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El pueblo

La mejor forma de dar a conocer tus escritos.

Moderadores: Yolanda, Colaboradores

El pueblo

Notapor Riurdeonlef el Vie Jul 27, 2007 21:17

Bueno, este es el relato en el que mato compañeros.

-Te lo estás inventando.

-De verdad —respondió Cristina mientras apoyaba la cabeza en el respaldo del asiento y observaba distraídamente el paisaje que atravesaba el autobús- ese tío está loco, una tía del grupo B me dijo que fue a verlo al despacho en la hora de tutoría para preguntarle una duda que tenía sobre una cosa que les había explicado ayer y lo encontró hablando solo, seguro que tiene Esquizofrenia Paranoide o algo así.

-Increíble, lo que pasa aquí no pasa en ningún sitio: primero tenemos que dar la clase de Historia del Arte Americano en un aula con goteras, en Semana Santa un borracho entra a dormir en el aulario A y ahora el profesor de Historia Medieval se pone a hablar solo. ¿Qué será lo próximo?, ¿qué nos enteremos de que los bedeles son de la CIA?

-Eso no lo sé, pero; ¿sabías que el pavo que escribió aquel libro sobre el Barroco en Francia era de la KGB?

-Calla, por Dios, no sigas —dijo Aurora mientras rebuscaba en el bolso y sacaba su mp3- cuanto más me cuentas más me convenzo de que mi destino es estar rodeada de locos. A ver si llegamos a Praesci de una vez, que solo hace media hora que salimos de Santander y ya tengo ganas de regresar.

-Pues el folleto que nos dieron aquel día que no fuiste a clase dice que vamos a volver a las 18:30 y todavía son las 10:00, así que te quedan… ocho horas y media. Voy a dormir un poco, despiértame cuando lleguemos a aquella aldea.

-Está bien.

Cristina cerró los ojos mientras su acompañante encendía el mp3 y observaba el paisaje: en aquel instante el autocar estaba atravesando un angosto valle; miró atentamente el sinuoso contorno de la montaña y, muy cerca de la cima, junto a unas rocas blancas observó la gran mancha negra formada por una cueva. Después se fijó en un pequeño riachuelo de aguas tranquilas y verdosas entre las que le pareció distinguir las formas grisáceas de algunos peces.

El autobús se alejó de allí a toda velocidad y Aurora pudo ver un pequeño pueblo formado por algunas casas de piedra semiderruidas, el único signo de vida en la aldea era una anciana ataviada de negro y sentada junto al pórtico de su casa, que dirigió una mirada distraída a los vehículos que circulaban por la carretera.

-¡¡¡Pues te aguantas!!! —Con un sobresalto Aurora salió de su ensimismamiento- ¡¡¡Es tu problema!!! —Volvió a gritar Juana, la profesora de Historia del Arte Medieval- ¡¡¡El jueves os dije a todos que trajerais calzado cómodo, nadie te mandó venir con botas de tacón!!!

-¿Qué pasa…? —preguntó Cristina con la voz propia de alguien que acaba de despertar de un profundo sueño.

-Elsa, que debe pensar que vamos de excursión a la Pasarela Cibeles y no al monte a ver cuatro Iglesias, así que vino con botas de tacón y de puntera.

-Esa tía es imbécil. ¿Sabes si falta mucho?

-Veinte kilómetros.

-Bueno, entonces ya falta poco —comentó Cristina mientras trataba de alisarse el pelo con la palma de la mano- Tenía que haber traído el discman, a ver si esas idiotas de ahí atrás se callan de una vez. Espera… Marcos está hablando con ese tío que no se cómo se llama, voy a preguntarle si me deja el mp3. Dios, tenía que haberme quedado en casa, que día más perdido.

Dicho esto Cristina se levantó aunque no tardó demasiado en volver a sentarse cuando, a la izquierda de la carretera vio la señal que indicaba que había un túnel a pocos metros. Poco después el interior del autobús quedó sumido en tinieblas mientras a los lados las bombillas que iluminaban el interior del túnel pasaban a toda velocidad a la vez que cada cierto número de metros podían distinguirse las luces verdes que indicaban la existencia de las salidas de emergencia.

-Que mierda de viaje, podían poner una peli o algo, esto parece una excursión del Inserso. Menos mal que me quedé en casa cuando organizaron el viaje a Mérida, imagínate aguantar esto siete días seguidos.

La claridad del interior del túnel se hizo cada vez mayor hasta que por fin el autobús salió a la luz del día, pero algo había cambiado: el sol que había brillado poco antes había desaparecido para dar paso a una densa neblina que sus rayos pugnaban por atravesar. A lo lejos podían verse algunas montañas verdes cuyas cimas desaparecían entre las nubes.

-¿Trajiste la cámara?

-Sí, seguro que esa loca pone en el examen alguna de las iglesias que vamos a ver ahora. Y pensar que voy a tener que aguantarla ocho horas seguidas… con esa voz tan estridente que tiene… en fin, es mejor no pensarlo.

-Ya lo verás: ahora estaremos toda la mañana dando vueltas por ahí y… anda, mira: ya son las 11:30, solo nos quedan siete horas.

-Genial: está empezando a llover y acabo de pasar la gripe, y además tengo que ir de excursión con esa chiflada y las pesadas de clase. ¿En qué demonios estaría pensando cuando pagué los siete euros del viaje?

-¿En el aprobado tal vez…? —sugirió Aurora.

-Sí, tal vez.
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Notapor Riurdeonlef el Vie Jul 27, 2007 21:19

-¡Esta no os la perdono: os pregunta el abad del monasterio si tenéis alguna pregunta o necesitáis alguna aclaración y os quedáis mirándolo sin saber qué decir!

-Yo le pregunté qué representaba la pintura de la sacristía.

-Ya lo se Elsa, pero el resto no abrió la boca. ¡Decidido, con vosotros no vuelvo nunca más de excursión! ¡¡¡Y ahora subid al autobús, tenemos que llegar a Praesci antes de las cinco!!!

