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Claryse

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Claryse

Notapor Dead Poet el Sab Jul 28, 2007 03:30

La copa yacía quieta sobre la superficie lisa de la mesa, el líquido color escarlata creaba pequeñas ondas en el centro que se esparcían hasta rebotar contra los bordes de cristal de la copa. Una mujer esbelta, con los ojos color esmeralda, la piel extremadamente pálida, los labios delgados, rojos como la sangre, y el cabello castaño tomó la copa entre sus dedos, le dio un sorbo al líquido rojo y giró completamente su cuerpo. Un hombre muy apuesto, con rasgos finos, el cabello rojo, completamente despeinado y los ojos azules la miraba desde las sombras. Él se acercó a ella y le robó la copa, le dio un sorbo y después besó a la mujer. Ella le devolvió el besó y en cuanto ambos se separaron ella dio media vuelta, le arrebató la copa y se alejó por uno de los pasillos laterales del salón. Caminó por un pasillo oscuro, alumbrado vagamente por la luz de unas cuantas velas esparcidas por la superficie rugosa de la pared. Ella recorría la pared con las yemas de sus dedos mientras que le daba pequeños sorbos al líquido rojo que obviamente era sangre. Ella dio vuelta a la izquierda y llegó a un salón de enormes proporciones de forma pentagonal. Las paredes recubiertas con estantes repletos de libros tenían un aire imponente que se acentuaba con la gran chimenea localizada en la pared más alejada de la puerta. La mujer entró, caminó hasta uno de los muchos sillones tapizados con tela de color violeta y se sentó, contempló el fuego por unos momentos y después acercó a ella una de las mesas cubiertas completamente por libros. Ella revolvió los libros hasta que encontró el que al parecer estaba buscando. Lo tomó con ambas manos y lo ojeó, no tenía ninguna palabra escrita, entonces, aventó todos los demás libros al suelo y abrió sobre la mesa el que estaba completamente en blanco, después, vació la copa completamente, consiguió una navaja, cortó un pequeño trozo de su muñeca y recolectó la sangre que se desprendió, en la copa. Se levantó y caminó hasta uno de los estantes, abrió una gaveta, eligió la pluma de un quetzal y regresó al sillón donde anteriormente se había sentado. Sumergió la punta de la pluma en la copa rellena de sangre y comenzó a escribir con su sangre en el libro:
“Mi nombre es Claryse, nací en un pequeño pueblo a las afueras de Moscú y he decidido, en este momento de mi vida, que lo más lógico para que mi historia perdure aunque yo muera, es escribir lo que me ha sucedido a través de ella. Como había ya mencionado antes, nací en un pueblo a las afueras de Moscú el 17 de Octubre y me avergüenza admitir que no recuerdo el año en el que yo respiré por primera vez. Mi madre murió durante el parto pero ella eligió mi nombre: Claryse. Eso es todo lo que recuerdo de ella. Después de su funeral fui llevada a Moscú donde me crié bajo el cuidado de dos amigas de mi difunta madre. Esas dos “señoras” si es que así pueden ser llamadas, eran seres repugnantes que consideraban la vida como un privilegio para quienes merecieran vivirla cómodamente pero claro está que yo, una niña refugiada en su mansión, no merecía vivir cómodamente así que como pueden comprender, mi vida fue miserable. La recámara en la que yo dormía tenía un tamaño extremadamente reducido y yo, cuando era pequeña padecía de claustrofobia, le tenía terror a los lugares reducidos, así que yo prefería no pasar mucho tiempo en mi recámara y muchas veces dormía a la intemperie. Cuando no estaba ocupada realizando tareas absurdas que las dos “amigas” de mi madre me mandaban a hacer, me encantaba pasear a caballo por el jardín repleto de fuentes, porque si, aunque no lo crean, en esos pequeños momentos libres que tenía, aprendí a montar, ese era el escape que tenía de mi vida. En esos cortos momentos me liberaba de la presión de tener que ser sumisa para conseguir un trozo de pan y algo de agua así que se puede decir que mi infancia valió ser vivida por esos pequeños momentos.
Mi relación con las dos mujeres que cuidaban de mí fue complicándose conforme crecí pues mi carácter era, y continúa siendo muy fuerte y muy autoritario y, para cuando cumplí dieciséis años, superé mi fobia y comencé a encerrarme en mi recámara. Cada vez que ellas entraban sin mi autorización, a pesar de que era su casa, ellas recibían heridas propiciadas por una pequeña navaja que había conseguido en la biblioteca. Así, ellas comenzaron a respetarme, mi vida se facilitó infinitamente y decidí viajar al pueblo. Me levanté una mañana muy temprano, fui con una de las dos mujeres que me cuidaban y le exigí que me diera dinero, ella accedió, creo que el miedo que me tenían era enorme. Salí de la mansión, elegí a mi caballo favorito y cabalgué hasta bajar la pendiente que me llevaría al pueblo. La recorrí velozmente y en un momento ya ahí, al llegar quedé maravillada; todo era tan diferente al lugar donde yo había vivido… todo era tan sencillo. En la mansión en la que había vivido todo estaba sobresaturado con adornos, espejos y estatuas pero el pueblo, el pueblo era diferente, todo tenía un aroma al hogar que siempre había buscado y que nunca había podido oler. Caminé entre las calles y olvidé