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Historia por capítulos

Notapor yurashima3093 el Lun Jul 30, 2007 19:39

Corrí por las calles desiertas tan rápido como pude, necesitaba evadirme un poco de los problemas. Hacía tiempo que había dejado atrás los enormes bloques de pisos del centro, ahora a ambos lados de la calle había unas adorables casitas blancas con un pequeño jardín. El sonido del agua, ya estaba cerca. Aceleré el paso, por muy atleta que fuera ya comenzaba a notar que tenía los pies adoloridos y me faltaba el aire, pero el esfuerzo valdría la pena. Me detuve e inhalé grandes bocanadas de aire, necesitaba llevarme conmigo toda la esencia de ese lugar. Me dejé caer sobre la mullida hierba, húmeda por las diminutas gotas de agua que marcaba que aún estaba amaneciendo, estiré todos mis miembros y suspiré de gusto. Me encontraba en la desembocadura del río, donde podía respirar la salada brisa marina y disfrutar de la pureza del campo, era el lugar que más me gustaba de la ciudad, podía ser yo misma sin que nadie me mirara mal ni me reprochara nada. De repente fruncí el ceño, el mal recuerdo de que al día siguiente comenzaría un nuevo curso en un nuevo instituto me asaltaba la cabeza, odiaba aquel lugar, ahí se mezclaban las peores personas que conocía. Cada burla, cada insulto... me daban más ganas huir o de matarlos si era necesario. En el anterior lo pasé mal y mi abuela pensó que lo mejor sería cambiar, pero yo sabía por mucho que nos mudáramos o cambiáramos nada mejoraría, solo se repetiría el mismo suplicio una vez más.
Otra vez aquella sensación de pánico que me hacían venir ganas de gritar, respiraba agitadamente, cada vez que recordaba mi antiguo instituto quería morirme. Busqué con desesperación mi espada de madera palpando la hierba, cuando por fin la encontré la agarré con fuerza, recobré el aliento y cerré los ojos. Aquella espada me la regaló mi madre, que era japonesa, y era de kendo una arte marcial de allí. Recuerdo que me dijo que si alguna vez tenía miedo o me sentía insegura, si la tenía cerca me sentiría tan fuerte y poderosa como para poder superar cualquier problema. De aquello hacía más de diez años y aún seguía teniendo miedo si no la tenía junto a mi, me odie a mi misma por ser tan inmadura e infantil, pero por mucho que deseara guardarla en un armario y no volver a verla más no podría porque mamá no volvería. Ella me la hizo con todo su cariño, con láminas de bambú de nuestro jardín, porque sabía que pronto me dejaría, por aquel entonces aún no se le caía el pelo a mechones, creo, todo pasó tan rápido que no sabría asegurarlo, pero igualmente, con pelo o no, ella seguía siendo hermosa. Tom, mi padre, pocos meses de morir mi madre, se marchó a África a hacer unas excavaciones arqueológicas, de las que nunca volvió, el único rastro de su existencia eran los mil euros que recibíamos todos los meses y parte de ellos se esfumaba por el retrete hacía una cuenta para mis estudios en la universidad. Mark, mi hermano mayor de 23, me enseño kendo hasta que cumplió los dieciocho cuando se marchó de casa para abrir un restaurante japonés en América, otro que no volví a ver. Por aquel entonces yo vivía con mi abuela materna la que al parecer fue a la que menos le afectó la muerte Mutsumi, su única hija.