La espesa niebla de la mañana había dado paso a un sol resplandeciente, aunque el aire que soplaba aún era frío.

Poco a poco fueron subiendo al autocar mientras la profesora de Historia del Arte Medieval se aseguraba de que nadie se quedaba en tierra.

-¡¿Estáis todos?! —preguntó.

-Sí.

Poco después el vehículo se puso en marcha dejando atrás la ciudad en que se habían detenido para comer algo. A medida que avanzaban la carretera se había más y más angosta hasta transformarse en un tortuoso camino flanqueado por una montaña y un precipicio.

-Que mal rollo me dan estas carreteras —dijo Aurora apartando la vista de la ventanilla- imagina que ahora viene una furgoneta en frente, ¿qué hacemos? No podemos dar marcha atrás.

-Por Dios, deja de decir esas cosas. Si pasa algo así ya lo solucionaremos cuando llegue el momento.

Sin embargo durante todo el recorrido se sucedieron las conversaciones acerca de lo que podría pasar si el autobús caía por el precipicio, hasta que por fin el vehículo se detuvo en la cima de una montaña.

-¿Ya hemos llegado? —preguntó alguien desde la parte trasera.

-Eso parece.

Poco después se abrieron las puertas y todos comenzaron a bajar.

-Voy a buscar a la mujer que tiene la llave de la Iglesia. No os mováis de aquí.

-Esto es fantástico —dijo Raquel- ahora tenemos que esperar a que vuelva. ¿Alguien sabe dónde vive la vieja de la llave?

-En esa casa de ahí en frente —respondió Marcos mientras señalaba una casona de indianos- ¿no ves que está llamando al timbre?

-A ver si acaba de una vez y podemos largarnos, ya estoy harta de tanto “turismo rural”.

Poco después de que hubiera finalizado la frase, Juana echó un vistazo a los opacos cristales de la residencia, poco después dio media vuelta mientras empujaba la cancela metálica que daba acceso al jardín que rodeaba la casa y, sin ninguna explicación, se internó apresuradamente en el pueblo seguida de una alumna.

-¿Se puede saber dónde va ahora esa chiflada? —preguntó Raquel.

-A buscar a la vieja, o por lo menos eso dicen.

-Que digan lo que quieran, pero yo creo —dijo Marcos- que tiene que haber alguien en casa. Mira: tiene una antena para ver televisión por satélite, seguro que vive con sus hijos y sus nietos, si no está ella alguien tendrá que estar.

-¿Entonces por qué no abren?

-Cualquiera lo sabe —respondió Santiago con voz misteriosa- a lo mejor uno de ellos mató al resto de la familia y ahora está encerrado.

-Bah, deja de decir estupideces y vamos a ver este maldito pueblo.

Aquel “maldito pueblo” estaba formado por un puñado de casas agrupadas en torno a la Iglesia. La mayoría de las edificaciones estaban en ruinas, solo tres o cuatro conservaban una apariencia más o menos respetable. Por doquier se veían muros de piedra rodeando huertos llenos de ortigas, pero lo más raro era que no se veía un alma: las calles del pueblo estaban desiertas, como si ellos fueran los únicos seres vivos.

-Cris, ¿quieres un cigarrillo? —preguntó Marcos mientras le ofrecía la caja.

-No, gracias, ya lo he dejado.

-Tu sabrás —respondió encogiéndose de hombros mientras encendía un cigarrillo.

-¿De dónde demonios has sacado la caja? —preguntó Aurora con una voz que dejaba traslucir su sorpresa.

-Estaba encima de ese muro, pensé que estaba vacía, pero solo faltan dos o tres cigarros. No me miréis así, cuando acabe de fumar volveré a dejarla donde estaba. Aunque, vaya, que gente tan rara vive por aquí, alguien normal no dejaría una caja de "Chesterfield" tirada encima de un muro.

-Será que no están acostumbrados a que alguien venga robarles —replicó Raquel con tono de superioridad.

-Robar, robar. ¿Quién demonios ha hablado de robar? Estaban en la calle, ¿no? Y lo que hay en la calle es de todos.

Raquel le dirigió una mirada condescendiente y se marchó a buscar la botella de agua que había dejado en el autobús, con cuidado de no resbalar en alguna de las empinadas pendientes de las calles del pueblo.

-Vaya, y yo necesito una cerveza —dijo Santiago- esta aldea es deprimente, necesito alegrarme un poco. ¿Por qué no vamos a buscar el bar del pueblo?, además yo paso de ver esa Iglesia, si nos vamos a las seis y media regresamos junto al autobús a las seis y listo.

-No es mala idea, -admitió Cristina- pero, ¿de verdad crees que vas a encontrar un bar en este pueblucho?

-Mi querida amiga, aunque sacas notas mucho mejores que las mías, debes admitir que tu conocimiento acerca de ciertos aspectos prácticos de la vida deja mucho que desear: afortunadamente vivimos en uno de los países con mayor número de bares por habitante, así que aquí también tiene que haber alguno, o si no, ¿dónde demonios crees que ve los partidos esta buena gente?

-¿En casa, por ejemplo? Además yo todavía no he visto a nadie.

-Ya, es verdad —dijo Marcos sacándose el cigarrillo de la boca- ¿sabéis?, esto me recuerda a una película que vi una vez, era de la Segunda Guerra Mundial de un tío que le daban un balazo en el pecho y como no podían llevarlo con ellos lo dejaban en un pueblo como este para que los sanitarios se lo llevaran al día siguiente. Bueno, pues resulta que lo dejaban en la casa del rico del pueblo que era la única que estaba en buen estado, y por la noche cuando el tío estaba durmiendo…

-Por Dios, no sigas —lo interrumpió Aurora- ya has contado lo de esa película cientos de veces, además espero no tener que quedarme aquí durante la noche.

