BBMALO esta leyendo LOS TOMMYCKNOKERS  

             
  Últimos temas
Aprendí a Sufrir, de Mateu Carrió....

Título: Aprendí a Sufrir. Autor: Mateu Carrió. Editorial: Ediciones del Serbal. Precio: 15€. Páginas:


NADA ES ETERNO...

Paul Ferdinand es un administrativo que trabaja en la administración pública adicto al tabaco. A sus cuarenta y tres años se le acaba de ...


EN LAS PUERTAS DEL INFIERNO...

Liam Beckett llega a su pequeño apartamento después de un día de trabajo y recibe una llamada impregnada de misterio de su mejor amiga, K...


Certamen microrrelatos para blogger...

Puede que este certamen de microrrelatos para bloggers le interese a alguien. Aquí podéis las bases del concurso: http://www.ven...


  Últimos post
Re: Si eres nuevo...

Si eres nuevo en un sitio, te sientes desubicado y triste. Yo sé de esa sensación, criminal en el ensañamiento de la soledad. Si es usted...


Re: LISTA NEGRA...

LISTA NEGRA: En este apartado sólo caben nuestras tristezas, las historias horribles que vemos por televisión, el agregado nost...


Re: Todos a la mesa...

Venga, a sentarse todo el que quiera. Para hacer amistades necesitaríamos tener nuestro rinconcito más personal, y nada, he abierto este....


Re: Para todos los que esperan su primera publicación....

Como yo lo conseguí, si alguien me necesita, que no dude en contactar conmigo. http://www.lavozdegalicia.es/noticia/co ... C12991.htm...


  Lo más comentado
¿Qué estáis escuchando en este momento?...

Yo estoy escuchando "The Fairy Queen" de Henry Purcell para un examen que tengo en Septiembre ...


LISTA NEGRA...

LISTA NEGRA: En este apartado sólo caben nuestras tristezas, las historias horribles que vemos por televisión, el agregado nost...


LISTA BLANCA...

LISTA BLANCA: En ella cada uno contará experiencias dignas de la pureza, la alegría, el bien, el amor, la exaltación pura y su...


¿qué libro estais leyendo ahora?...

Estoy acabando de leer "Pepita Jimenez" novela epistolar de Juan Valera, escritor de Cabra, un pueblo de Córdoba. Cuando termine ...


 
             

EL ÁRBOL QUE LLEGÓ A CAMINAR

El rincón para los más pequeños.

Moderadores: Yolanda, Colaboradores

EL ÁRBOL QUE LLEGÓ A CAMINAR

Notapor lencho el flaco el Vie Sep 07, 2007 18:59

EL ÁRBOL QUE LLEGÓ A CAMINAR

(A Berenice, mi hija, a la que siendo un bebé, solía contarle este cuento) Y a los niños que fuimos.