Noté una presencia extraña que se acercaba, me hice la dormida, el misterioso personaje se acercó más a mi, que aún seguía tendida en el suelo, se detuvo cuando sus pies estaban a tocar de mi cabeza, seguía teniendo la espada en la mano, la empuñe y alce el brazo con rapidez para tocar a quien fuese que estaba detrás mío.
Abrí los ojos en el momento justo en que la trayectoria de la espada se detuvo, un chico alto de pelo castaño claro me miraba con unos fríos ojos grises, sin inmutarse por mi repentino ataque aunque tuviera la punta de la espada a dos dedos de su nariz.
- Deberías aprender un saludo menos violento, ¿sabes? – dijo él con voz serena que no mostraba ni una pizca de nerviosismo, era como un susurro que te acariciaba con suavidad el oído.
- Y tu no deberías acercarte por detrás con tanto sigilo – dije con brusquedad mientras me incorporaba y me sentaba con las piernas cruzadas frente a él, que seguía mirándome desde las alturas.
Estuvimos unos instantes en silencio que a mi me resultaron eternos. Deseaba que me envolviera con sus palabras de nuevo. Nos miramos fijamente, mientras mis ojos mostraban un deseo intenso a la vez que repulsión por el contacto humano, los suyos no mostraban nada, eran vacíos, parecía no tener emociones o al menos no querer mostrarlas. ¡Maldición! ¿Porque teníamos que ser parecidos?
- Es posible – dijo encogiéndose de hombros y alargándome la mano para ayudarme a levantarme, yo me quedé absorta durante segundos aquella piel morena y fina que no sentía asco ante la idea de tocarme, era tan maravilloso que parecía un sueño. Alargué mi mano, blanca de uña cortas, por culpa de ese maldito vicio de mordérmelas a todas horas, hacia la suya, primero toqué con las yemas de los dedos su piel, que suave era, él no dijo nada, me agarré a ella y él tiró con fuerza de mí, demasiada quizás. En vez de acabar de pie, caí otra vez al suelo, estirada encima de él, con nuestros ojos a pocos centímetros de distancian. Otra vez ese despliegue de emociones, nunca me había encontrado en una situación semejante, sentí vergüenza y pasión y mis mejillas paliduchas se sonrojaron. Él, como la vez anterior, no mostraba nada, no podría saber si lo que acababa de pasar lo había hecho a propósito. Miré un poco más abajo, sus labios finos y entreabiertos, me dieron ganas de besarlo, era como una necesidad urgente, decidí volver a mirarlo a los ojos, al menos así no me sería tan fácil perder el control. Nos volvimos a encontrar, algo había cambiado, tenía un brillo diferente, pero se me escapaba el porque. De repente me apartó la mirada y separó mi cuerpo del suyo y volvió a levantarse.
- Ya fue suficiente, debería irme y tú también –dijo dándome la espalda, esta vez no me ofreció su mano y se marchó sin decir nada más.
Me quedé en blanco durante un minuto, mientras miraba como ese chico extraño se alejaba hasta desaparecer, aún notaba el calor de su cuerpo en el mío y era lo más agradable que había sentido nunca. Cuando volví al mundo real me di cuenta de que volvía a morderme la uñas, sonreí de felicidad.
Con un beso surgió una pregunta, la respuesta sólo se encuentra en el fragor de la batalla.
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Notapor lucia el Mar Jul 31, 2007 01:51

