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Elección relato del mes- Abril
Moderadores: Yolanda, Colaboradores
Elección relato del mes- Abril
Dios y Diosa
Un Dios en la batalla
Dios y algo carmesí
Padre nuestro que estás en el cielo
La luz de la esperanza
El País de las Nueve Lunas
En busca del Otro
Debéis dar 5, 10,15,20 y 25 votos. Siendo así quedará con 0 aquellos relatos que os haya gustado menos, 5 el siguiente y 25 al que os gustó más.
Todos podéis votar, pero nunca a vosotros mismos. Si alguien quiere hacer votación anónima puede enviarme la relación de puntos por privado y yo las subiré.
Para dejar tiempo suficiente cerraremos las votaciones el día 5 de mayo.

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Yolanda - Administrador/a

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Re: Elección relato del mes- Abril
Hasta ese día, pensó que Dios sólo tenía que haber uno. Él. Y sólo Él. En mayúsculas. Amo y señor de la creación.
Pero aquel día, su arcángel Gabriel le trajo noticias de sus criaturas.
–Allá abajo están con lo de la paridad entre sexos –le dijo – y las mujeres se están quejando.
Le explicó que en la Tierra había mujeres gobernantes, empresarias, artistas, intelectuales que desempeñaban sus funciones tan bien o incluso mejor que los hombres. Y le sugirió, con todo tacto, que quizás ya iba siendo hora que una mujer accediese a tan alto trono. Por supuesto que no era cuestión de suplantarlo. !El era único e insustituible! Se trataba tan sólo de repartirse las cargas y gobernar el destino de las criaturas de forma más acorde con los tiempos que corrían.
Y como Dios era benevolente, comprensivo y por ende equitativo, aceptó. Además pensó que un poco de compañía femenina le iría bien, harto ya de las veleidades, dimes y diretes de su corte de ángeles y santos.
–Hágase –dijo. Fue decirlo y aparecer a su lado una estupenda diosa. Y le complació.
–Hola, diosa mía –la saludó, con candorosos ojos.
–Eh!, de diosa tuya, nada ¿vale? –le contestó Diosa.
–¿Mmmm? –se quedó mudo Dios.
–Que si quieres andarte con zalamerías, te las tendrás que ganar, digo yo. Que una no se deja piropear así como así por el primero que se encuentra.
Dios reflexionó sobre lo que acaba de oír. No había pretendido piropearla. Tan sólo mostrarle su infinita bondad y amor. ¿Se habría sentido diosa menospreciada, infravalorada, tenida a menos? Aunque, por otro lado, cierta parte de razón tenía. ¿Qué pensarían de ella sus ángeles y arcángeles si oían que de buenas a primeras era tratada en esos términos? Ya se sabe cómo se interpretan las palabras. Uno quiere decir una cosa, pero los otros entiende otra. Y “diosa mía” o “mi diosa” puede dar lugar a muchas suposiciones de desconocidas consecuencias.
–¿Y cómo debo llamarte? –le preguntó para zanjar esa primera e importante cuestión.
–Llámame Diosa, de momento. Ya buscaré otro nombre más adelante. Antes, hay mucho trabajo qué hacer.
–¿Como que mucho trabajo que hacer? Todo el trabajo lo hice en seis días –le dijo Dios y extendió sus brazos para mostrarle orgulloso todo el universo creado. La luz, el cielo, la tierra, los mares, todas las criaturas, incluido el hombre y por supuesto la mujer.
–Lo hecho, hecho está. Aunque podías haberte esforzado un poco más –le dijo Diosa, mientras miraba a su alrededor con una expresión de disconformidad y disgusto.
–¿Te refieres a todo esto? –Dios le señaló su entorno más cercano. El trono, la bóveda celestial, el triángulo luminoso del espíritu santo, la gran escalinata que ascendía desde el purgatorio, los altares de los santos, las nubes de los ángeles, el armarito con las llaves, la biblioteca con su libro. Todo muy sobrio, elegante y funcional. Como a él le gustaba. Pero entendió que ahora eran dos a convivir y que quizás Diosa no se encontrase a gusto. Le ofreció cambiar todo lo que ella quisiese.
Diosa aceptó el ofrecimiento, no sin antes dejar claro que ella, de chacha, nada. Convocó a los ángeles y empezó a dar órdenes. Quería cortinas en torno al triángulo y las paredes empapeladas a juego. Mandó lavar las túnicas de Dios. Airear las nubes. Hizo poner flores en los flancos de la gran escalinata, sacar el polvo de la biblioteca, forrar el libro. Encargó nuevos tronos más cómodos. Hizo poner sillas en los pedestales de los santos para que los pobres no se cansasen de estar de pie toda la eternidad. Y finalmente, hizo llamar a un peluquero para que le arreglase las barbas a Dios, a lo cual Él se negó. Y en tan sólo un día, durante el cual Dios no sabía donde meterse para no ser un estorbo, el reino de los cielos quedó conformado a gusto de Diosa. Y Dios pensó que después de tanta actividad, Diosa se tomaría el día siguiente para descansar.
–¿Descansar? ¿Con todo lo que queda por hacer todavía? –le dijo Diosa, mirando hacia abajo, hacia un pequeño país, con una enorme basílica en medio de una inmensa plaza, dentro de la cual había un hombrecillo vestido de blanco.
Dios entendió. Y se fue a continuar con su descanso. Dejaba el reino de los cielos en manos de Diosa. El ya había hecho bastante.

