por Simkin el Vie Ago 15, 2008 05:32
Hipotético extracto de un libro cualquiera de biología para chicos de instituto: «Diferenciamos organismos vivos de materia inerte cuando los primeros tienen la capacidad de reproducirse y extenderse de forma dinámica. La vida comenzó cuando varios organismos sumamente simples se fusionaron formando un organismo más complejo que disponía de nucleo celular y tenía la capacidad de duplicarse, desarrollándose así formas y seres más complejos a lo largo de miles y miles de años de evolución».
Toda esa palabrería carece de significado (superficial, si acaso) simplemente porque no somos capaces de entenderla. La vida no se puede explicar con palabras. Es absurdo.
Por un momento olvidémonos de cierta terminología científica. Afrontemos el concepto desde otra perspectiva. Haz una cosa: Estate quieto/a. Relájate y cierra los ojos lentamente.Respira de forma sosegada, sintiendo cómo sube y baja el abdomen. Ahora, mueve despacio tu mano derecha y pálpate la cara, recórrela suavemente. Sí, eso es vida. Ese chispazo infinitesimal que sacude aquello que hace tiempo los antiguos griegos y ahora los fumahierbas orientales llaman Alma, Espíritu, lo que sea.
Surge a veces toda una asfixiante retahila de porqués. ¿Por qué estamos aquí?
Contesto a esa pregunta formulando otra: ¿Es la vida un proceso accidental o fundamental? Es decir, ¿La vida es fruto del azar, o por el contrario está dentro de un Todo, en un orden absoluto, fundamental?
Voy a esbozar de forma peregrina un razonamiento basado en la lógica aristotélica para contestar esta pregunta. Sonará embarullado y carente de sentido, pero ahí va: Si ha sucedido (la vida), es porque no es imposible. Si no es imposible, quiere decir que la vida parte de lo posible, que a su vez tuvo su origen en lo fundamental (Big Bang), luego, concluyo que la vida es fundamental.
Soy de la opinión de que es imposible que la vida quede relegada a un plano tan mediocre como para llegar a considerarse casual. ¿Cómo va a ser casual “algo” que es capaz de transformar e interaccionar con todo este vasto espacio? En un futuro probablemente seamos capaces de hacer estallar estrellas con un chasquido de dedos prácticamente. Entonces me niego a aceptar que la casualidad pueda alterar de esta manera el cosmos, que al fin y al cabo parece que nos resulta lo absolutamente primigenio y primordial.
Suena estúpido decirlo, pero a efectos pragmáticos, no conocemos otra forma posible de ocurrir las cosas. Evidentemente no sabemos de otras realidades, lo que nos hace sentirnos en cierta forma privilegiados. ¿Por qué no pensar que Todo (y cuando digo Todo es todo) se debe a nosotros?
Estamos en un hermoso y habitable planeta, en una especie de chalet de la periferia llamado Sistema Solar dentro de la Vía Lactea. No conocemos otras formas de vida más “privilegiadas” que nosotros. Entonces, ¿Por qué no pensar que Nosotros somos la vida, y que para nada es un accidente fruto del azar?
Ahora sí, volviendo al quid de la cuestión, al escuchar la pregunta de ¿Por qué estamos aquí?, a todos nos recorre el cuerpo un calambre de tintes tenebrosos. Un calambre que nos enseña la patita de un monstruo enooorme, pero que somos incapaces de contemplar en su magnitud. Juguemos a responder una pregunta con otra. ¿Y por qué no? Vuelvo a posicionarme fieramente en lo que en las matemáticas se conoce como “Reducción al absurdo”, lo que significa que para encontrar la solución a algo suponemos el contrario de lo previsto. Si queremos hallar una incógnita X, suponemos –X a la espera de encontrar ciertos conflictos que desbaraten la teoría. Entonces, al preguntar la antítesis a la pregunta original, que vendría a ser ¿Y por qué no podemos estar aquí? No sólo no encontramos trabas, sino que, poniéndome otra vez en plan simplista, podemos pensar “Nadie nos ha impedido estar aquí”. Es que, realmente (y ahora pido atención) puede que las cosas no puedan hacerse de otra manera. Y remarco eso último.