:lol: muy bueno yura!!! espero mas :)
La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla.
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Notapor Simkin el Mar Jul 31, 2007 04:20

Aquí tienes otro lector para próximas entregas :o
Chuang-Tzu soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que había soñado ser hombre.
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Notapor Dead Poet el Mar Jul 31, 2007 04:32

Espero con ansias las siguientes partes :D :D
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Notapor yurashima3093 el Mié Ago 01, 2007 15:10

Miré mi reloj, la una y media, que rápido había pasado el tiempo. Me levanté del suelo y me miré el trasero, volvía a tenerlo verde por culpa de la hierba. Recogí la espada y me encaminé hacia casa, esta vez sin prisa. ¿Cómo se llamaría ese chico? ¿Cuántos años tendría? ¿Dónde vivía? ¿Iría al mismo instituto que yo?... maldición… con todo lo que había ocurrido había olvidado por completo lo próximo que estaba ese fatídico día, no es que eso fuera malo, pero siempre que lo recordaba de repente era como un mal despertar. Que extraño, ¿lo que había vivido era eso es lo que llaman en las películas y en las novelas románticas amor a primera vista?, me pareció una pregunta tonta para hacerme a mi misma, yo nunca me había enamorado, solo lo había visto y leído, pero en esas escenas lo pintaban como algo tan maravilloso que parecía surrealista. ¿Y si nunca volvía a verle?, sería una historia de amor un poco corta, ¡pero que estaba diciendo!, tampoco sabía si él sentía lo mismo por mi. No podía precipitarme y hacer deducciones a partir de su forma de actuar porque tal vez lo malinterpretaría y si me equivocaba me llevaría una gran desilusión. Ya había llegado, al final de la calle estaba mi casa, entre en el templo del cual mi abuela era la sacerdotisa y como siempre la encontré rezando. Pensé que era mejor no molestarla y salí al jardín trasero donde mi perro, un labrador de pelo blanco se paseaba a sus anchas. Cuando me vio se acercó a mi con alegría y se sentó esperando que lo acariciara, lo tenía muy bien enseñado.
- ¿Qué tal estás, Corsa? – le dije mientras me arrodillaba y le pasaba la mano por la cabeza, a lo que él respondió lamiéndome la cara. Él era el único que no me juzgaba de verdad.
Estuve jugando un rato con Corsa hasta que mi estómago protestó por la falta de alimento desde la noche pasada. Fui a la cocina, la comida ya estaba preparada, arroz con pescado, miré con mala cara la cazuela con el arroz, como aborrecía esa comida, siempre comíamos arroz. Me giré y en la puerta de la cocina estaba mi abuela observándome. Ella era una mujer arrugada, siempre llevaba su pelo canoso recogido en un moño y vestía siempre con su kimono turquesa, la vestimenta tradicional de Japón, como buena japonesa que era. Aunque viviera desde que mis padres se casaron aquí siempre había rechazado la cultura occidental argumentando que era estúpido entregarse a unas costumbres a las que no pertenecías.
- ¿Dónde te habías metido? Te he estado buscando por todos sitios. – dijo con la voz típica de los ancianos.
- No te preocupes, abuela, he ido a dar una vuelta con Corsa – dije yo con una media sonrisa, sabía que se lo creería porque no le prestaba la menor atención al perro. No podía atormentarla con mis estúpidos problemas de adolescente, ya tenía suficiente con los suyos.
Comimos y luego fui a pasear a Corsa, ahora de verdad, lo que me impidió pensar mucho en el chico y en el instituto. Cuando volví cené y fui a mi pequeña habitación con solo la cama, un armario, unas estanterías repletas de libros y una mesa de estudio; saqué el uniforme del nuevo instituto, chaqueta y falda plisada verdes, camisa blanca y corbata roja; no me gustaban las faldas de colegiala, pero al menos así me salvaba de que me juzgaran por mi vestimenta, todos iríamos iguales. Lo dejé encima de la mesa y me dirigí otra vez al armario, lo abrí, dentro había un gran espejo, donde pude contemplarme. Mi pelo, negro, ligeramente ondulado por las puntas, me llegaba hasta media espalda. Mis ojos, negros y un tanto rasgados, heredados de mi parte oriental; mi piel blanca, sin maquillar, como hacían las demás chicas de mi edad, resultaba un poco fantasmal a la luz de la lámpara de mi habitación. Mi ropa, una camiseta de tirantes de rayas grises y blancas que se adaptaba a mi fina figura, sin una delantera de tamaño destacable, era evidente que con mi cuerpo no resultaría atractiva a ningún chico. Me miré el trasero de nuevo, pero ahora en el espejo, mis pantalones piratas blancos de algodón seguían verdes. Me desvestí y me puse una camiseta enorme, estaba demasiado agotada como para ponerme el pijama, me metí en la cama, apague la luz y en entre las sombras dije:
- Me llamó Sam Stone y mañana va a ser el peor día de mi vida – minutos después me sumí en un pofundo sueño.

Este capítulo me parece que es más corto, porque el otro eran dos seguidos.
Con un beso surgió una pregunta, la respuesta sólo se encuentra en el fragor de la batalla.
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Notapor yurashima3093 el Jue Ago 02, 2007 16:33

