Manías extrañas agobian mi intelecto a la hora de escribir, por ejemplo, ahora mismo acabo de asegurarme que todo está en correcto orden a mí alrededor, todo está justamente a mi derecha, mi vaso de café, mis cigarrillos, mi vida, mis vistas al parque, mis libros, mis claveles, la tierra para fortalecer a mis claveles. Monomanías. Extraños en un tren, novela de Patricia Higsmith, suspense, asesinatos, inteligencia.
Silencio, se escribe.
Silencio. El silencio vale su peso en oro, pero no en oro de verdad sino en oro de mentira, aquel que es solamente el reflejo de unos rayos de sol en el fondo de un lecho, como pepitas de oro sin recoger. Y si pienso en pepitas de oro el reflejo de unos cabellos rubios perfumados de manzanilla extienden su aroma hasta mi petulante nariz de escritor con ínfulas de artista de lo absurdo. Mataría al rey de la corte por un cigarrillo, humo, humo, azulado, voluptuoso, cancerígeno, atrayente, nocivo y placentero.
Humo.
Mujer hermosa, morena, de labios rojos articulados para el beso apasionado, que acerca un cigarrillo a su boca mientras unos ojos endiabladamente negros desean el contacto húmedo y lascivo de esos labios. Se acerca el hombre moreno y la toma por la cintura bufándose como un gato en celo, erizado, oliendo a salvaje deseo, y ella, ella, con la precipitación de lo esperado en su abismo visceral se abre al beso, cayendo en un precipicio erótico que ha creado la Higsmith para que los dos amantes caigan en ese foso abismal y oscuro que es una cama sucia de hotel.
Asfalto caliente, que desemboca en la arena de la playa donde un perro bosteza de aburrimiento a la pálida luz de una luna que se mofa del perro, del asfalto y de la belleza de esa playa larga, que refleja en sus aguas del color del petróleo, una miríada de estrellas desnudas sentadas en su tocador, que está formado de hueso de luna, mientras ellas coquetas se peinan los cabellos de oro. Oro como pepitas, pero pepitas de mentira.
Dedos que tamborilean, al compás del corazón, toc, toc, toc. María Callas, maravillosa María, que desgrana poesía saliéndole de la boca, pétalos de rosa escupidos al ritmo de su corazón, rojo, rojo, rojo. Madan Buterfly.
Viento que ulula despacio tras mis orejas, diamantes, diamantes detrás y delante. Brillantes perlas, como gotas de lágrimas, sobre las hojas del láudano. Poe, obscuridad, talento brillante, borrachera compartida. Los ojos le brillan de la fiebre mientras que su mano adaptada perfectamente al quicio de la puerta cuenta hasta diez, cucú, cucú cucú... Y me habla del ojo, y del corazón, pero no del suyo, que lo ha perdido.
Al cuervo ya lo he matado, quería robarme los papeles y sorpresivamente un rayo de oscuridad le ha partido la cabeza, derramando su sangre verde como sus plumas sobre terciopelo rojo. ¿Sangre? La sangre no es roja, es negra, pues los pensamientos sobre ella son de ese color, funesto oscuro. Y ahora ya el rio de mis pensamientos quiere traicionarme encauzando mi sensatez, así que corto aquí el hilo de oro de los pensamientos sin freno. Desenfreno.
Tierra, húmeda y perfumada en mis bolsillos vacios. Un perro que parece un gato viene a mearse a mi jaula.
Fin.
Autora: Ángela