Érase una vez un árbol que un buen día se despertó con un sonoro bostezo, bien después de que el sol se hubiese levantado por el oriente. El árbol, aún frondoso, contemplaba, como cada día desde hacía años, el paisaje de desolación que se extendía por los cuatro puntos cardinales. Árboles secos, la tierra yerma de un color plomizo, huérfana de florecillas silvestres y de matorrales y la más grande de las quietudes y de los silencios, pues ni tan siquiera el viento aparecía con su ulular. Aparte del árbol, la vida estaba ausente de aquel paraje: ni la más pequeña y humilde hormiga, ni un extraviado animal carroñero hacían compañía al triste y solitario árbol.
Por lo que aquel despertar fue como el de los tres últimos años, quizás un poco más triste, pues el milagro de haber sobrevivido a las lluvias ácidas de una fábrica cercana no impedía que día a día el árbol fuese perdiendo su salud y vitalidad: su aspecto exterior se tornaba cada vez más triste, como la tristeza que el veneno ácido había introducido en su savia. La resignación a una decadencia creciente comenzaba a apoderarse definitivamente del que fuera un espléndido y alegre árbol.
Y entonces cuando más ensimismado y triste se hallaba, un breve aleteo le despertó sobresaltado. Se trataba de un pajarillo errabundo, que se había perdido de su bandada, de la que quedó rezagado a causa de un golpe que por poco le costó la vida, pero que no le mermó ni un ápice la jovialidad que siempre había tenido.
El sobresaltado árbol, sacudido de su letargo, preguntó a la avecilla ¿quién eres tú, que vienes a aliviar mi triste vida?
El pajarillo se presentó con un alegre y agradecido gorjeo: me extravié a causa de una herida, hasta encontrar tu sombra y cobijo. Me has salvado la vida.
Bueno, aquello sólo fue el comienzo de una larguísima conversación entre el árbol y el pájaro. Ambos se contaron sus vidas. Aquél se quedó asombrado de los viajes de su inesperado compañero: ríos, montañas, fértiles valles, grandes y ruidosas ciudades, el mar... Y del otro lado, la tragedia del bosque, ayer formidable pulmón de oxígeno y hábitat natural de una rica fauna y flora que desde siglos habían animado aquel territorio en espléndida explosión de vida.
Bien entrada la noche y agotados por la conversación, los nuevos compañeros quedaron profundamente dormidos. Aquella noche, los sueños del árbol fueron bien distintos a los de las anteriores. Y aún antes de que el negro de la noche comenzase a alborear por el oriente, el árbol se despertó por un trino polifónico que retumbó magnífico en el lacerante silencio del paraje. Había que aprovechar el mayor tiempo posible. Fue el amanecer más feliz que el árbol recordara haber tenido. El fresco de la mañana, con una leva brisa que se había colado desde no se sabe dónde, fue testigo de una decisión que habría de cambiar radicalmente la vida de los nuevos amigos ... y de muchos más.
No se sabe quién lo dijo primero. La idea brotó como lo hace el tallo de una planta, o como nace un niño: por la fuerza de la naturaleza: ¿Qué te parece si nos vamos a recorrer mundos? Y entonces el árbol sintió cómo sus raíces, tantos años presas en el subsuelo estéril, comenzaban a removerse inquietas. La emoción de los últimos acontecimientos le hizo bombear con renovadas fuerzas la adormecida savia que, de esta forma, circuló enérgicamente desde las ramas más altas, ahora altivas, hasta las puntas más alejadas de sus raíces, y sin saber cómo, con el incontenido contento del pajarillo que revoloteaba de emoción, y con gran tremolar de su enorme arboladura, aparecieron una a una, ya libres de su cautividad, todas las raíces del árbol, que comenzaron a moverse como si fuesen largas piernas. Aturdido por la emoción, el esfuerzo y el torpe y titubeante movimiento de sus piernas-raíces, el árbol cayó estrepitosamente, como estrepitosas fueron las carcajadas de los nuevos camaradas, mucho más estruendosas la del árbol grandullón.
Bueno, ya tenemos a los dos nuevos aventureros deslizándose ladera abajo a grandes pasos, primero a trompicones, y después con firmeza y seguridad. Pronto, el paraje de desolación y soledad que fue el triste hogar del árbol quedó lejos de ellos y de su memoria. Bosques de pinares, de encinas y castaños, de jarales y tomillos, zarzales y moras, de ardillas, de pájaros-trino y la más variada fauna -que hicieron recordar al gigantón tiempos felices-, fueron testigos de tan singular pareja viajera. De repente, apercibieron una ligera brisa y un fresco rumor. El pajarillo, aún convaleciente de sus heridas, no dejaba de explicar a su compañero cuanto veían, y así le explicó lo que significaban esa brisa y rumor: era un río.