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Yolanda - Administrador/a

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Re: Elección relato del mes- Abril
Bitácora
Teniente M.C.
19 de diciembre de 1820: Segundo día de una guerra absurda como todas, no he podido pegar ojo esta noche, será por ser la primera. Aquí el aire es demasiado húmedo y denso, casi nos cuesta respirar, el frio se ha adueñado de nosotros esta noche, mis hombres y yo, hemos estado jugando a las cartas y bebiendo algo de vino, para aliviar el frio y el aburrimiento, parece que todo está en calma.
Más tarde: estamos en las trincheras y acabamos de tener noticias, el enemigo se aproxima por el flanco sur, gracias a dios, allí tenemos una buena cobertura de soldados de otro regimiento. El aire parece haber cambiado, es un poco más cálido a estas horas, son las tres de la tarde, hemos comido del racionamiento enlatado y algo de pan viejo, aunque no perdemos de vista el horizonte, por donde creemos se adentrará, en este mar de barro el enemigo.
Ningún cambio acontecido en las siguientes horas, nos espera otra noche fría y en guardia, puesto que si no hemos apercibido ningún cambio, haremos turnos de cuatro horas, empezaran los mas jóvenes según el mando.
La noche está siendo fría, pero más cálida que la noche pasada, cierro la bitácora ahora, bebo descansar para mañana.
20 de diciembre de 1820: son las cinco de la madrugada, el sol no ha despuntado aún y las ráfagas de tiros se escuchan en la lejanía, se aproxima la hora de la batalla y todos mis hombres están nerviosos. Hemos estado rectificando los puntos débiles de nuestro flanco sur, aquí solo somos veinte hombres, y algunos de ellos no pasan de los dieciocho años.
Doce de la mañana, el día está nublado y esponjoso, hemos empezado a divisar los carros de combate enemigos, me asalta la duda, una duda que no puedo explicar, porque tengo miedo, son más del triple de los que esperábamos, el otro regimiento ha caído, y ahora solo estamos nosotros, he diseminado a mis hombres a lo largo de la trinchera, pero que dios nos ampare cuando lleguen aquí.
Seis de la tarde, los tenemos tan cerca que casi los oímos respirar, debo cerrar la bitácora ahora, puesto que la batalla va a empezar de un momento a otro, si no vuelvo a abrirla significará que he caído. Dios nos tenga en su gloria.
P.D. Patricia amada mía, te quiero.
31 de Diciembre de 1820: Dos de la madrugada, llevamos de diez días de lucha encarnizada. Han caído la mayoría de mis hombres y yo apenas puedo escribir, me han herido, creo que es de suma gravedad, siento la metralla en el costado y el acero haciéndose llamas dentro de mí. Estoy perdiendo las fuerzas con cada aliento……
25 de febrero de 1821: he despertado en un hospital, las mojas del asilo me están cuidando, he estado en estado comatoso durante casi dos meses. En este tiempo he tenido una extraña revelación que anotaré a continuación:
Sentí como el dolor del costado, justo donde había entrado la metralla iba desapareciendo, al igual que barro del campo de batalla, se iba tornado en una pradera verde, llena de amapolas rojas y fulgentes, un riachuelo se quebraba a lo largo de la explanada y el sol ardía fuertemente sobre mis ojos, escuché un sollozo que me heló el corazón, levante la mirada y divise a unos metros de mi, a un niño arrodillado, llorando desconsoladamente.
Según me iba acercando a él, se tornó en un hombre de mediana edad, con la barba lacia cayendo hasta su pecho, ataviado con un sayo blanco.
-¿por qué lloras?- me atreví a preguntar con el corazón palpitando de ansiedad.
- lloro por ti, por todos. – contesto, mientras alzaba su mirada y clavaba sus ojos azules en mi persona- Os di todo lo que tenia, el sol y las estrellas, las estaciones del año para que no cayerais en la desidia, os di el día y la noche, los pájaros y los peces, os enseñe la alegría y la pena, la vida y la muerte, la salud y la enfermedad, os hice a mi imagen y semejanza, menos en una cosa. Os di, tonto de mi!!!, la posibilidad de elegir. Y que habéis elegido, la muerte, la enfermedad, la noche en la que habéis preferido vivir y que mi luz no llegará nunca a iluminar.- hizo una pausa y continuó al instante. Lloro porque me duele profundamente el sufrimiento que os proporcionáis los unos a los otros, he perdido la fe en vosotros, me arrepiento de tener que ver en lo que os habéis convertido.
-¿quién eres?- susurré
-¿acaso importa?- contestó súbitamente, -soy el creador de todo este caos, de las guerras y las balas, soy tú, porque sin ti no existiría. Soy Dios….
Desapareció al igual que el verde de la pradera y el cantico del riachuelo, entre el blanco de las sabanas del hospital.
Creo que estado soñando, más en las puertas de la muerte hablé con dios, Un dios que ha perdido la batalla de su propia creación.