por completo la razón por la que había llegado al pueblo. Me fui adentrando más y más en las calles hasta que olvidé como regresar. Ese día no volví a la mansión por la noche, vagué por las calle y después de horas de búsqueda regresé al lugar donde se encontraba mi caballo. Monté en su lomo y comencé mi camino a casa, llovía fuertemente y mi caballo, en el empinado ascenso resbaló. La siguiente cosa que recuerdo es haber despertado en la casa de Ádan, hombre con quien compartiría los siguientes cien años de mi vida. El me sonrió desde el primer momento, sus ojos azules se escondían tras su enmarañado cabello rojo, él dijo que el había salvado mi vida y que me había dado otra, que yo ya no pertenecía al mundo de los humanos y entonces me di cuenta de lo que sucedía, Ádan era un vampiro y desde ese momento yo era una vampiresa. Recuerdo que él me besó y dijo que estaba prohibido para los vampiros tener un romance con aquellos a quienes habían trasformado pero a el no le interesaba, me dijo que continuaría teniendo dieciséis años, mi edad actual. Me besó de nuevo y me enseñó a ser un vampiro. Me acompañó hasta la casa de las amigas de mi madre donde yo me había criado. Rompió la puerta y se guió por lo que él llamó “el olor de la sangre”. Llegamos al cuarto de una de las dos mujeres que me habían criado, se acercó a ella, la tomó del cabello y la mordió, drenó lentamente su sangre y después, cuando el cadáver cayó sin vida a el suelo de madera, el me guió hasta la recámara de la otra mujer. Ahí, teniendo enfrente de mi a la aterrorizada mujer, Ádan me enseño el arte de drenar la sangre. Al principio me pareció que terminar con su vida sería la venganza perfecta, pensaba, en ese momento que vengaría todo lo que me habían hecho y que su sangre me sabría dulce pero en cuanto drené la primera gota me dio asco, un asco enorme y entonces me di cuenta de cuanto repudiaba a esas dos mujeres. No me detuve, continué bebiendo su sangre y en cuanto terminé la aventé al suelo, pateé su cuerpo inerte y decidí que en esa mansión crearía mi hogar con Ádan. Desde ese momento muchas cosas cambiaron en mí. Montar a caballo pasó a segundo término y en lugar de eso comencé a decorar los jardines. Compré flores, rosas negras, para ser exactos, mandé a hacer estatuas de yeso y de hecho mandé construir invernaderos. Planté algunas flores al aire libre y planté otras en los invernaderos, les dedique tanto tiempo. Y entonces, mi hogar se convirtió en lo mismo que había sido antes cuando las dos amigas de mi madre la habían tenido bajo su cuidado. Me contradije a mi misma y cree un hogar justo como no lo quería pero esa nueva casa me pareció perfecta. Ádan me miraba cuidar mis flores, regarlas pero cada invierno ellas morían, todas y cada una de ellas morían. Por más que yo intentara mantenerlas con vida ellas morían y yo, por alguna extraña razón me aferraba a ellas. Ádan intentaba animarme pero invierno era la única época en la que yo recordaba mi vida pasada. El tiempo transcurrió y hace poco me di cuenta de algo, siempre necesitaba aferrarme a algo. Cuando era pequeña me aferraba a los caballos, así yo me sentía bien, cuando crecí, me aferré a las flores pero qué puedo decir, dejaron de interesarme. Ayer, a esta misma hora, destruí todo lo que había construido; las estatuas, las flores, las esculturas y busqué algo en qué consolarme. Tengo conmigo a Ádan pero necesito algo. Él no quiere que haga esto, el no quiere que yo siga a mis instintos pero sé que estoy lista para dar el siguiente paso, estoy lista para elegir a la primera humana a quien yo transformaré en un vampiro. He decidido que será una niña, pues en este momento de mi vida quiero tener a alguien conmigo a quien pueda llamar hija. He espiado el pueblo por las noches. La fascinación que sentí la primera vez que vi el pueblo se ha transformado en envidia y es como si quisiera arrancarle algo. Hay dos niñas sin familia que vagan por las calles, son las hijas de la ciudad y sus nombres son Samanthe y Tabathia y ellas serán desde esta noche… mis hijas.

En ese momento, Claryse cerró el libro, la sangre en la copa con la que había escrito su historia estaba casi vacía. Ella regresó al salón donde antes había visto a Ádan. El continuaba ahí, Claryse se acercó a el y fue ella quien lo besó. Él la miró preguntando, sin decir una sola palabra: “¿Estas segura de que harás esto?” Claryse asintió dándole a entender que había entendido el mensaje de su mirada. Él la abrazó, ella supo en ese momento que él la apoyaba. Ambos se dieron la mano y entrecruzaron las miradas para salir caminando lentamente de la casa. Dos caballos los esperaban a la entrada de la casa. Uno negro y uno blanco. Ambos montaron y le dieron pequeños golpes a los caballos con lo que aceleraron el paso. El empinado descenso los guió al pueblo donde estaban las dos niñas acurrucadas muy juntas para intentar sobrevivir del frío. Claryse se acercó a ellas, las despertó suavemente y después, las mordió intentando que el dolor de la mordida fuera el menor posible y después, tras pronunciar una maldición, ambas niñas se volvieron vampiresas. Claryse las miró orgullosa y dijo: - Observen ahora ustedes el mundo con su mirada de vampiros.-
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