-Pero es que esa película estaba genial, sobre todo cuando al tío lo atacaba aquel zombie y el tío le tiraba una granada. Tenían que echarla más veces.

-Sí, pero gracias a Dios nosotros podemos marcharnos en el autobús. No sé por qué no nos vamos y dejamos a Juana hablando con la vieja.

-Venga, menos charla y vamos a buscar el bar, que necesito beber algo.

A la derecha ya no había más casas, así que tomaron un camino de cemento que ascendía hacia un poste del teléfono. El suelo estaba resbaladizo a causa de la lluvia que había caído durante la noche anterior y que, gracias a la sombra que le proporcionaban las paredes en ruinas de algunas casa, aún no estaba completamente seco. Por fin el camino finalizó a la entrada de un espeso bosque.
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Notapor Riurdeonlef el Vie Jul 27, 2007 21:50

-Bueno —dijo Aurora apartando los mechones de pelo negro que le caían por la cara- ya no hay más pueblo, y dudo mucho que la gente que vive aquí haya decidido abrir un bar en el medio del bosque.

-Vaya… así que aquí acaba el pueblo… -comentó Santiago con voz ensimismada- todo esto es muy raro.

Una cálida ráfaga de viento trajo un sonido procedente del interior del bosque, algo parecido al crujido de una rama al partirse. Después volvió a reinar el silencio más absoluto. Aurora echó un vistazo al resto del grupo: la mano de Cristina estaba firmemente apretada en torno a la correa de su bolso, Santiago parecía escuchar con atención, tratando de percibir el más leve sonido y Marcos observaba el bosque con expresión indiferente.

-¡Creo que he visto algo moverse ahí dentro! —dijo de pronto Cristina mientras soltaba la correa del bolso y se agarraba al brazo de Marcos.

-Yo no veo nada —respondió Marcos- además eso es un bosque, lo raro sería que todo estuviera quieto.

-Será mejor que regresemos junto al resto de la clase —propuso Santiago.

-¿Por qué?, ¿tienes miedo?

-¿A qué?, ¿a cuatro árboles? No, pero ya son las seis menos cinco y me gustaría saber si Juana ya ha regresado.

Se alejaron del bosque y del descuidado sendero que conducía a su interior mientras, de cuando en cuando, Cristina miraba detrás de ella. Siempre había oído decir que casi todos los animales que viven en los bosques huyen cuando se percatan de la presencia de los seres humanos, ¿por qué aquel, fuera lo que fuera, había decidido acercarse a la salida de la arboleda cuando los había escuchado hablar? Prefería no pensar en la cantidad de lobos, y animales salvajes que debían encontrarse a pocos pasos de ellos, escondidos en la espesura de la densa floresta de la que estaban comenzando a alejarse lentamente.

Aunque pensándolo bien, también podía tratarse de un perro perdido o de cualquier otro animal extraviado. Fuera lo que fuera, ella no se quedaría allí para ver de qué se trataba. Apretó el paso con la esperanza de que el resto de sus compañeros hiciera lo mismo hasta que por fin el bosque desapareció detrás de las descuidadas fachadas de piedra de las casas del pueblo.

De pronto, cuando estaban avanzando a través de una calle muy empinada, comenzaron a escuchar el sonido de una música; al principio era muy débil, casi como si fuera un murmullo, pero a medida que se acercaban al autobús el sonido era cada vez más fuerte, hasta que cuando finalmente lograron llegar junto al vehículo se vieron obligados a hablar a gritos para hacerse oír.

-¡Aquí no hay nadie! —Gritó Aurora- ¿¡dónde está todo el mundo!?

Nadie se molestó en responder; rodearon la Iglesia sin cesar de escuchar la música cada vez más alta hasta que por fin llegaron al prado situado frente a la nave norte del templo y observaron que el resto de la clase estaba apiñada alrededor de algo.

-¡Eh, Marc, tío! —Le dijo Eduardo, un estudiante que casi nunca iba a clase, mientras le daba un vaso de plástico lleno de “Baileys” -¿a que es genial? En el autobús había unos altavoces sueltos, los conecté a mi mp3 y voilà. Además todos me han cedido generosamente las pilas de sus mp3 para cuando se agoten las del mío, así que tendremos música hasta que llegue el fin del mundo.

-¡Eres mi ídolo, tío!, -respondió Marcos después de tomar varios tragos de Baileys- ¿Y no os dijo nada el conductor del autobús?

-¡Qué va, se fue a buscar a Juana y a la tía que se largó con ella! Cuando se marchó hice una colecta de bebidas, le pedí a Elsa unos vasos de plástico que trajo, no me preguntes para qué porque no tengo ni zorra idea, y organizamos esta pequeña fiesta —concluyó mientras realizaba un gesto majestuoso hacia el lugar del que procedía la música.

-¡Tío, es la mejor idea que has tenido nunca!, voy a por las botellas de “Eristoff Black” que pillé en el bar donde comimos.

-Genial, tío.

Marcos se alejó de Eduardo, subió al autobús y comenzó a buscar en su mochila hasta que logró encontrar una bolsa de plástico con las dos botellas, después sacó las pilas del mp3 y regresó junto al resto.

-¡Eduard, ¿dónde pongo esto?! —preguntó mientras levantaba las dos botellas.

-Aquí.

Se abrió paso a codazos hasta que llegó frente a una especie de mesa formada por dos piedras: una en posición vertical sobre la que descansaba otra en posición horizontal, esta última estaba cubierta de botellas y vasos de plástico, a uno de los lados descansaban dos altavoces conectados a un mp3; dejó las botellas sobre la piedra y la pila junto a las que estaban frente a los altavoces, después se sirvió un vaso de vodka negro con “Kas Limón” que vació de un trago y cuando se disponía a beber más se volvió al notar que alguien le había puesto la mano en el hombro.

-¡¡¡Tenemos que hablar!!! —dijo Santiago.

-¿¡Qué!?

-¡¡Qué tenemos que hablar!!

