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Entre seda y luz de luna.
Moderadores: Yolanda, Colaboradores
Entre seda y luz de luna.
Ella afirmó su rostro en mi mano y con sus manos tomó la mía para luego besarla despaciosa, cálida, serenamente. Di un paso más, solo uno, la tensión era tan poderosa que mi corazón parecía un enloquecido potro en plena llanura, desbocado y sediento de libertad. La miré a los ojos con intensidad casi física, recorriendo incansablemente ese precioso rostro, sonrojado por la sangre que se arremolinaba en sus mejillas. El último paso fue el clímax de la cercanía física, un estallido de sensaciones donde nuestros cuerpos se encontraron y se acercaron hasta el límite, tibios, temblorosos, erizados, sensibles al tacto. La abracé suave pero firmemente, rodeándola con un brazo por la cintura y acariciando sus caderas con la otra mano, unas caderas con la curva perfecta para que mis dedos no se cansen nunca de recorrerlas. Sus labios entreabiertos y anhelantes eran un manjar palaciego, deseable y embriagador. El roce de mis labios sedientos de placer con los suyos fue extático, una experiencia casi mística, mis pies perdieron todo contacto con la tierra y una suave corriente eléctrica inundó cada célula de mi ser, mi virilidad reaccionó y su feminidad la preparó para la suprema entrega. En una danza sensual y suave, la fui acercando al tálamo amoroso, uniendo nuestros cuerpos en un abrazo intenso, apasionado, medido, saboreando cada instante por si mismo, como elementos separados que juntos forman una excelente obra de arte.
Dos pasos antes de llegar al borde de la cama la detuve y con un movimiento seguro la alcé en brazos, lentamente acerqué mi rostro al de ella y volví a besarla, con suavidad, la pasión fue creciendo de tal modo que no pudimos evitar dejar escapar un gemido al unísono, en muestra y prenda de nuestro mutuo afecto. La deposité sobre la mullida superficie y con sumo cuidado me posé sobre su cuerpo, un cuerpo tan hermosamente tallado que no podía dejar de admirarlo nunca, de contemplarlo y desearlo con renovado ardor. Los besos y caricias arreciaron, el deseo creció y explotó en luces de colores y sonidos celestiales, las sensaciones que bombardeaban nuestros cuerpos eran enloquecedoramente maravillosas, sensualmente cálidas y ardientes, hasta tal punto que la más íntima unión fue inevitable. El delicioso vaivén sacudía tanto mi alma como mi humanidad entera, su cuerpo se ondeaba y su piel se iluminaba por dentro. Su cabellera era una corona que ornaba su fino rostro, y sus labios perfectos, deliciosos y brillantes estaban entreabiertos en un perpetuo gesto de deleite. Cada roce, cada movimiento, cada caricia era un clímax en si mismo, y el éxtasis final no era una meta, sino una parte más de la divina ofrenda. Cuando caímos rendidos uno junto al otro, y el dulce cansancio se apoderó de nuestros cuerpos, apoyó su cabeza sobre mi hombro y la abracé por la cintura, las velas se consumieron y antes de dormirme totalmente colmado de placer, pude vislumbrar un rayo de luna entrando por la ventana e iluminando su piel de seda, sonreí embriagado ante la visión de tan dulce belleza y cerré los ojos, aún extasiado por la entrega y el recibimiento de amor. Afuera, Florencia dormía.
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Nocturno - De la familia

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Re: Entre seda y luz de luna.
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Aprendiz - Pluma de bronce

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Re: Entre seda y luz de luna.
Un saludo.
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Nocturno - De la familia

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Re: Entre seda y luz de luna.
- Satya
- De la familia

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Re: Entre seda y luz de luna.
- Dorian1980
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