Estamos acostumbrados a vivir en un mundo bipolar. Todo lo clasificamos en los extremos de una imaginaria línea recta. Blanco y negro, el bien y el mal, la muerte y la vida… Pero es que puede que no haya un estado contradictorio al hecho de estar aquí. Y si estamos aquí es porque no hay otro estado posible. Quizás no todo se reduzca a un estar o no estar, sino lo realmente importante sea la manera de estar. Somos muy antropocéntricos en este sentido. ¿Acaso no hay otras maneras de consciencia, de estar? ¿Cómo sabemos que una estrella no es consciente, a su manera? Lo mismo para cualquier elemento. Lo dicho, creo que no todo se reduce a una pregunta que busque afirmación o no: ¿Estamos o no estamos? ¿Sí o no?, sino que realmente la pregunta sería: ¿Cómo estamos?
(¿Cómo están ustedes? ¿Bostezando?)
¿Qué es realmente este gran universo?
Siempre me he preguntado algo que puede sonar realmente absurdo:
¿Por qué el universo es así? ¿Por qué no tiene la forma de, por ejemplo, una enorme paella valenciana?
Los mejillones podrían ser las nebulosas, los guisantes una supernova apunto de estallar, los calamares un cometa surcando el espacio, y los granos de arroz, cada una de las estrellas. Quizás en esa hipotética realidad las paellas valencianas tendrían la forma del universo actual, y comeríamos planetas, estrellas, galaxias, etc.
Tanto una cosa como la otra son igual de absurdas partiendo de la base de que no conocemos el porqué de la configuración actual. Es INEVITABLE pensar tímidamente en que si algo ocurre de una determinada manera, es porque así lo ha decidido una mano ejecutora.
¿Y ésta quién es? ¿Tiene nombre y forma? ¿Podemos rendirle culto paganísticamente o le tuteamos? Quién sabe. A lo mejor ocurre algo parecido a lo que comentaba antes. Estamos acostumbrados a pensar que las cosas suceden como consecuencia de diversos actos. Puede que el universo sea así simplemente porque… porque sí.
Parece que últimamente, al ritmo que vamos descubriendo nuevos planetas y nuevas constelaciones e incluso galaxias, nos vamos pensando inocentemente que sabemos ALGO de este universo. En verdad no tenemos ni idea de qué sucede más allá de las cuencas de nuestros ojos. De hecho todavía no sé si el universo se expande o se contrae. Hay épocas en las que los científicos dicen que el espectro lumínico de las galaxias se corre al azul (se alejan) y otras al rojo (se acercan).
Pero supongamos el primer caso, que es el que parece más asentado . El Universo se expande sin que podamos hacer nada. Bien. Nos vemos conducidos a un escenario inmenso (más aún de lo que ya es), donde cada galaxia, incluso cada estrella (y me atrevería a decir átomo), estarán tan lejos entre los unos de los otros que inexorablemente se verán condenadas al mayor de los ostracismos, a vagar en medio de la Nada, apagadas, en un vacío tan mayúsculo que asusta sólo de pensar en él.
¿Y entonces qué? Quizás antes de llegar a expandirse demasiado, se dé el fenómeno conocido como Big Crunch, o gran recesión, en la cual toda la materia sería conducida a un nuevo estado inicial, o Big Bang, y a partir de ahí… “lo de siempre”. Universo oscilante le llaman. No es una teoría descabellada. Pensemos que las leyes gravitacionales que se dan en la tierra parece que también se cumplen en el espacio, y podría llegar algún momento en el que esa fuerza descomunal de la Gran Explosión entrase en recesión, algo parecido a un yoyó.
No obstante, aun cuando nos vemos incapaces de comprender la naturaleza de nuestro propio universo, impera últimamente la idea de que existen infinidad de universos paralelos. Y no es descabellado pensar en ello.De hecho se puede “demostrar” que existe más de un universo, gracias a la computación cuántica.
¿Y estos universos qué son? Podemos pensar que en cada instante (la cantidad más infinitesimal de tiempo que se pueda dar), se generan infinitos universos, uno para cada estado posible de la materia. Puede que exista un universo donde yo ahora no esté escribiendo esto, sino que esté fornicando con una afamada actriz holleywoodiense (buen universo ese), u otros universos donde por fruto del azar no tenga dos ojos sino veinticinco. Son ejemplos exagerados, para hacer ver las infinitas posibilidades que se generan si realmente, como dice la entropía cuántica, no se puede preveer el movimiento de los electrones.