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Yolanda - Administrador/a

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Re: Elección relato del mes- Abril
El cielo plomizo se cernía sobre la gran ciudad de acero. Los transeúntes avanzaban ligeros sobre sus pasos, se agolpaban en los semáforos y la calzada, los coches giraban bruscos la avenida. Por momentos se hacía pesado y angustiante la rapidez de sus movimientos, uno, dos, cien, mil movimientos por segundo.
Un hombre con la mirada fija en el otro lado de la calle no se percata de aquel otro que se le acerca y le lanza la mano, parece saludarle con fuerza.
El gran tumulto continúa su camino. Jesús desde una esquina los observa impávido.
>>En aquel entonces no tenía más de diez años, ese período es en el que un niño comienza a despertar del letargo llamado infancia y se plantea todas esas cuestiones que a los padres cuesta tanto responder. Sin duda, hay dos cuestiones que sitúan en la cima de preguntas difíciles, el sexo y Dios. El sexo era fácil descifrar, para eso estaban los chicos mayores que se vanagloriaban de su experiencia o de su imaginación y nos explicaban al dedillo como funcionaba aquello.
Mi primera relación con Dios fue a través del padre Basilio, mis pinitos en la iglesia como monaguillo me hicieron experto en escuchar sermones, limpiar santos y despertar al padre cuando se pasaba bebiendo “la sangre de Cristo” escondido en la sacristía, esto y la peseta que ganaba cada día era lo único que la iglesia me pudo dar.
Mi otra experiencia me la dio mi tía, hermana gemela de mi madre que vivía a ella unida por un lazo invisible a pesar de las múltiples diferencias personales que ambas guardaban.
>>Mi tía enviudó siendo muy joven, cuatro meses después de casada su marido regresó de una expedición por las selvas caribeñas y trajo consigo la fiebre amarilla que le llevó a la muerte al poco tiempo de volver.
Desde entonces pasaba las tardes encerrada en casa, encendiendo velas y rezando. No se le conoció hombre después de aquello y murió antes de que yo contara los dieciocho años, mi madre solía decir que la pena se la llevó.
>>Una tarde en la que mi madre se encontraba remendando unos viejos pantalones me acerqué a ella e intenté que me explicara varios temas que no conseguía entender.
>>—Mamá, ¿quién es Dios?
Mi madre dejó caer los pantalones de lona sobre sus rodillas y me miró sorprendida por encima de sus gafas.
>>—Hijo, ¿a qué viene esa pregunta?
>>—Respóndeme, por favor, la tía lo menciona constantemente pero no entiendo quién es y qué hace.
>>—Por favor hijo, Dios es…, pues verás, él es el creador de la tierra y de todas las personas que vivimos en ella, vela por nosotros cada día.
>>—Y si vela por nosotros ¿por qué deja que ocurran cosas malas? ¿Por qué murió el tío? ¿Tiene Dios la culpa?
Mi madre pinchó la aguja en el costurero, dejó con cuidado el pantalón sobre la mesa y se quitó las gafas —mira hijo mío, no sé a qué vienen todas estas preguntas, pero no tiene gracia, ¿no te contestó todas estas preguntas el padre Basilio?
Al parecer mi madre tenía tantas dudas como yo, era muy fácil cumplir con las reglas sociales y hacer justo lo que todo el mundo espera de ti; hacemos la comunión, nos casamos, comulgamos y rezamos cada noche, porque es lo que nos han enseñado desde pequeños, pero yo era pequeño y quería saber la razón por la cuál debía cumplir con todas aquellas normas sociales y religiosas.
>>—Claro que no es Dios el culpable de esto, en el mundo deben ocurrir cosas buenas y cosas malas, unas veces nos ocurrirá a nosotros y otras las veremos en los otros, eso también forma parte de la vida, cuando nuestro Señor creó el mundo lo hizo así como castigo por nuestros pecados.
>>— ¿Algo así como un castigo por algo que hice mal?
>>— Algo así.
A mi todo aquello que me decía mi madre me sonaba a lección aprendida, no lo sentía, no sabía lo que decía.
— ¿Dónde puedo ir a hablar con Dios?, ¿a la iglesia?, ¿basta con que le hable alto? ¿Dónde?
El hombre cayó arrodillado al suelo, ahogando un suspiro en su propia sangre, su asesino siguió andando confundiéndose entre la gente. Nadie se percató hasta bastantes minutos después, cuando el río rojo era más que evidente.
Tan sencillo, tan rápido, tan sublime como una caricia es la muerte cuando nos llega de frente.
Las luces se apagaron para siempre en su alma. Sentado en el suelo con la barbilla clavada en su pecho cerró sus ojos.
>>No sé muy bien en qué momento, si fue antes del acero, si fue cuando caía o mientras estaba en el suelo, entonces vi la cara de Jesucristo guiñándome un ojo, solo entonces supe que siempre estuvo ahí, que Dios vive dentro de cada uno de nosotros.