-¿¡Qué dices!?

-¡¡¡¡Qué tenemos que hablar!!!!

-¡¡Lo siento tío, pero no puedo escucharte!!

Por toda respuesta Santiago tiró de él y lo llevó junto a un muro, situado a cincuenta metros de allí, formado por algunas piedras blancas. Dentro del muro había un huerto repleto de ortigas y algunos tablones de madera podrida que habían pertenecido a una construcción arruinada. Aurora y Cristina estaban a pocos pasos del muro charlando nerviosamente.

-Ya hemos llegado —anunció Santiago.

-Sí, y será mejor que me expliques por qué demonios me has traído hasta aquí.

-¿No te das cuenta de que todo esto es muy raro? Para empezar el conductor se ha marchado y ya no podremos irnos hasta que regrese, si es que lo hace.

-¿Y quién dijo eso? —Preguntó Marcos- tengo el carnet de conducir, y el conductor se dejó las llaves dentro. Apretamos el botón de abrir la puerta que está debajo del parabrisas, conduzco el autobús y listo.

-La Iglesia del pueblo —continuó Santiago- es del siglo X y no hay ningún cementerio, ¿dónde enterraban a la gente?

-¿Y a mí qué demonios me importa? Supongo que sería en ese pueblo que está a dos kilómetros.

-¿Y no te parece raro que estemos armando un jaleo que se puede escuchar a veinte kilómetros a la redonda y nadie haya salido a llamarnos la atención?

-Es cierto —admitió Marcos- cualquiera diría que estamos solos, las calles estarían vacías si no fuera por nosotros.

-Es un lugar muy extraño —dijo Cristina quitándose el chubasquero- sabemos que aquí vive alguien porque eso fue lo que nos dijeron, pero mirad: la cajetilla de “Chesterfield” en el muro, los corrales con gansos… es como si se hubieran marchado a toda prisa.

-Claro, claro, nos vieron llegar y se escondieron —respondió Marcos- Hoy es viernes, a lo mejor están en el mercado de un pueblo vecino, o pueden estar viendo la tele o durmiendo la siesta, no hay por qué ponerse paranoico.

-¡Por el amor de Dios! —Gritó Aurora totalmente fuera de sí- ¿es que no te das cuenta de que han desaparecido las dos únicas personas que podían sacarnos de aquí?

-Aurora, Aurora… estamos en el siglo XXI, llamaré a la Universidad —continuó mientras sacaba su teléfono móvil- les preguntaré si Juana les ha dicho algo y… ¡mierda, no hay cobertura! Cris, tu móvil es de Movistar mira a ver si puedes llamar a alguien.

Cristina sacó del bolso su teléfono móvil, pero poco después de marcar el número volvió a guardarlo mientras realizaba un gesto negativo con la cabeza.

-Veamos: Santiago, el tuyo es de Orange, como el mío… Aurora, tú…

-Me quedé sin cobertura mientras subíamos aquella pendiente.

Todos se quedaron en silencio, observando el lejano mar que podía verse desde la cima de la montaña: sin móvil, sin…

-Voy a comprobar una cosa —dijo de repente Marcos.

-Espera, ¿dónde vas? —preguntó Santiago mientras comenzaba a caminar detrás de él.

-A asegurarme de algo, será solo un momento.

-Voy contigo.

Ambos avanzaron apresuradamente hacia el lugar en que se encontraba el autobús mientras el sonido de la música volvía a aumentar cada vez más. Ya eran las siete de la tarde y ni Juana ni el conductor habían regresado, aunque a juzgar por el ruido procedente del terreno situado ante la nave Norte del templo a nadie parecía importarle demasiado.

Marcos se acercó a la puerta abierta del autobús, se sentó en el asiento del conductor y cuando observó que faltaba la llave, sacó una navaja suiza del bolsillo de la pernera derecha de su pantalón, la introdujo en la ranura que había bajo el volante y retiró la tapa. A continuación, ignorando las miradas sorprendidas y recriminatorias que Santiago le dirigía, unió dos cables y pronto se escuchó el sonido del motor al ponerse en marcha… pero después una luz roja del panel de mandos del autobús llamó su atención.

-¡Mierda!, ¡no me lo puedo creer! —exclamó mientras daba un fuerte puñetazo al plástico que cubría el panel de control.

-¿Qué pasa? —preguntó Santiago.

-No hay gasolina.
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Notapor Riurdeonlef el Vie Jul 27, 2007 21:54

-Mira a ver en el portaequipajes —sugirió Santiago con voz apremiante- tiene que haber gasolina en alguna parte.

Marcos bajó del autobús y se dirigió al portaequipajes con paso apresurado mientras la música procedente del campo situado a pocos metros de allí retumbaba en sus oídos. Por fin se agachó junto a la tapa del portamaletas y la abrió sin demasiada dificultad. Observó detenidamente su superficie hasta que por fin, al fondo, logró ver una garrafa de gasolina. Introdujo la mitad del cuerpo dentro del portaequipajes y alargó la mano para cogerla.

-¿Y bien? —preguntó Santiago.

-Está vacía. Todavía no se cómo demonios pensaban sacarnos de aquí. Ahora será mejor que vayamos a buscar a Aurora y a Cristina. Pero que no se enteren de nada de esto.

-¿De qué no debemos enterarnos? —preguntó la voz de Cristina detrás de él.

-Esto… de nada. Cuando te lo cuente te vas a reír, jajajajaja, verás Cris, la verdad es que… estamos sin gasolina.

-¿¿¿Qué???

Ninguna de las dos lograba creérselo; estaban solos, en un pueblo prácticamente abandonado situado a kilómetros de distancia de la ciudad más cercana. Ya eran las siete de la tarde, tan solo les quedaban una o dos horas de luz, ya era demasiado tarde para intentar regresar andando a la zona poblada más cercana, demasiado tarde para ir a buscar a Juana y al conductor. Uno de los alumnos, más previsor que los demás, había llevado una linterna, pero, ¿quién iba a arriesgarse a caminar durante más de dos kilómetros por una zona desconocida y rodeada de bosques?

