporcionó la excusa perfecta para quitar de en medio a ese bastardo de clérigo. Y no fue el único facha al que limpió el forro esa jornada. Aparte del cura, quince más habían caído. Pero la vida juega malas pasadas. A veces eso suele pasar. En apenas veinticuatro horas la situación política cambió por completo. La Guardia Civil del pueblo que, en principio, se había mantenido fiel al gobierno constitucional de la República, se pasó al bando faccioso. Todo fue tan surrealista cuando lo detuvieron de madrugada, que Mario apenas daba crédito a lo que estaba viendo, y hubiese estado tentado a creer que lo ocurrido había sido producto de su imaginación, un mal sueño, de no ser porque sintió en su pecho la dureza fría y áspera del cañón del fusil.
Eran las doce del mediodía. Para morir, una hora tan mala como otra cualquiera. Apoyada la espalda contra la pared de la tapia del cementerio confiaba en que las balas que le atravesaran el cuerpo fueran certeras y le hiciesen sufrir lo menos posible. En esos momentos le vino a la mente la imagen de Don Rafael agonizante, y se estremeció.
Las detonaciones que se sintieron apenas inquietaron a la bandada de perdigones que merodeaban por los contornos del cementerio. Ese ruido mortífero ya se les estaba haciendo familiar. Mario cayó al suelo desplomado, al igual que lo haría una onza de plomo, y sus labios quedaron a medias de pronunciar unas palabras que ninguno de sus verdugos llegaron a entender.
¡No salía de su asombro! De pronto, se vio flotando en el aire observando asombrado como su cuerpo, inerte en el suelo, era perforado en el cráneo con una bala añadida. La que sus ejecutores aceptaban como certificado de defunción. Pero ya estaba muerto. Y después, el silencio. Una quietud embarazosa que olía a jazmín se adueño del lugar pareciendo invadirlo todo. Hasta las alondras, tan activas a esas horas en busca de insectos, callaron.
-Hola Mario. Ven conmigo. Te acompañaré a su presencia. -Era un chico de su edad, vestido con una túnica blanca translúcida, el que de manera afable le extendía la mano. No le hizo falta mucho para percatarse de que era un ángel. ¿Quién si no podría ser? Al instante se dio cuenta de que estaba perdido. Si todo aquello que le estaba pasando era cierto, su suerte para el resto de la eternidad estaba echada. ¿Con qué credenciales se presentaba ante Dios? Ateo y asesino de uno de sus ministros. Sí, decididamente la suerte estaba echada.
-¿Qué te he hecho, Mario, para que me trates así? -Era Dios Padre el que le preguntaba. A su derecha estaba sentado Jesús y, a la izquierda el Espíritu Santo. Al fondo del gran salón, mezclado entre los curiosos que asistían a su juicio, como testigo de cargo estaba Don Rafael.
El chico, apocopado, no sabía que contestar. Nunca pensó que Dios pudiera existir. De haberlo intuido no habría matado a su cura. Ni le hubiese injuriado. Ni habría dejado de ir a misa los domingos. Ahora, todo era inútil. La mayoría de los allí presentes pedían a viva voz su ingreso en el infierno. ¿Para qué gastar saliva?
De pronto, el ángel que le había conducido desde la tierra al cielo dio unos pasos al frente y se colocó a su lado.
-Yo soy testigo de que este hombre ha creído en Ti, aún sin nunca haberte visto -le dijo al Sumo Creador. -Un segundo antes de su muerte escuché nítidamente como dijo: “Padre nuestro que estás en el cielo, perdóname”
-Es verdad, -dijo Jesús, yo también lo he oído. Y girándose interrogó al Padre con la mirada.
-¡Está bien, muchacho, quedas perdonado! Aunque las has hecho muy gordas y el cuerpo me pide otra cosa, no va a ser ésta la primera vez que alguien que invoque mi perdón no lo obtenga.
Mario se pasó la mano por la frente y comprobó que estaba sudando a chorros. Había estado a un paso de fastidiarla. Pero bueno, ya todo había pasado….
El tierno zarandeo que su madre ejerció sobre sus hombros logró, al fin, despertarle. Al mirar a su alrededor y ver fijado en la pared el viejo perchero de madera bicheada, y colgada en él una raída chaqueta, se dio cuenta de que estaba en su habitación. La almohada, totalmente empapada, daba fe de la horrible pesadilla que había vivido. Al instante recordó el motivo por el cual le había dicho a su madre la noche anterior que al día siguiente le despertase temprano. Había quedado con unos compañeros de Partido en ir a matar al cura, en represalia a la insurrección fascista. Se apuró más que de costumbre en vestirse y sin pararse siquiera a desayunar se dirigió directamente a la rectoral.
-¿Quién es? Preguntó el sacerdote
-¡Don Rafael! Tiene usted que marcharse ahora mismo, -le dijo Mario, -dentro de una hora, van a venir a matarle.
De regreso a su casa, al atravesar la calle ancha, giró su cabeza hacia la izquierda y vio a las afueras del pueblo, el cementerio. Posó su mirada en los cipreses que majestuosos parecían elevarse al cielo en oración, y por primera vez en su vida se preguntó ¿Existirá Dios? ¡El sueño había sido tan real!
Autor: Alfajin