No podía girarme, aquellos niños eran como una jauría de perros que cuando ven el terror en tu cara se vuelven más hambrientos, así que seguí corriendo por las orillas del río hacia el mar. Mi pelo, antes perfectamente adornado con cintas azules con flores blancas, ahora estaba despeinado de tanto correr y mi vestido blanco de los domingos tenía unas cuantas manchas de barro que solo se quitarían lavándolo a mano. Tres o cuatro niños, no recuerdo bien, con la camisa remetida por dentro de los pantalones y pajaritas rojas, me perseguían a toda velocidad por la hierba, mientras reían de excitación, a pocos metros de mí. Una piedra mal puesta en el camino me hizo tropezar y ellos me rodearon para impedir cualquier posibilidad de huída. Tenía miedo y mis ojos lo reflejaban. Me empujaron hasta que caí al suelo y cuando me pude levantar volvieron a empezar. Cuando empezaron a saltarme las lágrimas del dolor el chico más corpulento del grupo recibió un pelotazo en la cabeza que lo derribo, los demás se giraron, asustados, para saber quien era el agresor que había vencido al jefe de su manada. Yo también miré, pero solo pude verlo borroso. Era un chico, un año o dos mayor que yo, y miraba con seriedad a los demás, que huyeron. Él se acercó a mi, yo me erguí con rapidez, me habían que tenido que quitar cuatro simples matones de encima, ¡que vergüenza! La vista se me emborronó y la cabeza me dio vueltas, sentí que me iba a caer infinitamente, cerró los ojos, era inevitable que perdiese el conocimiento, pero él muchacho me agarró por la cintura impidiendo que me fundiera con el suelo, me sentó en una roca cercana a la orilla del río y me acarició el pelo afectuosamente hasta recobré el color.
- ¿Quieres que te lleve a casa? – me preguntó, yo no entendí el significado de su pregunta. Si fuera alguien más mayor entonces sí, porque tendría coche, pero este era solo un niño.
Accedí, entonces él, sin previo aviso se puso detrás de mí y me subió a su espalda, por aquel entonces yo tenía miedo a las alturas, hasta subirme en un taburete me asustaba; y comencé a chillar como una niña pequeña, que era lo que en aquel momento era. Él no hizo caso de mis gritos y comenzó a caminar, yo, para no caerme, me agarré a su cuello tan fuerte como pude y puse mi cabeza en su hombro, él se giró y me dejó helada con una sonrisa angelical, esa imagen se me quedó grabada en la mente. No hizo falta indicarle donde vivía, parecía que conocía el camino muy porque me llevo directamente hacia el templo. Cuando llegamos me baje con cuidado para no caerme otra vez, quise agradecerle el gesto, pero no pude. Sin previo aviso me pasó la mano por la cara, me la acarició y fue acercándola poco a poca a la suya, hasta que sus labios rozaron mi mejilla y me dieron un cálido beso. Noté que me fundía como el chocolate, cerré los ojos para concentrar todos mis sentidos en su mano y en sus labios. Para mi gusto fue demasiado corto, duró apenas unos segundos pero me hubiera gustado disfrutar más del momento, pero se separó de mí y me dijo adiós con la mano mientras corría por las calles hacia el río otra vez.
Me desperté, otra vez soñando con ese recuerdo de la infancia, alargué el brazo para coger el reloj de mi mesilla, eran las siete, aún podía dormir un poco más.
Con un beso surgió una pregunta, la respuesta sólo se encuentra en el fragor de la batalla.
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Notapor yurashima3093 el Sab Ago 04, 2007 16:23