¡Qué gozada bañarse en el río! Una nueva sensación de vida recorrió por todo el tronco, ramas, hojas y raíces del árbol que, en pocas horas había vivido más que hasta entonces. La avecilla chapoteaba en las viajeras aguas mientras recuperaba su forma. Se cruzaron con varias truchas y con una manada de vacas que pacían las jugosas hierbas de la ribera. Pasado un recodo del río, comenzó a oírse un estruendo creciente: el lecho del río se estrechaba entre rocas que descendían casi en vertical. Y entonces al llegar a aquel punto, en árbol, en su caída, se sintió zarandeado una y otra vez, dándose golpetazos que le produjeron enormes chichones. Pero, ¡era tan divertido!; había que ver las aguas, que descendían espumantes, ruidosas e incontenibles. Y lo más maravilloso fue cuando en la rápida bajada se cruzaron con varios salmones que, con sus vigorosos saltos, remontaban las aguas, a contra corriente, cumpliendo el instinto que les hace subir cada año, desde las saladas aguas del mar hasta las frías aguas del río arriba, para poner sus huevecillos, que habrán de ser sus crías.
Después de la emocionante bajada, el cauce comenzó a hacerse más ancho y profundo y las aguas, aunque ligeras, más tranquilas. No iba a ser todo peligrosas aventuras. A medida que descendían por la corriente iban dejando atrás, a un lado y a otro, tierras fértiles de cultivos y de vez en cuando, frondosas alamedas que ponían sosiego a la murga de las chicharras que rompía el silencio del mediodía con su estridente e ininterrumpido ri-ri-ri-ri, que podía dejarte hipnotizado junto a la quietud del lugar, la luminosidad del sol y el calor de la estación. La naturaleza, siempre cambiante, iba marcando el ritmo de los seres vivos y de sus emociones.
Ya habían transcurrido varias horas cuando el cauce del río cambió de rumbo hacia la derecha, formando un amplísimo arco. Altos riscos se interponían en su camino, seguramente puestos allí por un movimiento telúrico de hacía millones de años que habría modificado la fisonomía del paisaje.
-Oye, compañero, dijo el pajarillo, podríamos descansar en la orilla y pasar la noche en aquel lugar tranquilo. Como navegaban por la izquierda del cauce, el árbol movió sus ramas a modo de remos y llegaron junto a la orilla, alejada del cauce principal de las aguas, en donde éstas descansaban sin apenas moverse. Se habían detenido en la ribera de un meandro. El sol fue cayendo poco a poco; el color del cielo pasó del azul rabioso a otras tonalidades más suaves, ya celestes, ya rosáceas y aun anaranjadas, por la parte en que el sol se iba escondiendo tras la montaña, mientras que al otro lado las sombras iban avanzando de forma inexorable hasta cerrarse definitivamente por occidente. La hora del anochecer se llenó de silencios y misterios. Los campos y el río iban adquiriendo un aspecto casi fantasmal, que invitaba a las confidencias en voz baja. Al cabo de un rato, en una pausa en la conversación de los dos aventureros, un ruido cortado y rítmico invadió repentinamente el silencio de la noche: "Croa-Croa", se oía una y otra vez desde diversos lugares del meandro y aún más allá, en donde las aguas del río habían producido una charca. Las ranas poblaban el lugar entre numerosos juncos verdes que hundían sus blancas y apetitosas raíces bajo las aguas. Aparecieron unos rapaces que con gran destreza estuvieron un buen rato cazando ranas. Cuando se marcharon con su bullicio, nuestros personajes, cansados de las peripecias del día y todavía algo doloridos por los golpetazos de la mañana, quedaron profundamente dormidos, cuando la luna llena, elevada sobre el nordeste, daba sosiego y paz a la noche y a las criaturas.
A la mañana siguiente, bien temprano, pajarillo y árbol reemprendieron su viaje fluvial, río abajo. El tiempo apacible les acompañaba; todo era paz y tranquilidad y casi nada perturbaba la placidez del momento. Después de tanta conversación, se mantenían en silencio, como meditando sobre cuanto les había ocurrido. Al llegar a un punto, el agua comenzó a enturbiarse con una especie de nata flotando sobre la superficie. Aquello apenó al árbol, pues le recordó su antiguo bosque calcinado por la contaminación, pues de contaminación se trataba lo que apareció sobre las aguas fluviales, con sus mortíferas secuelas. La tristeza reapareció en los amigos después de muchas horas de venturosas vicisitudes. Y la tristeza les acompañó durante algo más de una hora, en que bajaban las aguas ensimismados, cuando de repente oyeron una algarabía en una de las orillas. Un grupo de bañistas pasaba el domingo al sol en el río, y los más pequeños, con sus gritos, risas y juegos, ponían el contrapunto en la tranquilidad del mediodía. Todos quedaron sorprendidos al ver al árbol y al pajarillo descender con la corriente. Un silencio expectante se apoderó del lugar. Entonces los fluviales viajeros se sintieron observados cuando, sin darse cuenta, dieron de bruces contra un muro. Se trataba de un puente de ferrocarril sobre el río, en donde quedaron aturdidos y sorprendidos. Como por ensalmo, todos, niños y mayores, corrieron chapoteando por las aguas, sobre los cantos del fondo, hasta llegar al lugar en que quedaron atrapados nuestros aventureros. Y cuál no fue el asombro de todos cuando el árbol, moviendo con una cierta agilidad sus raíces, se incorporó y caminando llegó hasta la orilla, mientras que el pajarillo revoloteaba colaborando con sus gorjeos al alboroto general.