-¿Estas seguro de que en esa botella tampoco hay gasolina? —preguntó Aurora con voz angustiada.

-Completamente —respondió Marcos tratando de aparentar indiferencia- si nos atacara el alien que Cristina vio en el bosque —continuó mientras Cristina le dirigía una mirada de odio- ni siquiera podríamos hacer un cóctel molotov para defendernos. Chicas, creo que hoy deberemos pasar la noche en este “acogedor” pueblo.

Todos guardaron silencio. Comenzó a soplar una fuerte brisa que hizo que las ramas de las copas de los árboles comenzaran a agitarse violentamente y las antenas de los tejados empezaran a moverse.

-¿Habéis oído eso? —preguntó de repente Cristina.

-¿El qué?

-Era un sonido metálico, como si alguien estuviera abriendo una puerta con una bisagra oxidada.

-Cris, Cris, Cris, aquí lo que sobran son puertas con bisagras oxidadas, sería cualquier cosa, o formaría parte de la canción.

-Sí, tienes razón, a ver si conectan el mp3 de otra persona, que ya hace dos horas que escuchamos la misma música.

-Sé que diréis que estoy loca —comenzó Aurora con voz dubitativa- pero… ¿y si llamáramos a la puerta de alguna casa y preguntáramos si podemos utilizar el teléfono?

-Sí, y con un poco de suerte a lo mejor nos invitan a cenar —respondió Cristina sarcásticamente- prefiero pasar la noche dentro del autobús antes que entrar en una de esas casas. Seguro que es uno de esos pueblos en los que drogan a los viajeros para matarlos durante la noche, además no sabemos qué clase de gente será la persona que nos franquee la entrada y…

-Está bien, tienes razón —admitió Aurora- ¿ya les habéis dicho a los otros que no hay gasolina?

-¿Para qué? —Respondió Marcos- cuanto más tiempo tarden en ponerse nerviosos mejor. Además, la mayoría ha bebido tanto que seguro que ni siquiera sabe dónde está.

El viento dejó de soplar tan repentinamente como había comenzado, mientras unos metros más abajo una bandada de cuervos levantaba el vuelo y se alejaba graznando. El sol estaba comenzando a ponerse y su decadente luz se reflejaba sobre las lejanas aguas del mar otorgándole un color anaranjado. Aurora comenzó a pensar en el mar que tenían delante, parecía tan cercano que cualquiera diría que bastaba con extender la mano para poder tocarlo, pero sin embargo estaban a veinte kilómetros de él, veinte kilómetros rodeados por bosques y precipicios, veinte kilómetros que, de saber que todo aquello sucedería, hubieran podido recorrer en algunas horas. Después, cuando miró detrás de ella, vio la amenazadora y oscura silueta de una montaña cubierta de árboles y no pudo reprimir un escalofrío.

-Será mejor que vayamos junto al resto de la clase —dijo Marcos- está comenzando a oscurecer y es mejor que estemos todos juntos.

-¡No! —gritó Aurora sin, muy a su pesar, conseguir evitarlo.

-¿Por qué no? —preguntó Santiago.

-Míralos —respondió con voz temblorosa a causa de la angustia- estamos atrapados en un sitio que no conocemos, no sabemos que puede pasar, no sabemos cómo es la gente que vive aquí y están ahí, bebiendo como si no sucediera nada.

-Es que no sucede nada —la cortó Marcos después de encender un cigarrillo- dormiremos en el autobús, mañana iremos andando hasta el núcleo habitado más cercano y problema resuelto.

Aurora asintió en silencio mientras avanzaba lentamente hacia el lugar en que ya se encontraba el resto de la clase: la música a todo volumen, los gritos de los alumnos, los vasos de plástico tirados por el prado, y todo en un pueblo abandonado, porque estaba claro que aquel lugar estaba desierto, para empezar estaba comenzando a oscurecer, apenas podía verse a dos metros de distancia y los vecinos ni siquiera se habían molestado en cerrar las contraventanas y encender las luces del interior de sus casas. Cuanto más lo pensaba más tenía la impresión de que todo aquello era un absurdo sueño del que despertaría en cualquier momento, como cuando era pequeña y soñaba que alguien intentaba secuestrarla ante la mirada impasible de las personas que la rodeaban.

De pronto se detuvo: le había parecido ver una pequeña luz dorada, como la de una vela, moverse detrás de los oscuros cristales de una casa, pero solo fueron unos segundos, por lo que no le concedió importancia y se dirigió al lugar en que se celebraba la fiesta.

Pero en vez de ir a divertirse con los otros se sentó en uno de los bancos que estaban frente a la Iglesia, un poco alejada del resto, con los ojos clavados en el cielo: lo primero que vio fue una estrella de luz muy pálida y muy brillante, pero después recordó lo que les habían dicho en el colegio: aquello no era una estrella sino un satélite artificial que reflejaba la luz del sol, por eso tenía tanto brillo. Maldito satélite, estaba delante de sus narices pero ni siquiera podía realizar una simple llamada con el móvil, ¿de qué demonios sirven tantos adelantos y tanta tecnología si luego no funcionan cuando se los necesita?

Se tumbó en el banco, cerró los ojos y trató de dormir, tal vez cuando se despertara todo hubiera concluido, pero el sonido de la música se lo impedía. Trató de taparse los oídos con las mangas de su cazadora, pero era totalmente imposible, entonces, cuando estaba a punto de gritar que apagaran el maldito mp3 le pareció escuchar el sonido de algo muy pesado, una piedra, al golpear contra el suelo.
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Notapor Riurdeonlef el Vie Jul 27, 2007 21:55

Juana y Estíbaliz aún no habían logrado recorrer la mitad del empinado camino que conducía al pueblo cuando ya había comenzado a oscurecer. La rugosa superficie de cemento y grava por la que caminaban estaba cubierta de musgo y pequeños surcos de agua procedente de un manantial cercano que había visto aumentado su caudal a causa de las abundantes lluvias caídas durante la tarde del día anterior por lo que se veían obligadas a avanzar despacio para no resbalar. Las ramas parcialmente cubiertas de hojas de los árboles que flanqueaban el sendero colgaban indolentemente sobre el camino y tenían que apartarlas continuamente para poder seguir avanzando.