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Yolanda - Administrador/a

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Re: Elección relato del mes- Abril
El miliciano tomó en sus manos la casulla morada. La que todos los años Don Rafael se ponía durante el tiempo que duraba la cuaresma para decir la misa de los domingos, desde el Miércoles de ceniza hasta el Jueves Santo. Es decir, durante cuarenta días, los mismos que Jesús estuvo en el desierto ayunando y preparándose para su misión salvadora.
El hombre, jaleado por las risas de sus cuatro acompañantes, colocó en su cuerpo la prenda religiosa y haciendo aspavientos con la mano derecha impartía bendiciones a diestro y siniestro. Todos vociferaban y reían como posesos. Todos, menos el pobre sacerdote, que abriendo a intervalos regulares la boca en busca de oxigeno agonizaba tirado en el suelo de la sacristía. Una bala le atravesó la pierna derecha, a la altura de la pantorrilla. Y otra, la peor, le había entrado por la barriga y salido por la espalda.
En Calatrava, un pequeño pueblo de apenas setecientos habitantes situado en la zona occidental de la provincia de Jaén, todos se conocían. Mario hacía tiempo que le tenía ganas a Don Rafael. Él, tenía veinticinco años y, al menos, desde los quince le odiaba a muerte. No sabía muy bien el por qué, pero el caso es que era así. ¿Qué motivos precisaba? ¿Acaso no bastaba con que ese hombre formara parte de la mayor secta que existía en el mundo, la católica? La que con sus monsergas a las clases humildes estaba impidiendo el triunfo de la revolución anarco sindicalista.
La sublevación de los fascista hacía dos días, en concreto el dieciocho de Julio, le proporcionó la excusa perfecta para quitar de en medio a ese bastardo de clérigo. Y no fue el único facha al que limpió el forro esa jornada. Aparte del cura, quince más habían caído. Pero la vida juega malas pasadas. A veces eso suele pasar. En apenas veinticuatro horas la situación política cambió por completo. La Guardia Civil del pueblo que, en principio, se había mantenido fiel al gobierno constitucional de la República, se pasó al bando faccioso. Todo fue tan surrealista cuando lo detuvieron de madrugada, que Mario apenas daba crédito a lo que estaba viendo, y hubiese estado tentado a creer que lo ocurrido había sido producto de su imaginación, un mal sueño, de no ser porque sintió en su pecho la dureza fría y áspera del cañón del fusil.
Eran las doce del mediodía. Para morir, una hora tan mala como otra cualquiera. Apoyada la espalda contra la pared de la tapia del cementerio confiaba en que las balas que le atravesaran el cuerpo fueran certeras y le hiciesen sufrir lo menos posible. En esos momentos le vino a la mente la imagen de Don Rafael agonizante, y se estremeció.
Las detonaciones que se sintieron apenas inquietaron a la bandada de perdigones que merodeaban por los contornos del cementerio. Ese ruido mortífero ya se les estaba haciendo familiar. Mario cayó al suelo desplomado, al igual que lo haría una onza de plomo, y sus labios quedaron a medias de pronunciar unas palabras que ninguno de sus verdugos llegaron a entender.
¡No salía de su asombro! De pronto, se vio flotando en el aire observando asombrado como su cuerpo, inerte en el suelo, era perforado en el cráneo con una bala añadida. La que sus ejecutores aceptaban como certificado de defunción. Pero ya estaba muerto. Y después, el silencio. Una quietud embarazosa que olía a jazmín se adueño del lugar pareciendo invadirlo todo. Hasta las alondras, tan activas a esas horas en busca de insectos, callaron.
-Hola Mario. Ven conmigo. Te acompañaré a su presencia. -Era un chico de su edad, vestido con una túnica blanca translúcida, el que de manera afable le extendía la mano. No le hizo falta mucho para percatarse de que era un ángel. ¿Quién si no podría ser? Al instante se dio cuenta de que estaba perdido. Si todo aquello que le estaba pasando era cierto, su suerte para el resto de la eternidad estaba echada. ¿Con qué credenciales se presentaba ante Dios? Ateo y asesino de uno de sus ministros. Sí, decididamente la suerte estaba echada.
-¿Qué te he hecho, Mario, para que me trates así? -Era Dios Padre el que le preguntaba. A su derecha estaba sentado Jesús y, a la izquierda el Espíritu Santo. Al fondo del gran salón, mezclado entre los curiosos que asistían a su juicio, como testigo de cargo estaba Don Rafael.
El chico, apocopado, no sabía que contestar. Nunca pensó que Dios pudiera existir. De haberlo intuido no habría matado a su cura. Ni le hubiese injuriado. Ni habría dejado de ir a misa los domingos. Ahora, todo era inútil. La mayoría de los allí presentes pedían a viva voz su ingreso en el infierno. ¿Para qué gastar saliva?
De pronto, el ángel que le había conducido desde la tierra al cielo dio unos pasos al frente y se colocó a su lado.
-Yo soy testigo de que este hombre ha creído en Ti, aún sin nunca haberte visto -le dijo al Sumo Creador. -Un segundo antes de su muerte escuché nítidamente como dijo: “Padre nuestro que estás en el cielo, perdóname”
-Es verdad, -dijo Jesús, yo también lo he oído. Y girándose interrogó al Padre con la mirada.
-¡Está bien, muchacho, quedas perdonado! Aunque las has hecho muy gordas y el cuerpo me pide otra cosa, no va a ser ésta la primera vez que alguien que invoque mi perdón no lo obtenga.
Mario se pasó la mano por la frente y comprobó que estaba sudando a chorros. Había estado a un paso de fastidiarla. Pero bueno, ya todo había pasado….
El tierno zarandeo que su madre ejerció sobre sus hombros logró, al fin, despertarle. Al mirar a su alrededor y ver fijado en la pared el viejo perchero de madera bicheada, y colgada en él una raída chaqueta, se dio cuenta de que estaba en su habitación. La almohada, totalmente empapada, daba fe de la horrible pesadilla que había vivido. Al instante recordó el motivo por el cual le había dicho a su madre la noche anterior que al día siguiente le despertase temprano. Había quedado con unos compañeros de Partido en ir a matar al cura, en represalia a la insurrección fascista. Se apuró más que de costumbre en vestirse y sin pararse siquiera a desayunar se dirigió directamente a la rectoral.
-¿Quién es? Preguntó el sacerdote
-¡Don Rafael! Tiene usted que marcharse ahora mismo, -le dijo Mario, -dentro de una hora, van a venir a matarle.
De regreso a su casa, al atravesar la calle ancha, giró su cabeza hacia la izquierda y vio a las afueras del pueblo, el cementerio. Posó su mirada en los cipreses que majestuosos parecían elevarse al cielo en oración, y por primera vez en su vida se preguntó ¿Existirá Dios? ¡El sueño había sido tan real!