Los niños, sin pensarlo dos veces, rodearon al árbol que, agachándose, les invitó a encaramarse a sus ramas, lo que hicieron sin la menor demora, mientras los mayores, extrañados, comenzaron a cavilar con un punto de recelo en sus ojos.
El regreso de los niños al pueblo fue apoteósico. Nunca, árbol y pajarillo, habían vivido momentos tan intensos. ¡Qué lejanos los días de desolación y tristeza!
Y cada día no podían faltar los fluviales forasteros por las calles del pueblo y con ellos, la algarabía y la alegría que se había apoderado de los pequeñuelos, mientras que los adultos no salían de su asombro, sin saber qué pensar.
Pero pronto llegaron las quejas: los coches no podían circular como antes, pues a la primera de cambio aparecía el barullo del árbol con su pandilla; además, se decía, los niños se reían demasiado y las personas serias vieron en peligro la seriedad de sus vidas. Las malas lenguas comenzaron a trabajar y pronto corrió por el pueblo que el árbol y el pajarillo constituían un peligro para todos, pues habían alterado las buenas -aburridas, decían los peques- costumbres del lugar en que nunca había pasado nada.
Los niños, ajenos a estas maquinaciones, aprendieron en pocos días muchas cosas sobre la vida y la naturaleza: la clorofila y su función, la vida de los bosques con su equilibrio en la cadena biológica, cómo las aves eliminaban a los insectos y éstos transportaban el polen, y hasta llegaron a aprender el lenguaje de la naturaleza, que era el que usaban el pajarillo y el árbol, lenguaje que los niños encontraron mucho más sabio que las palabras solemnes y vacías de los mayores, los cuales pudieron advertir, con temor, ese descubrimiento de los pequeños. ¡No!; no podían tolerar esas ideas revolucionarias y peligrosas! Reunidos, mientras que los niños no perdían un minuto para jugar-vivir aprendiendo con sus nuevos amigos, decidieron expulsar a los forasteros por considerarlos un peligro para los intereses de la comunidad, al igual que, hace muchísimos años, en un lejano país, hicieron a un bondadoso flautista. Una comisión de las gentes más formales entregó a los incómodos viajeros un documento con el acuerdo. Ni siquiera dejaron que los niños se despidieran de sus amigos.
Y entonces la vida volvió a sus cauces en el pueblo. Los mayores sonreían satisfechos dentro de la reconquistada rutina de todos los días, todos iguales. Pero la tristeza se apoderó de los pequeños, que no alcanzaban a entender la decisión de sus mayores. Al principio nadie se preocupó de ello; pero a las dos semanas de ausencia de risas y gritos, una sensación de malestar se fue extendiendo entre los mayores que veían que sus vidas serias y ordenadas se les hacía insoportable sin la algarabía natural de sus pequeños y hasta echaban en falta los berrinches y las peores travesuras de otros tiempos.
Y a pesar de las protestas de los vecinos más formales -que en el fondo también se sentían incómodos- decidieron tras largos debates pedir al pajarillo cantarín y al árbol caminante que regresaran. La alegría volvió a los pequeños... y al pueblo. Y lo que en principio fue una mera tolerancia basada en la resignación, poco a poco se fue convirtiendo en un respeto profundo hacia la nueva forma de vida y convivencia que los dos héroes de este cuento habían llevado al pueblo. Las relaciones entre los vecinos se hicieron más cordiales y naturales; la armonía desplazó a la maledicencia. Se respetaban y apreciaban y así aprendieron a respetar y amar a la naturaleza, y así la estudiaron, aplicando soluciones ecológicas en cosas tan cotidianas como el ruido, las basuras, los vertidos y el consumo. Y respetaron y amaron más a sus hijos. Porque los llegaron a conocer mejor. Los coches circulaban menos porque decidieron caminar más e incluso conducían de tal forma sus motocicletas que dejaban oír las risas de los pequeños, el rumor del viento y cómo no, el alegre trino del pajarillo cantarín que, dicen algunos viajeros, aprendió a saludar por su nombre a todos los vecinos del pueblo.

Y COLORÍN, COLORADO, ESTE CUENTO SE HA ACABADO
Avatar de Usuario
lencho el flaco
Pluma de diamante.
Pluma de diamante.
 
Mensajes: 1107
Registrado: Sab Jun 30, 2007 15:49

Volver a Cuentos Y Libros Infantiles

¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: No hay usuarios registrados visitando el Foro y 7 invitados

Foro de literatura Foro de BIBLIOTECA Foro de Cuentos Y Libros Infantiles