
La princesa está triste... ¿qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave de oro;
y en un vaso olvidado se desmaya una flor.
Ruben Dario
Era una mañana fría. La niebla humedecía el jardín. Cada flor destilaba su perfume líquido sobre el césped. Mientras la sangre de la princesita se helaba y corría como escarcha por sus venas provocándole escalofríos y un rubor que escondía bajo su abanico de gasa anacarada de la mirada inquisitorial de su padre que como su madre no sospecha que en su belleza inocente, en la palidez de su rostro coloreado con unos leves tintes de color rosa, en sus ojos oscuros y somnolientos algo decaía, algo marchitaba. Los pomposos ornamentos y vestimentas, los brocados, la capa escarlata, los tocados en sus cabellos en los que pendía una rosa roja que contrastaba con el azabache de su cabello, todo esto resaltaba su belleza pero a la vez su melancolía. Y ni los bufones de la corte con sus astucias, con su malabarismos inverosímiles y su risible fealdad, ni los juglares que entonaban alegres y absurdas tragedias con sus citaras, ni los alegres niños nobles que la acompañaban en los juegos por los jardines de estatuas mohosas podían arrancarla de su tristeza. Hasta que un día la princesita salió a caminar sola por fuera de los dominios del castillo, como jamás lo había hecho. Caminó por entre los grandes álamos , corriendo por lo campos entre las rosas, las magnolias y las violetas que adensaban el aire con su perfume. Hasta hallárse frente a un lago y al verse reflejada en él por alguna misteriosa razón, por primera vez sonrió tan majestuosamente y con una belleza tal que las flores silvestres que crecían a las orilla del lago y las aves multicolores que sobrevolaban sintieron envidia. La princesita sintió tal felicidad, que aún sonreía cuando unos cortesanos del rey la hallaron muerta boca arriba en las orillas del lago.
A modo de epílogo : “Todos nosotros somos niños muertos, clavados a la balaustrada frágil del balcón de la infancia, esperando como sólo saben esperar los muertos”
L.M.Panero.