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Re: Elección relato del mes- Abril
Un prolongado y gudo silbido avisó de la puesta en marcha de la locomotora, iniciando la esperada peregrinación al corazón de la esperanza y a la mística gruta de los milagros, lugar donde la fe y el derecho a creer adquieren su máxima expresión y razón de ser.
En uno de los once vagones que componían el llamado tren de la ilusión, viajaba el señor Pepe, militar retirado, acompañaba a su único hijo nacido de un matrimonio tardío, éste era un muchacho de diecisiete años, tetrapléjico y con parálisis cerbral severa de nacimiento, cuyo deteriorado aspecto físico inspiraba compasión a cuantos con él se cruzaban.
El señor Pepe habíase criado y educado en el seno de una familia muy religiosa, la cual le inculcó la única fe para ellos verdadera, siendo el Dios al que veneraban un ser todopoderoso, sabelotodo, omnipresente, invisible y cuyo amor y misericordia eran considerados infinitos.
El señor Pepe desde muy niño y amparándose en la inocencia que la ignorancia concedía a su corta edad, cometió el pecado capital de la soberbia y la arrogancia, al dudar de aquello que no veía y resultaba tan difícil de comprender.
A medida que fue creciendo, las dudas aumentaron al crecer también su capacidad de razonar y discernir, dando paso a la incredulidad, la indiferencia y la pasividad en todo lo referente a los temas divinos y religiosos.
Cuando como fruto de su matrimonio, nació su hijo salpicado por el estigma de una maligna degeneración física y psíquica; familiares, amigos y conocidos recriminaron al descreido y afligido padre, su irreverente falta de devoción , y le culparon del castigo divino que en forma de maldición y condena , sobre su vástago había caido.
No permitiendo que el fanatismo y la depresión le hundieran en el pesimismo y en la culpabilidad, el señor Pepe recurrió a la ciencia médica esperando encontrar remedio para el mal que azotaba a su hijo; la medicina sólo le pudo ofrecer un diagnóstico de desahucio y la irreversibilidad del estado de postración del niño.
No resignándose a ver condeanda de por vida a la inocente criatura, buscó el remedio al tullimiento congénito de su hijo en las ciencias ocultas que manejaban curanderos y sanadores, viajó hasta lugares remotos, bajó a submundos en sombras en los que se prácicaban la brujería, el esoterismo y los conjuros. Pero allá adonde fue sólo halló palabras vacuas y falsas promesas.
Hundido en la desesperación y la impotencia el agnóstico convencido volvió su mirada a los misterios y dogmas venerados por sus mayores, y ante el áurea ascética de la mítica y milagrosa gruta iluminada con la diáfana nitidez de infinidad de velones y cirios, rodeado de cientos de fieles, enfermos y acompañantes; impresionado y sobrecogido por la espiritualidad que allí se respira, y bajo una pertinaz llovizna, el señor Pepe convertido en penitente y arrepentido de su apostasía , se postra de rodillas y con los brazos en cruz ante la imagen de una Virgen de frío mármol y mirada pérdida, implora la panacea que la ciencia y la nicromancia no han podido darle, rogando un Rayo de Luz, un milagro, un gesto de misericordia que conceda a un inocente que jámas cometió delito alguno, - ni siquiera de pensamiento- el derecho a vivir un vida digna y normal, a la que todo ser humano tiene derecho.
A la plaza van llegando sin cesar más peregrinos y enfermos, unos son llevados en sillas de ruedas, otros se arrastran ayudados por muletas y por los acompañantes y familiares, hay enfermos de todas las edades, sexo y condición; todos al igual que el señor Pepe y su hijo, buscan en aquel lugar de recogimiento espiritual, una señal del mismo DIOS implacable que con sus designios divinos permitió la ruina física de sus cuerpos, imploran un gesto de piedad y misericordia hacía ellos, de este Ser Supremo, que haciendo uso de su poder y infinita benevolencia les devuelva la salud y la normalidad que siempre debieron tener.
El señor Pepe al ver aquella ingente marea de enfermos y tullidos, comprende la verdadera dimensioón del drama colectivo que al igual que a su hijo, afecta a millones de seres. Es consciente de la difilcultad y el esfuerzo que a de representar, incluso para un Dios por omnipotente que sea, salvarlos y sanarlos a todos. Y en lo más profundo de su corazón, al tiempo que las lagrimas corren por su rostro, ruega con todas sus fuerzas a ese Dios intangible, para que su gracia divina a la que todos invocan, recaiga en aquel ser desvalido y vulnerable que es su hijo.

