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Pero... ¿donde estoy?

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Pero... ¿donde estoy?

Notapor lencho el flaco el Mar Oct 23, 2007 09:37

Pero, ¿dónde estoy?

El lugar era bastante incómodo. Las paredes altas, y el suelo, alargado y mínimo, de forma que se veía obligado a caminar de frente y hacia atrás pues apenas había espacio para darse la vuelta. Y qué iluminación tan extraña. Era como una luz difusa que impregnase el lugar, sin una fuente definida, una luz que aparecía acompañada de un zumbido alojado en el fondo del oído, como el que sienten las personas de edad que han ido perdiendo poco a poco su audición. Llevaba un tiempo indeterminado –era extraño, pero parecía que los parámetros normales de mensurar el tiempo hubiesen desaparecido- y aunque –y eso sí que era raro- no tenía conciencia de que aquella circunstancia le hubiese alterado su rutina, antes bien, le estaba resultando de lo más normal del mundo. Y así llevaba no sabía cuánto.

Lo que realmente le incomodaba era la soledad, su soledad. Bueno, tampoco esa circunstancia le resultaba novedosa, teniendo en cuenta aquella larga etapa en que sumido en desengaños se vio arrojado a la más ominosa de las soledades, viviendo, eso era un decir, lejos de su ciudad natal, rodeado de gentes que bullían dicharacheras y felices, sin que él pudiera acceder a sus mundos, como si una capa invisible lo aislara de esa vida ajetreada y de bullicio. Sin embargo esa soledad actual le reportaba una serie de beneficios que le estaban resultando muy útiles. No necesitaba descansar ni ingerir alimentos, ni beber para saciar su sed. Lo que sí echaba de menos eran aquellas chispeantes cervezas que solía ingerir en los atardeceres, que le ponían una dosis de ritmo a su cansado corazón y de alegría en su organismo. Pero necesidades fisiológicas no tenía ni una por eso no echó en falta cuarto de baño ni urinario ni un mal colchón en que dormir. Supuso que su situación era parecida a la de un feto, que vive aislado en el claustro materno con todas sus necesidades vitales cubiertas.

Pero, ¿cómo había llegado a ese lugar inefable?, ¿dónde se encontraba realmente? Eran cuestiones que no se le planteaban de forma acuciante precisamente por las circunstancias ya descritas: la ausencia absoluta de necesidades. Por eso su situación le resultaba anómala, paradójica y normal, todo a la vez. Por eso, sus pensamientos eran planos como sus sentimientos. No existían circunstancias internas ni externas que le obligasen a pensar... ni a sentir. En esa situación “quasi” contemplativa se encontraba cuando inopinadamente se abrió la claraboya de la estancia, momento en el cual percibió un fragor de ruidos y sonidos como cuando se le averió su auto en la autopista y le pasaban a toda velocidad y estruendo toda clase vehículos. Y por la apertura de la claraboya apareció una cabeza furiosa, lanzando consignas violentas, de confrontación y amenazas, al tiempo que sus ojos echaban como chispas de detonaciones. Juan, que saludó al energúmeno con un apelativo nada cariñoso, sintió por primera vez desde que se encontrase en aquella situación una sensación anímica si no igual a las que experimentaba en su etapa anterior, sí análoga. –Vaya, esto debe ser un sueño y mi subconsciente me está mandando mensajes de mi anterior realidad, de mi vida consciente. Pero no. No era un sueño, ni siquiera una pesadilla, aunque empezaba a parecérsele. Por eso, cuando al rato, siempre indeterminado, un rato de otra dimensión que aún no había aprendido a mensurar, apareció por la claraboya un repartidor de propaganda con un montón de folletos que dejó caer a la estancia, comprendió que la vida no había desaparecido totalmente de su existencia, aunque sí, las manifestaciones de esa vida que estaban apareciendo le resultaban cuando menos insólitas pero también rutinarias. Recordaba cuando se dirigía al trabajo cómo le ofrecían periódicos gratuitos: gracias, ya lo tengo... no se moleste, o encontraba en el parabrisas de su auto una octavilla anunciando la venta de una parcela con agua de 200 metros o una chica luciendo un llamativo juego de ropa interior y mirada picaresca, por poner dos ejemplos de una amplísima panoplia de ofertas; o cuando las ondas hertzianas le hacían llegar los ladridos furibundos de locutores exaltados incitando a la confrontación social. Todo valía para vencer al adversario, que convertía en acérrimo enemigo. Pero Juan también tuvo otras visitas, con los más diversos acentos le preguntaban una y otra vez el tipo de auto que le gustaba, sus aficiones literarias y musicales, cuánto pagaba de comisiones a su banco... y así, hasta el hastío Y no había manera de evitar todas aquellas visitas pues la ventana de la claraboya se podía abrir desde arriba, o sea, desde el exterior.

Todas estas circunstancias comenzaron a hacer mella en el espíritu de Juan y le habían hecho sacudir su situación de indiferencia en que se había instalado. Y empezó a recordar. Primero fue una especia de desvanecimiento o ensoñación, un recuerdo de cómo si hubiese estado sobrevolando por una sala de estar muy amplia; antes, uno o dos vasos de güisqui... Pero había algo más. A ver... ¿qué era? Lo tenía en la punta de la boca. ¡Ah, sí!, ¡ya recuerdo! Era el hongo, aquel hongo del que tanto le había hablado Diego. Hacía años que había leído “Las enseñanzas de Don Juan”, de Castaneda y acababa de regresar de México con un regalito. Este Diego, su cuñado, era un tipo aventurero, inquieto y bastante descuidado. ¡Vaya colocón!: Alucinaciones, ¡se había convertido en un cuervo!, o al menos lo había ensoñado. ¿era realidad, ensoñación, alucinación? Pero debió ser un cuervo bastante torpe porque recordaba haber tropezado en su vuelo con las paredes y muebles del amplio salón. Porque, claro, una cosa es haber fumado peyote, perdón, mezcal, para los iniciados, en el desierto o en un alto de la montaña y sobrevolar con clarividencia asombrosa y otra hacerlo en el piso de una ciudad, por muy amplio que fuera.

El asunto parecía cada vez más próximo a su solución. Juan disponía de una serie de datos y sólo le faltaba relacionarlos hasta completar el puzzle. Fueron escasos momentos cuando recordó que tras tropezar en su vuelo de cuervo plateado con la lámpara del salón, cayó con estrépito sobre la torre del ordenador de su cuñado. Y entonces comprendió que su nuevo habitáculo era una subcarpeta del ordenador de Diego, lleno de virus y troyanos. Bueno, pensó Juan con una cierta resignación, Diego limpia y destripa su ordenador cada mes para limpiarlo. Me las ingeniaré para agarrarme a un troyano o a un spam que seguro que los saca, antes o después; mientras, me dedicaré a resolver los sudokus tan frecuentados por los virus (recordó la treta de Ulises para burlar a Polifemo, agarrado a las lanas de la panza de un borrego), y así aprovecho para darme un paseíto virtual, y de camino me enteraré de los secretillos de Diego. ¡Je, je!

De lo que no me libraré será de la bronca que me dará mi mujer cuando regrese. Mientras, aprovecharé estas vacaciones ¡y que me quiten lo bailado!
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