Mientras caminaban, a pesar del incesante parloteo de Estíbaliz, podían escuchar el susurro del viento al pasar entre las hojas de los árboles y los estridentes trinos de las aves del bosque, así como los crujidos de las ramas que se partían bajo las pesadas pisadas de algún animal.

Juana miró preocupada su reloj: ya eran más de las seis y media de la tarde y aún no habían logrado ver el pueblo, a pesar de que la nota que se encontraba pegada a la puerta de la casa aseguraba que para llegar a él no se requerían más de tres cuartos de hora. Tal vez se hubieran perdido, pero era imposible: había seguido al pie de la letra las instrucciones que figuraban sobre aquel tosco pedazo de papel, y además aquel camino tenía que llevar a alguna parte, aunque fuera a una carretera general o a alguna vivienda aislada.

-Espero que después de esta caminata no me hagan un examen de pena, porque entonces sería como para matarlos —comentó Juana mientras observaba con preocupación el progresivo alargamiento de las sombras de los árboles- aunque de esa panda de inútiles me espero cualquier cosa.

-Eso les pasa por no estudiar las cosas día a día —replicó Estíbaliz con la cara congestionada a causa del esfuerzo que le costaba seguir el rápido paso de Juana- y por no prestar atención.

-Exacto, la mayoría va a clase a pasar el tiempo, pero como la matrícula la pagan papá y mamá… lo de siempre, ya sabes.

-Sí, la mayoría están muy consentidos, no hay más que verlos con sus playeros de doscientos euros, la moto seguro que también se la pagan sus padres, y todo así. Por cierto, durante la clase de ayer me quedó una duda acerca de si la Iglesia de San Martín de Frómista generó algún taller.

Juana comenzó una larga explicación acerca de la Iglesia de Frómista y sus características más señaladas, pero fue interrumpida por el fuerte sonido de la música. Al principio no se explicaba de donde podía proceder, hasta que por fin se dio cuenta de que solo podía venir del interior del pueblo.

-Mira que bien lo pasan tus compañeros —dijo mientras apartaba una piedra de una patada- pero no te preocupes, ya llorarán en el examen. Además está claro que no se les puede sacar de clase: los dejo solos un momento y arman un escándalo que debe estar escuchándose en Liébana, y encima ya es prácticamente de noche.

Y era cierto, a pesar de que aún no había oscurecido, en el cielo ya comenzaban a verse algunas estrellas. Si no se apresuraban, las tinieblas pronto serían tan espesas que ni siquiera podrían ver dónde ponían los pies, y ninguna deseaba caer desde la cima del alto precipicio que había a la derecha del camino. Estíbaliz sacó un pequeño llavero en el que estaba montada una diminuta bombilla blanca; era poca cosa, pero al menos tendrían algo de luz si no conseguían llegar al pueblo antes de que fuera totalmente de noche. El pueblo… ¿dónde demonios estaría? Hacía dos horas y media que caminaban y aún no habían logrado ver el resplandor de las farolas de la aldea a la que se dirigían, tal vez se hubieran equivocado de camino, pero aquello era totalmente imposible, en la hoja estaba claramente indicado que…

-Espera —dijo de pronto Juana.

Aquella orden sacó a Estíbaliz de sus pensamientos y ambas se detuvieron. Estíbaliz ya había encendido la linterna y los ojos de su profesora de Historia Medieval tenían un brillo extraño bajo el débil resplandor lechoso de la bombilla. Al principio no comprendió por qué motivo le había pedido que se detuviera, hasta que al final logró escuchar el sonido de un coche de gran cilindrada que se acercaba a toda velocidad siguiendo el mismo camino que ellas.

¡Por fin una buena noticia! Harían que el vehículo se detuviera, hablarían con el dueño y éste tal vez consintiera en llevarlas hasta la aldea hacia la que se dirigían, o al menos podría volver a dejarlas en el lugar en que se encontraba en resto de la clase, o… El sonido se detuvo súbitamente, algunos minutos después escucharon una maldición y el ruido de dos puertas cerrándose con un golpe brusco. De pronto Estíbaliz sintió miedo: estaban las dos solas, en un bosque, a oscuras. Sin que ella pudiera evitarlo su mente se llenó de antiguos temores: en los medios de comunicación solían decir que cada año había miles de desapariciones, algunas de esas personas regresaban después de que transcurrieran unas horas, otras al cabo de unos días, de unos meses… otras no volvían nunca y algunas…

-Vamos, no te quedes ahí parada como un pasmarote —le dijo Juana con voz brusca- no creo que ningún asesino en serie sea tan imbécil como para pensar que puede encontrar a sus víctimas en el medio de un bosque.

Estíbaliz volvió a caminar, fijándose en el brillo de la luz del llavero sobre las placas reflectantes del quitamiedos para evitar avanzar en el sentido indebido y caer al vacío. Aún no había ni rastro del pueblo y ella tenía miedo: tenía miedo de la espesa oscuridad que rodeaba aquel angosto camino, de la clase de personas que podían viajar en el coche cuyo sonido acababan de escuchar, y sobre todo, sentía miedo al pensar en la clase de terribles criaturas que debían habitar en lo más profundo de la densa arboleda que se encontraba a su izquierda.