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Re: Elección relato del mes- Abril
En tiempos remotos, de los que nadie se acuerda ya, los dioses moraban en un palacio ubicado en un lugar privilegiado y de muy difícil acceso. Habían creado a los hombres de barro, cenizas y un soplo divino. Querían observar sus vidas y recibir sus plegarias y dádivas, y ayudarles si así lo decidían, pero no convivir con ellos.
Thoyrn era uno más entre los numerosos hijos de una familia de campesinos. Había aprendido a leer él solo y le gustaba tumbarse en el granero a pensar y soñar. Desde pequeño la curiosidad le hizo querer conocer a los dioses, sabía todoas sus historias y leyendas. Cuando cumplió quince años, decidió ir en su búsqueda. Cuando se enteraron de sus planes, sus padres intentaron convencerle primero con ruegos y luego con amenazas de que se quedara, pero no consiguieron retenerle. Así que partió, ligero de equipaje.
Para llegar a la morada de los dioses había que recorrer un arduo camino. Thoyrn debió encontrar el inicio de la senda, a los pies del árbol más viejo del bosque. Era fácil perderse, siete veces tuvo que elegir entre las encrucijadas, y en más de una ocasión llegó a un paraje que no le permitía seguir y tuvo que volver atrás. Recogió las pistas que le llevaron a una gruta escondida. A la salida de la cueva encontró el laberinto, del que solo había una salida, y de no haberlo logrado habría dado vueltas eternamente. La última prueba era escalar la montaña más alta y escarpada que existía en el mundo conocido. La montaña era áspera y rocosa, y había nieves perpetuas en sus laderas. En la cima nunca era invierno pese a la altitud, los dioses preferían el buen tiempo. La zona era conocida como el País de las Nueve Lunas, ya que en ningún otro punto del planeta los nueve satélites que orbitaban alrededor de la Tierra podían verse a un mismo tiempo. También se decía que se llamaba así porque los dioses principales eran nueve. Allí vivían muchos más, alrededor del centenar.
Tras seis años de incansable caminar, nuestro intrépido muchacho, que para entonces ya se había convertido en un hombre, logró alcanzar la falda de la montaña. Allí solo podía dejarle pasar el Sabio de la Montaña, un hombre tan viejo que él mismo había olvidado su edad. Le convenció con sus argumentos y consiguió continuar. La ascensión a la montaña de los dioses fue la parte más difícil, requería vencer todos sus miedos interiores, y éstos son más difíciles de superar que los obstáculos externos que había encontrado hasta el momento. Se sabía de algunos que lo habían intentado, pero todos terminaron regresando o se perdieron en la inmensa montaña.
Tardó tres meses, un día de soleada primavera alcanzó la cima y se adentró en un mundo de leyes distintas y desconocidas. Tuvo un solo instante de vacilación, pero atravesó la nubes y siguió adelante. Se quedó sin respiración, y no debido a la falta de oxígeno, sino a la deslumbrante belleza de un paisaje idílico, la imagen más perfecta de la felicidad.
Quiso explorar el lugar, pero el cansancio acumulado le venció y se durmió debajo de un manzano. Se despertó lo que le parecieron días después con otra visión que le dejó sin aliento, la mujer más bella que pudo haber imaginado jamás estaba ante él, pero su expresión era inquisitiva y no parecía muy contenta de encontrarle allí.
—¿Qué haces aquí, humano?
—¿Eres una diosa?
—Evidentemente. Soy Sheenian.
—¿La hija del Dios del Rayo?
—Veo que sabes mucho sobre mi familia, pero no has respondido a mi pregunta.