Intenté conciliar el sueño de nuevo pero no me fue posible. Tenía seis años cuando eso ocurrió, no recuerdo si había ido a una fiesta o a una boda, pero seguro que era una ocasión importante porque me había puesto el vestido más caro que tenía. Me levanté, abrí el armario y aparté el enorme espejo en el que me había mirado la noche anterior, ahí estaba el vestido blanco que llevé ese día. Después de lo ocurrido con ese niño, me prometí que nunca más me pondría un vestido hasta que lo encontrara, por eso iba tantas veces a orillas del río, tenía la esperanza de volverlo a ver, pero eso nunca ocurrió. Cuando renuncié a su búsqueda venía de vez en cuando, pero solo porque ese lugar me daba paz, como ayer. Con el paso del tiempo, deje de arreglarme y de comportarme como una niña, tiré todas mis muñecas y vestidos, exceptuando el blanco, y le pedí a mi hermano Mark que me enseñara kendo, en poco tiempo aprendí y gané muchas competiciones, pero desde que el también me abandonó dejé de competir hasta ahora, dentro de poco participaría en un campeonato, iría con unos cuantos chicos y chicas a Japón y lucharíamos contra los mejores luchadores de nuestras edades de allí. Yo no tenía muchas ganas de ir pero mi abuela había hecho la solicitud sin mi permiso y ahora no la podía cancelar.
Tampoco recordaba como era, no me fije mucho en su aspecto, solo me acuerdo de la maravillosamente bello que era cuando me llevaba a cuestas y me sonrió, si lo hubiera visto poco después de ese día sabría quien era pero ya había pasado demasiado tiempo y aunque lo tuviera ante mis narices no lo reconocería. Nunca había visto ningún chico de mi misma edad paseando por ahí, siempre preferían ir a otros sitios, pero ayer apareció ese chico… ¿y si diera la casualidad que son la misma persona?, eso sería maravilloso, pero tampoco era seguro de que volviera a ver el chico misterioso.
Miré otra vez el reloj, era un poco pronto, pero aún así me levanté. Fui al baño y me lavé la cara para despejarme un poco y me duché bien; después corrí hacia la cocina y me tomé un vaso de leche con galletas, no podía pillarme mi abuela porque si no me obligaría a comer otra vez arroz, parecía que esa mujer viviera a base de eso. Me puse el uniforme y me miré al espejo, el verde no era mi color favorito, pero me favorecía. Fui al trastero, cogí mi bicicleta roja y cargué mi mochila repleta de libros de texto en la parte de atrás. Era un poco vieja, pero nunca le había fallado. Faltaba más de una hora para que comenzaran las clases y si iba en bicicleta podía ir al río para descargarme los nervios y volver justo a tiempo, lo tenía todo calculado. Pedaleé sin prisa, no quería cansarme y además el peso de los libros se notaba bastante, hacía un poco de viento y el aire me secaba el sudor. Apenas había coches por la carretera y pronto llegué al río, pero cuando iba a bajarme de la bicicleta me di cuenta de que alguien estaba ante él. Era el chico misterioso que miraba absorto el agua. No podía verle la cara porque estaba de espaldas pero su pelo castaño que bailaba al son del viento lo delataba. No me acerqué, ni siquiera me moví, solo estuve un buen rato mirándolo, de repente se giró, temí que me viera y pedaleé con fuerza hasta que no pudo verme. ¡Que estúpida que había sido! ¿Y si me había visto? ¿Qué habrá pensado de mí? Enrojecí de rabia hacia mi misma mientras iba hacia el instituto, ¿si iba tantas veces al río como es que nunca habíamos coincidido? ¿Por qué siempre me pasaba lo mismo? Ahora estaba más nerviosa que antes.
Llegué cinco minutos antes, puse el candado a la bicicleta y alcé la vista hacia el instituto. No tenía nada fuera de lo normal, era un edificio enorme, poco llamativo y aburrido, como todos los demás. Procuré no destacar entre la multitud, aunque eso era prácticamente imposible, todos íbamos con el mismo uniforme verde. Sonó la campana y siguiendo a todos los demás llegué al salón de actos, allí el director Harrison, un hombre regordete con una amplia calva, bigote y barba blanca, nos dio un largo y pesado discurso sobre el objetivo y las normas que se debían cumplir. Después, por orden de lista, nos fueron agrupando en grupos, cuando dijeron mi nombre todo el mundo se giró, ahora me sería imposible pasar desapercibida. La tutora de mi grupo, la señora Burks, nos acompañó a nuestra aula, la 3ºA, todos se sentaron en las mesas que quisieron, pero Burks me detuvo y cuando todo el mundo hubo escogido su sitio, dijo:
- Esta chica se llama Samanta Stone, por problemas familiares se ha cambiado de instituto - me alegré de que no mencionara el maltrato escolar – y a partir de ahora será vuestra compañera, espero que la tratéis bien. Amy, - una chica de pelo castaño oscuro se dio por aludida y levantó la cabeza – cuando se acabe la clase os doy hora libre para que le enseñes a Samanta el recinto, siéntate al lado de Amy, por favor.
El pupitre de Amy, era de los del fondo, eso no me gustó porque tendría que por los demás para llegar hasta ahí. Todo el mundo me miraba con cara de pocos amigos, envidiosos porque yo tenía hora libre y ellos no, excepto un chico rubio que me sonreía, una chica muy guapa con rizos dorados que pasaba de mí y un pelirrojo con unos grandes ojos verdes que evitaba mirarme. Cuando pasé por delante de una chica de pelo castaño y mechas rubias con unos llamativos ping en el dorso de la chaqueta del uniforme que me miraba con desdén, como diciéndome “yo soy superior”, abajé la mirada, suerte que la mesa de Amy era la siguiente. Cuando me senté, colgué mi mochila y busqué el almuerzo, me lo había dejado. Se oyó como alguien golpeaba con los nudillos la puerta, seguro que era mi abuela con él.
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Notapor Dead Poet el Sab Ago 04, 2007 18:28

Sigo picada con la histori :D
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Notapor yurashima3093 el Mar Ago 07, 2007 13:36