Sintió deseos de pedirle a Juana que ambas regresaran junto al resto de la clase, pero sabía que eso equivalía a una respuesta negativa por su parte y ella no se atrevía a atravesar completamente sola el trecho que ya habían recorrido. En lo alto del cielo la pálida luna parecía observarla como si se estuviera riendo de ella, como si se burlara de sus absurdos esfuerzos por llegar a aquella aldea de cuya existencia ella dudaba, como si la luna ya supiera que el largo viaje a pie que Estíbaliz y su profesora estaban realizando era completamente inútil.

El sonido de un grito la sacó de sus pensamientos. Ella jamás había escuchado algo así excepto en las películas, era un grito de agonía, como si la persona que lo había proferido estuviera sufriendo los peores tormentos del Infierno. Poco después escuchó el sonido de varios disparos a los que siguieron nuevos gritos similares al anterior. Estíbaliz se sentía anclada al suelo, deseaba salir corriendo de allí, pero sus piernas ya no la obedecían, estaba paralizada por el terror. De fondo escuchaba el sonido de la música que procedía del pueblo y le parecía que todo aquello solo podía ser una broma pesada, que de un momento a otro alguien saldría de entre los árboles seguido por un cámara y les diría que todo era una tomadura de pelo.

Echó un rápido vistazo al lugar en que se encontraba Juana y se percató de que, a pesar de su arrogancia y sus aires de suficiencia, ésta estaba en su misma situación, se encontraba paralizada, con el gesto crispado por el miedo e incapaz de moverse o de decir algo. De pronto volvieron a escuchar un grito de dolor y el sonido de varios disparos más, fue entonces cuando Juana logró reaccionar.

-¡¡¡Corre!!! —gritó al tiempo que emprendía apresuradamente el camino de regreso al lugar en que se encontraba por el resto del grupo.

Pero antes de que hubiera logrado recorrer cuatro o cinco metros una gran sombra negra sobre la que resplandecían dos brillantes puntos blancos se precipitó sobre ella. Juana cayó de bruces, y dejó escapar un alarido de terror que pronto fue ahogado por el sonido de la carne al desgarrarse y el gorgoteo de la herida que aquella cosa le había hecho en la garganta. Cuando vio la escena Estíbaliz chilló con todas sus fuerzas, y trató de pensar rápidamente, cada décima de segundo podía marcar la diferencia entre morir o sobrevivir: era inútil intentar marcharse por el mismo lugar que Juana, ya que aquello todavía se encontraba frente a ella, por lo que su única opción, por absurdo que ello pudiera sonar, era tratar de llegar al pueblo al que se dirigían, tenía que alcanzar la aldea lo antes posible. Y en el caso casi seguro de que no lo lograra, tal vez pudiera encontrar el coche, salir de allí fuera como fuera y… antes de que consiguiera acabar de pensar la frase echó a correr hacia el lugar en el que a ella le parecía que se hallaba la aldea, sin importarle las ramas de los árboles que la arañaban y golpeaban en la cara. Solo quería escapar de allí cuanto antes.

Miró unos segundos hacia el bosque y le pareció vislumbrar dos manchas blancas que avanzaban a la misma velocidad que ella. Apretó el paso con la absurda esperanza de lograr dejarlas atrás, pero era inútil, aquel ser era mucho más veloz, y antes de que Estíbaliz pudiera explicarse cómo lo había logrado, aquella criatura dio un ágil salto y se colocó ante ella. Cuando la tuvo delante, Estíbaliz prorrumpió en un alarido de pánico que se perdió entre la espesura del bosque y el sonido la música procedente del pueblo que Juana y ella habían abandonado hacía unas horas. Retrocedió algunos pasos y aquellas dos motas luminosas se mantuvieron inmóviles hasta que finalmente parecieron retroceder para tomar impulso y se abalanzaron sobre ella. Estíbaliz trató de correr, pero fue inútil, aquellas dos brillantes puntos blancos se acercaban cada vez más hasta que sin demasiado esfuerzo lograron alcanzarla.
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Notapor Riurdeonlef el Vie Jul 27, 2007 21:57

Aurora abrió los ojos y se sentó sobresaltada: ahora la oscuridad era prácticamente total, tan solo lograba vislumbrar algunas siluetas negras alrededor de la luz verdosa de los altavoces. Se levantó lo más aprisa que pudo y se acercó a la primera persona conocida que le pareció ver:

-Marcos, Marcos, ¿has escuchado eso?

-Por favor Aurora —respondió con voz levemente pastosa a causa del alcohol- no seas paranoica y déjame en paz, ¿no ves que estoy ocupado? —concluyó mientras trataba de bajar la cremallera de la apretada sudadera de Cristina.

Malhumorada Aurora miró a su alrededor, pero todos parecían tener mejores cosas que hacer y nadie se paró a escucharla. Volvió a sentarse en el banco y a mirar en silencio hacia la cumbre de la montaña, sin cesar de preguntarse por qué no se habría quedado en casa. Volvió a sacar su teléfono móvil con la esperanza de tener cobertura en aquella parte del pueblo, pero era inútil, seguía sin poder realizar o recibir llamadas.

Se tumbó con la vista clavada en las estrellas sin poder evitar escuchar la música procedente de los altavoces: ¿sería solo su imaginación o el volumen de la música estaba comenzado a bajar?, se volvió hacia la mesa formada por las dos piedras y vio a Eduardo subido sobre ella, con el rostro iluminado por la pálida luz de una linterna. Durante algunos instantes tuvo la esperanza de que les dijera que alguien iba a ir en busca de ayuda, se acercó al grupo de gente reunido en torno a la mesa y escuchó con atención:

-Tíos —gritó Eduardo como si fuera un emperador romano dirigiéndose a su pueblo durante unos juegos circenses- está demasiado oscuro y a pocos pasos de nosotros tenemos un precipicio. Así que como no quiero que nadie se me despeñe —la broma fue coreada por una carcajada general- continuaremos la fiesta delante de los faros del autobús.

-¡No! —Exclamó Aurora- ¡Si el autobús se queda sin batería cómo haremos para cerrar las puertas?

