Dormida en tu lecho (o eso es lo que quiero creer viniendo de vos), de espaldas, en tu mundo, con la ventana abierta por donde penetra una linda brisa acogedora, con tu albina braga plácida como esa sedosa sábana que cubre parte de tus piernas, son las seis de la mañana, no te movés, a veces te creo muerta y al cerrar y abrir tus piernas me das vida, me das fe y esperanza, esperanza de creer en vos y de creer en mis ganas y cómo pueden ser en las tuyas. Me acerco con mi boca a esa tibia sábana como si fuera un muro o un monte que me separa del edén, la aparto deslizándose por tus dóciles piernas envolviendo tus pies que quiero que sean el posterior postre a todo lo que vendrá ahora, o mejor empiezo por ellos. Al despojarte de la marina sábana siento cómo tu braga empieza a latir, palpitando sin cesar, empiezo a buscar tus ojos y los encuentro tan zampados en mis labios que ahora ascienden a tu ombligo que pestañea al verme y sentirme, halla abrigo en mi cálida lengua como una cueva en plena tormenta. Al estar nutriéndome de tu vientre, vos me agarrás de los cabellos cruelmente; pero suave, una mano me coge de los pelos y otra en tu braga, con esa mano que me agarra el cabello me hacés llegar a tus labios y cogés mi mano y la depositás en la otra tuya que está en tu braga.
Tu mano y la mía arden al son de tu braga déspota y lucífuga, mi mano siente el latir de tu nido que no para de quemar a caricias mis dedos que vomitan sudor, que resbalan con los tuyos hasta que mis dedos se desvanecen. Cuando ya no siente tu mano la mía busca otra presa, y me tomás entero de repente creyendo yo lo contrario; sin embargo, con esa sensación me hacés recordar a las revoluciones de Zapata, Carranza, Cárdenas y de otros más.
Te acercás con tus labios partiendo de los míos, después de entregarme tus sabrosos pétalos, al oído susurrándome: “Quítame, Mehdi, suavemente con tus dedos mi braga”. Al escucharlo tomo lo que está cerca de mí y es tu cuello que lo empiezo a acariciar con mis besos como si fueran mariposas posándose en tu piel regalándote cosquillas infinitas. Dejo por un momento tu cuello y no sabés lo tanto que me duele en el alma y me dirijo a donde está tu braga.
Me abrís tus piernas mientras agarrás con tus uñas la sábana, me sorprende la rabia y la lujuriosa sed que tu alma esconden, la fuerza que tenés y con la que me arrancás el cabello, me deposito con mis labios en tu braga y la empiezo a rozar, vos te ponés de los pelos y me decís: “¡Oh Mehdi, te amo, cuánto te amo, mi Mehdiiiiiiiiiiii! ¡No pares mi amor, sigue así, me haces viajar Mehdi, Mehdiiiiii!
Ceso de rozarte con mi boca y ahora son mis dedos que te despojan del todo. Te quito (como me has dicho) suavemente y despacio la braga, al quitártela siento tus suspiros agarrando de nuevo mi pelo, dejo un momento tu braga en el sur de tus piernas y voy a tus pechos y los empiezo a rozar con mi lengua, los noto tan duros y pujantes, ¡cuánta pasión y rabia contenidas! Y los lamo, me olvido de tu braga llevándome tus senos al más allá retornando con un “te amo Mehdi, te amo”.
Te quito la braga con mis pies y desciendo hasta los tuyos, hasta lo más sureño de tu nigromante superficie, te lamo cada dedo de tu pie, me los quiero comer pero me doy cuenta de que te haré daño y no podría hacerlo, me conformo con besártelos y subo despacioso (agónico pero tus ganas me hacen resistir, no importa mi fin) a tu centro, a tu sensibilidad y vos me cogés de los cabellos, ¡ay, me duele, Bélgica; pero, te amo, te amo hasta que me duela!
“Como te muevas de ahí mi amor te mato, te mataré con tanto amor”, me decís vos cuando beso tu fecundidad que expulsa su llama hechizante. De repente, me ofrecés tu espalda, ¡Dios mío, cuán pampa tenés mi amor, llanura inconmensurable!
Muerdo tus nalgas y vos gritás hasta que se me aturden los oídos “te amooooooooooo…” y decidís ir a por mí.
Ahora sos vos la que lo controla todo, ahora te querés vengar (y sabés que eso me encanta), querés devolverme todo ese dulce martirio por el que te hice pasar.
Me tirás a la cama y vos te ponés encima de mí, querés devorarme, ¡ay, tigresa, cuánto te amo! (exclamo yo con los ojos cerrados, no puedo abrirlos y juro que me esfuerzo por hacerlo mas no puedo), a vos te importa un huevo lo que estoy sufriendo, y empezás a saciar tu sed eternal y la mia también, vos gemís continuamente “ah, aaaaaaaah, aaaaaaaa…hhhhh…, te amo Mehdi, te amo con locura mi Mehdiiiiiiiii”, yo estoy a punto de llegar al estallido y vos lo notás y te parás, de nuevo volvés aunque con otra postura, encima de vos estoy yo ahora, penetrando tu llama incontenible, vos no parás de decirme: “ ¡cómo m… ah ah ah… como me encant… ah, te quiero Mehdi aaaaaaaaaaaaah, te amo Mehdi, cómo me encanta ser tuya, estoy loca por ti aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah mi Mehdiiiiiiiiiiii…! Y yo te sigo saciando y vos a mí hasta que estallamos a la vez y nos empapamos con la lluvia y nos tiramos agotados, pero felices, sin palabra que decir, en el lecho, y vos te metés en mis brazos acomodando tu cabeza en mi pecho diciéndome: “eres mío, Mehdi, eres mío”; y yo, con un beso en tu frente con el que te hago dormir al que te acompaño yo con un “te amo Bélgica, te amo más que a mi vida”.