—Quería conocer a los dioses, y por eso emprendí un largo camino.
—Mi padre no estará precisamente complacido de verte, no le agradan los intrusos en nuestro hogar.
—No quiero molestar, solo conoceros. Me gustaría permanecer un tiempo aquí. Por favor.
—Ya veremos. De momento no creo que sea prudente que mi padre conozca tu presencia. Se supone que el pie de ningún hombre debe hollar este sagrado lugar.
Le buscó un refugio en una pequeña cueva, y la acondicionó para que fuera un confortable refugio. Él se lo agradeció, y esperó pacientemente. Su sueño de conocer a los dioses se vio reducido a tratar con una sola diosa, hermosa, sí, pero distante y altanera. Se pasaba el día descansando, podía comer los más ricos manjares, leer todo lo que deseara, ejercitarse o pescar siempre que no se alejase de los sitios que la diosa le había marcado, pero el tedio le invadió. Solo lo salvaba que ella acudía a verle todos los días, hablaban durante largo tiempo y llegaron a conocerse bien. El joven se enamoró de ella desde el principio, pero le resultaba inalcanzable y se sentía frustrado.
Pensó que lo mejor era dejar un lugar que no era para él, después de tanto esfuerzo por llegar allí se había dado cuenta que pertenecía a su pueblo, que debería ayudar a sus padres a labrar sus tierras, y no haber ido en pos de sueños locos de juventud. Intentó partir en una noche oscura, pero no contó con que es difícil escapar de una diosa, ella le descubrió y le convenció para que volviera a su escondite. Le prometió que intentaría que los dioses le aceptaran y pudiera convivir con ellos al menos por un tiempo. Le había cogido demasiado cariño para dejarle marchar. Pidió ayuda a su hermana Anjunand, una joven encantadora, coqueta y un tanto caprichosa, que tenía enamorados a gran parte de los dioses. La llevó a conocerle, pero no congeniaron. A él le pareció pretenciosa y ella se sintió ofendida de que le hiciera tan poco caso, ella era la más bella de las diosas y él solo un simple mortal, que prestaba mucha más atención a su arisca hermana. Le produjo fastidio que se encontrara en su país y se lo contó a su padre.
Zardenn, el rey de los dioses, al enterarse de la desobediencia de su hija entró en cólera y lanzó un rayo a Thoyrn, que no murió gracias a que Sheenian desvió la trayectoria. Era tal la fuerza del rayo que rebotó hacia el espacio y fulminó ocho lunas, que justamente se encontraban en conjunción, y quedaron convertidas en los asteroides que ahora orbitan entre Marte y Júpiter. Sólo quedó la más grande de ellas, a la que conocemos como nuestro único satélite. Estaba tan furioso que expulsó a los dos para siempre del País de las Nueve Lunas.
Sheenian y Thoyrn pasaron peligros para ocultarse de la ira del padre de ella, que gustoso hubiera acabado con la vida del hombre que alejó a su hija del reino de los dioses y acabó con su paz. Se casaron, vivieron juntos muchos años y fueron padres de varios hijos. Llegado a una avanzadísima edad él murió, tras haber llevado una vida agitada, pero excepcionalmente larga, plena y feliz. Sus hijos fueron semidioses que alcanzaron la inmortalidad, ya que les había sido transmitida por línea materna, algo que un mortal no puede conseguir jamás.
Zardenn perdonó a su hija, que volvió con él cuando murió el que fue su amado esposo durante varios siglos. Al dios le pesa que sus descendientes ya no crean en ellos y los hayan abandonado por otros dioses. Cuando lo recuerda se enciende su ira y la tierra tiembla.