Pero voy a terminar con esta pregunta sobre la naturaleza del universo, haciendo referencia vagamente a una idea metafísica que me encanta (solipsismo). Antes había esbozado ya a Aquel que mueve los hilos, llámese (Inserte aquí el nombre de su divinidad favorita). Ése (dios) realmente creó el universo, y Ése realmente es lo único verdadero y absoluto (suponemos que no tiene ni padres, ni jefes, ni nada por el estilo de orden superior). Ahora bien, si como apuntaba antes la vida es un proceso fundamental, y nosotros, nuestra propia psique, es lo único “verdadero”, lo único de lo que tenemos constancia, entonces el universo quizás pudiera tener más relación con nosotros mismos de lo que podamos imaginar. Puede que el universo se trate del sueño de mi vecino de abajo. O de mi propio sueño.
Pero da tanto miedo despertar…
¿Qué somos nosotros?
La idea de la vida está asociada con nosotros mismos, con nuestro Yo, pues de forma antropocéntrica nos sabemos, no sólo vivos, sino más vivos que nadie.
Nuestro concepto de Yo es muy relativo. A veces miramos al cielo, hacia las estrellas, y nos sentimos en comunión con toda esa inmensa bóveda celeste, como si formasen parte de nosotros. ¿Por qué no pensar que es así? Nuestro cerebro nos otorga este concepto de individualidad simplemente para facilitarnos las cosas, para hacer más manejable el “paquete”. Sin embargo, nosotros mismos somos una especie de ecosistema, para nada únicos e indivisibles. Estamos formados por multitud de órganos de muy diversas funciones, movidos por células que se disponen y se comportan de forma dinámica. De hecho en un plazo de unos 10 años, la biología nos dice que cada una de nuestras células habrá desaparecido para regenerarse. A efectos biológicos seremos alguien completamente distinto (parece ser que también se renuevan las neuronas, por lo que nuestras conexiones nerviosas, nuestros pensamientos, deberían variar también). Por lo tanto nuestro concepto de individualidad permanente queda muy en entredicho. De esta manera podemos extrapolar la idea al mundo más global, al mundo de nuestro entorno. Lovelock habla en su teoría de Gaia de nuestro planeta Tierra como un ente común viviente, que alberga a multitud de organismos viviendo en armonía y provecho común; de hecho podemos pensar que el ser independiente de nuestra biosfera está muerto. Todos necesitamos los unos de los otros, y quien se muestre individualista biológicamente hablando está condenado a desaparecer.
Pero por qué no podemos considerar esta teoría global de Gaia, de la biosfera superior, más allá de las estrellas. Quizás todo sea un Yo sumamente enorme y nosotros no seamos sino minúsculas células.
Haciendo un primer inciso en el tema de la muerte, por qué no pensar que como “células” que somos, la muerte no suponga simplemente una regeneración necesaria para beneficio del ente superior. Claro, queda para la especulación si esa regeneración viene acompañada de nuestra propia psique, o nuestra “identidad” más íntima se pierde en el fin del tiempo y el espacio para siempre.
A veces me pregunto hasta qué punto un pequeño organismo microscópico es consciente del aquí y ahora, de quién es realmente. Quizás se mueven por instinto, pensamos. En cambio los primates o los delfines nos parecen animales lo suficientemente complejos para ser conscientes de su realidad ¿O por el contrario la dejamos sólo para los seres humanos? Pero hay seres humanos que por minusvalías psíquicas presentan comportamientos un tanto “animalescos”. ¿Entonces ellos no son conscientes de su realidad? ¿Dónde queda la barrera? ¿Hay alguna especie de frontera del Bien y del Mal en cuanto a nuestra percepción de la realidad, o por el contrario, todos estamos “igual de vivos” a efectos globales?
Siguiendo con el concepto del Yo y de nuestra realidad, pensemos en el proceso de fecundación humano, mismamente. Imaginemos que en el último momento el espermatozoide que estaba predestinado a fecundar al óvulo sufre una especie de “esguince de tobillo (o de flagelo)”, como los corredores cuando se caen a punto de cruzar la línea de meta. De esta manera otro espermatozoide entre los millones de aspirantes consigue el gran propósito. Probablemente el ser que surja fuese muy parecido a mí. PERO NO SERÍA YO. O al menos eso creo. Es una diferencia tan sutil que asusta.
Desde ese momento, el momento de pensar lo frágiles que son los cimientos de nuestra identidad, nos vemos abocados a asumir que sólo somos una hormiga más en la colonia.
Pero, ¿Quién es la reina?
Chuang-Tzu soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que había soñado ser hombre.