Era consciente de que iba a pasar vergüenza pero ya estaba acostumbrada, a parte, la culpa era mía por olvidármelo. La puerta se abrió y todos estallaron a risas, yo no comprendí porque:
- ¡Lauren Emard, ¿que horas son estas de llegar?! – gritó la señora Burks mientras el chico del río entraba por la puerta. Yo no se si empalidecí por el miedo a que esa mañana me hubiera visto observándolo o si me sonrojé por la escena tan comprometida que habíamos vivido.
- Perdóneme, señora Burks, no era mi intención molestarla – dijo él con tono burlón, muy diferente al que me había hecho enloquecer.
Pasó entre las mesas mientras los demás lo saludaban enérgicamente, llegó al pupitre de la chica con mechas que se sentaba justo delante del de Amy junto a la que estaba sentada yo y levantó la vista. Estuvo un rato mirándome sorprendido, los demás se preguntaban en voz baja que le pasaba, pero yo solo podía fijarme en él. La chica de mechas que me miraba el intercambio de emocione, al que por primera vez parecía que participaba él, le dio una patada a Lauren a lo que él respondió bajando la vista y sentándose al lado de la chica. Ella le acarició el brazo, eso me desilusionó, pero era normal que alguien así tuviera novia; pero para mi sorpresa le apartó la mano con brusquedad.
No presté atención a las explicaciones de la señora Burks, solo tenía ojos y oídos para Lauren, poco después sonó la campana que señalaba el final de la primera clase:
- Amy, Samanta, podeis salir. – dijo la señora Burks, las dos nos levantamos, cuando pasé junto a Lauren, no quise mirarle, me daba miedo quedarme parada contemplando sus ojos grises, los demás ya no me miraban con rabia, ahora lo hacían con curiosidad y el chico rubio volvió a sonreírme, yo solo pude devolvérsela tímidamente. Salimos de clase, Amy era una chica muy normal, no era ni baja ni alta, ni fea ni guapa y sus ojos eran oscuros, también eso era normal. Su apariencia hacía que no destacara sobre los demás, eso me provocó cierta envidia, pero tenía un no se que especial.
- Hola, siento no haberte saludado antes, - digo Amy mientras me estrechaba la mano enérgicamente – me llamó Amy Locklin, encantada de conocerte, Samanta.
- Igualmente, preferiría que me llamases Sam. – dije yo maldiciendo mi falta de sociabilidad.
Aunque no fui muy agradable, Amy me enseño todo el instituto con entusiasmo, me sorprendí de lo vivaz que era. Aunque yo nunca había tenido amigos con ella me fue fácil hablar, era comprensiva y buena persona, unas cualidades que hasta ahora me había costado encontrar en alguien.
- Tengo que ir al baño, ¿me acompañas o me esperas en la puerta? – dijo Amy cuando ya lo habíamos visto, ahora solo faltaba saber como estaban de limpios los retretes y si había papel higiénico. Abrimos la puerta del baño de las chicas y encontramos algo inesperado. La chica de mechas que creía que era la novia de Lauren y el rubio que me había sonreído se estaban besando apasionadamente, cuando se dieron cuenta de nuestra presencia, la chica cogió un rollo de papel y nos lo tiró, por suerte nosotras salimos antes de que nos diera y este colisionó contra la puerta, ahora sabía seguro que había papel de sobras.
- Esos dos son Michelle Hibbards y Andy Priest. Ella es la más popular del instituto, - dijo Amy, demostrando un enorme desprecio hacia Michelle – era la novia de Lauren Emard el año pasado pero cuando él se enteró de que a sus espaldas se lo hacía con otros chicos la dejó, pero es extraño, nunca imaginé que Andy pudiera llegar a traicionar a Lauren, son muy amigos.
Ya sabía un poco más de Lauren y no había necesitado preguntar a nadie. Alguien se acercó corriendo y me puso la mano en el hombro, me giré, era Andy:
- Siento que hayas presenciado una escena tan desagradable, soy… -dijo él con una ancha sonrisa.
- Ya sé quien eres, Andy Priest, - dije yo sin dejarle acabar, odiaba a los chicos que se liaban con las ex de sus amigos, especialmente si lo hacía con la de Lauren – deja que te diga una cosa: los tipos como tú no los aguanto y hazme un pequeño favor: no te me vuelvas a acercar, ¿entendiste?
Le di la espalda y continué caminando por el pasillo, Amy aceleró el paso para alcanzarme y Andy se quedó mudo por mis palabras y se fue a clase. Amy y yo dimos una vuelta más, aunque ya no hablamos más, seguramente se había tomado aquella conversación como una muestra de mal carácter, y volvimos a clase:
- Ah, Amy, Samanta, para la clase de historia quiero que hagáis un trabajo libre en grupo. - dijo la señora Burks cuando entramos - Amy, tu vas con Natalie Banks, Kyle Tacher y Eric Bones. Samanta, tu con Michelle Hibbards, Andy Priest y Lauren Emard. Vuestros compañeros ya os explicarán las pautas a seguir. Bien, chicos, se acabó la clase, podéis salir.
- Perfecto… - me susurré a mi misma con ironía
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