-Cerramos ahora las de los pasajeros. Cuando nos vayamos a dormir, si es que dormimos esta noche, entramos por la del conductor y asunto resuelto —respondió Eduardo como si fuera lo más evidente del mundo- ¿Alguien tiene alguna otra pregunta estúpida? —Nadie respondió- entonces vamos.

Bajó de la mesa de un salto, cogió los altavoces y el mp3 mientras el resto se encargaba de llevar las botellas y las pilas, instantes después Aurora vio el resplandor de dos potentes haces de luz y unos segundos más tarde volvió a escuchar la música tan alta como si tuviera el oído apoyado en el altavoz. Miró a su alrededor y vio que se había quedado sola. La suave brisa nocturna hizo susurrar las ramas del viejo nogal bajo el que se encontraba su banco; sintió un escalofrío y, muy a su pesar decidió que sería mejor regresar junto al resto.

Se levantó en silencio, utilizando los haces de luz de los faros y la oscura silueta de la Iglesia como punto de referencia.

-¡Aurora, pareces un alma en pena, alegra esa cara! —Dijo Lilith mientras le ofrecía un vaso de licor de manzana- ¿No es genial? Yo que pensaba que esta excursión iba a ser la más aburrida de toda mi vida y mira: acabamos de botellón.

-Sí… -respondió con voz distraída- es genial. Pero, ¿has pensado que tal vez estemos molestando a la gente del pueblo?

-¿Los has escuchado quejarse?

Aurora comprendió que era inútil intentar hacerlos entrar en razón, se acercó al lugar en que estaban las bebidas, cogió una de las patatas fritas que estaban sobre un trozo de papel de aluminio y la mordisqueó distraídamente. Miró su reloj y vio que aún eran las doce menos cuarto de la noche: aún debería transcurrir un mínimo de siete horas hasta que todos decidieran que había llegado el momento de irse a dormir, aunque, pensándolo bien, tal vez la batería del autobús no resistiera durante tanto tiempo y los faros se apagaran mucho antes, lo que obligaría a dar por terminada la fiesta mucho antes de lo previsto.

Volvió a alzar la vista hacia el satélite artificial cuyo brillo parecía observarla burlonamente cuando, sobre la música escuchó el sonido que producen dos trozos de hierro oxidado al rozarse. Sin embargo esta vez no fue como en las ocasiones anteriores, esta vez lo escucharon todos:

-¡Joder Eduardo, tío! —Gritó Marcos levantándose del banco donde estaba sentado con Cristina mientras ella trataba de peinarse y colocar su top correctamente- ¡apaga esa mierda que me da dentera!

-¡Sí! —Dijo una voz que Aurora no logró identificar- ¡llevamos todo el día escuchando ese maldito disco, quita tu mp3 de una vez y pon el de otro!

-Tíos, se que no me vais a creer, pero os juro que eso no formaba parte de la canción.

Al principio todo el mundo se echó a reír a carcajadas.

-Eduardo, admite que tienes mal gusto, pero no quieras asustarnos —dijo Santiago.

-Os prometo que…

Una vez más volvió a escucharse el sonido, pero esta vez seguido de un golpe seco. La música cesó en el acto y fue sustituida por un coro de voces confusas. El ruido ya no volvió a repetirse, pero después de aquello nadie tenía ganas de fiesta, todos se quedaron parados delante de los faros encendidos del autobús, sin saber que hacer, hasta que por fin alguien tuvo la idea de regresar al interior del vehículo, cerrar las puertas y esperar dentro hasta que llegara el día siguiente y pudieran acercarse al núcleo habitado más cercano, ni una sola persona pensó en la posibilidad de pedir ayuda en alguna de las destartaladas casas de la aldea.

Recogieron las botellas, los altavoces y las pilas y regresaron al vehículo apresuradamente, cuando todos estuvieron dentro cerraron las puertas y encendieron las luces de emergencia del interior. Nadie se atrevía a pronunciar ni una sola palabra, se limitaban a aguardar en un tenso silencio, como si todos supieran que algo iba a suceder tarde o temprano.

A lo lejos se escucharon los furiosos ladridos de un perro que poco a poco se fueron transformando en gemidos de terror hasta que, de repente, cesaron por completo. Una chica que estaba sentada en uno de los asientos de atrás empezó a gritar.

-Que alguien le cierre la boca.

Las amigas de la chica que había comenzado a gritar fueron hacia el asiento de atrás apresuradamente y trataron de tranquilizarla.

-Tal vez no sea nada —dijo Santiago tratando de aparentar seguridad- tal vez sea solo el viento, que está moviendo la puerta de hierro de algún jardín.

-Mira tío, yo no sé qué demonios era aquel ruido ni de dónde venía —respondió Marcos- pero lo que si te puedo asegurar es que si eso era el sonido de una puerta, esa puerta no fue abierta en años. Y ahora creo que será mejor que cerremos todas las ventanillas del autobús y apaguemos todas esas luces. Debemos ahorrar batería, y cuanta menos gente sepa que estamos aquí mejor.

-Pero… ¿y si pasa un coche?

-Recuerda la carretera por la que subimos: por el lado que daba a la montaña las hojas de los matorrales tocaban las ventanillas del autocar y el camino estaba cubierto de polvo, y lo mismo sucede con las calles de este pueblo, créeme, hace mucho tiempo que no pasa un coche por aquí.

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Y por hoy ya está, mañana cuelgo otros seis :D
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Notapor Simkin el Sab Jul 28, 2007 00:00

Parece el guión de una peli de adolescentes made in Usa :lol:

No quiero decir con ello que no me haya gustado, todo lo contrario. Me leeré los otros 6 cuando los pongas :P
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Notapor lucia el Jue Ago 02, 2007 01:36

lograste que me asuste, pero tengo que decirte que tampoco es muy dificil -bro- Muy bueno el relato y espero los otros seis, la proxima vez voy a leerlo de dia y con alguien a mi lado :roll:
jeje suerte!
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