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Yolanda - Administrador/a

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Re: Elección relato del mes- Abril
Una vez leí en un libro: “yo soy yo y mi circunstancia”, enseguida me entró un temblor que no se registraba e ninguna ciudad. Pensar, desde que era un niño, que tenía que salir a jugar para no sentirme solo, moribundo, abandonado a la intemperie, me causó esa terrible conmoción. También pensé que tal vez sería un juego literario o algo relacionado con la Literatura ya que “et tout le reste est littérature” como dijo una vez Verlaine.
Debo de haberme vuelto loco; mi madre, que siempre se preocupaba por mí, terminó por abandonarme, otra razón para sentirme solo, otro homenaje para el conflicto de personalidad.
Esa frase una y otra vez rondaba mi cabeza, me hacía sentir como si me estuvieran observando, como si vigilaran todos mis pasos, mis actos; y lo que es peor, llegué a pensar que no tenía que pensar porque también lo registraban. Todo estaba registrado en el contestador automático.
Rechacé todo tipo de ayuda familiar, psicológica y humanitaria. Me volví el tema de actualidad, Salí en tantas portadas de periódicos. Páginas de facebook y twitter me mandaban mensajes de apoyo; pero, no me legaba la señal de internet porque no tenía ordenador ni sabía leer. Rehusé aviones medicalizados y mujeres del viejo oficio. Debo reconocer que no soy un tipo fácil aunque me hayan tachado de cachondo o ególatra en los medios de comunicación.
Mi única afición que tenía, y tengo, es la lectura (a pesar de haber dicho que era un iletrado), es algo anormal en nuestra sociedad actual; pero, así lo dictaminó mi “circunstancia”.
He llegado a la palabra clave: “circunstancia”. Me he dado cuenta de que para entender mi entorno geográfico, social y metafísico, debía conocer lo que estaba junto a mí, formando la otra cara de la moneda. Empezaba a buscar en los diccionarios y encontraba todo tipo de divagaciones, de que si era esto, eso o aquello. La explicación que más me convencía y me convenció era/fue que la circunstancia era el mundo que nos rodea.
Ahora que ya entiendo lo que significa la palabra “circunstancia”, es menester conocer los límites de la misma, la fuerza que rige tal fenómeno. Si la circunstancia es el mundo, nuestro mundo, debe haber un principio: una Historia.
Como dije antes, todo queda registrado, estampado en aquel contestador automático llamado “Historia”.
La Historia es nuestro pasado y nuestro destino. Nuestro impulso por conocer nuestra historia, o el origen de nuestra existencia, certifica nuestra dolencia, “el sufrimiento ante la ignorancia”. Nuestra voluntad es tan enorme como nuestra caída, nuestros fracasos son incontables como las ganas que le echamos a la vida a sabiendas que estamos siempre enfrentados (sumisos) a un cíclico fracaso. La voluntad y la firmeza de repetirnos hacen más asequible el acceso al fracaso, a la rutinaria costumbre de levantarnos.
Éstas son las ganas que le echo yo, ésta es mi voluntad de repetirme, de recrearme en este teatro global en que yo soy el decorado y ustedes mis cómplices.
Todo esto que les escribo es fruto de la Historia: esto es Dios, ésta es la significación de la palabra: “circunstancia”.
Y así concluyó de leernos su reflexión, casi siempre con su aire pensativo, Georgie regresó a su pupitre apoyado de su inseparable bastón.

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Yolanda - Administrador/a

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Re: Elección relato del mes- Abril
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Re: Elección relato del mes- Abril
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Re: Elección relato del mes- Abril
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Tamuré - Especialista

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Re: Elección relato del mes- Abril
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