por Amelie el Mar Ago 19, 2008 22:10
A mi gran amigo Charles Dickens, que tan maravillosos y divertidos ratos me ha hecho pasar, y que seguiré pasando a su lado.
De cómo la divina providencia hizo caso omiso de la cruel y cruda lógica, en la que los desarraigados, pobres y arrastrados personajes de la baja sociedad jamás tendrían la posibilidad de cambiar su condición o suerte, y contra todo pronóstico, fue capaz de cambiar la vida de un muchacho nacido y criado en los pesares de una sociedad justa y equitativa.
Era nuestro amigo Pedro un muchacho desgarbado y de corta estatura, víctima de la altruista y humanitaria sociedad de dispendio y despilfarro que se vivía por aquel entonces, que considerando la gordura y el exceso propios de adinerados y honorables, racionaban las viandas para que no se acostumbraran a la opulencia los desheredados y gañanes. Y siendo el menor de diez hermanos, todos varones, y teniendo en cuenta la muy buena salud que gozaba la familia, el protagonista de esta historia no la gozaba tan buena, de padecimientos que sufría sintiéndose solo y desamparado. Pero no había sido abandonado al azar ni con premeditación, no, sino que el resto de la familia andaba pasando por esos años unas largas vacaciones concedidas por el Estado a cambio de sus buenos servicios para la comunidad, con todos los gastos pagados, cama, comida, ropa, y demás delicias para cualquier espíritu adolecido, en un lugar de la costa cuyo nombre era El Presidio de San Esteban, harto conocido por su ambiente festivo y bullicioso, y por las buenas y gratas amistades que allí se cultivaban, pues de todos es sabido que el trato y la comunicación hacen crecer el apego y la querencia. Eran estas unas grandes vacaciones, otorgadas a raíz de una brillante idea del hermano mayor, que quiso el destino compartiese con el resto de la familia, y siendo del agrado de todos ellos, se apropiaron indebida y desordenadamente de los fondos reservados en el Banco Federal de la ciudad para el pago de las nóminas de los mineros, con lo que en algún momento de su consecución, y por algún pequeño fallo en un plan urdido y alimentado por la hambruna y la necesidad, todas las rejas y cancelas que custodiaban dicho bunker cayeron estrepitosamente sobre ellos, sin que tuviesen ninguna posibilidad de cambiar de aspecto y salir como si tal cosa. La suerte estaba echada, y por fin podrían comer y beber, pasear, y alternar con la alta sociedad. Pero Pedro era demasiado pequeño, y no había sitio para él. Quedose huérfano y solo en la vida, sin mas compañía que la de su perro Simón, y el sonar de las tripas de ambos cuando apretaba la necesidad.
Y así pasaron dos años, de libertad, de disciplina personal, de aprendizaje obligado, de crecimiento personal, en fin, felicidad que cualquier chico de su edad hubiese deseado para él.
Y quiso la suerte que nuestro rapaz hubiese aprendido las artes del buen hacer en la mejor escuela de la vida, entre pillastres y sabios ilegitimados, en las callejuelas ennegrecidas y salvajes del barrio más humilde de la ciudad. Si no hubiese sido así no habría podido superar el trance que estaba a punto de vivir.
Pues estaba nuestro héroe una mañana en el mercado, estudiando pormenorizadamente y exhaustivamente la mejor manera de poder llegar a masticar cualquier manduca que anduviese abandonada como él, y sin previo aviso, repentinamente, una gran estampida de personas y animales provocaron el horror y el desorden, mientras una vorágine de gritos y de palos, de sacudidas, de collejas, de lloros y sofocos alcanzaba a los más débiles y hambrientos. E intentando aprovechar tan caótico descuido, que más tarde conocería que había sido provocado por unos rapazuelos descarados que robaban a su antojo conchabados entre sí, metiose en medio de aquel barullo, deseando que por una vez la suerte estuviese de su lado, mientras llenaba sus bolsillos de exquisitos manjares pisoteados y marchitos que habían quedado sin dueño. Y sin más explicaciones, vio como una multitud avanzaba hacía él con sus caras desencajadas y la furia de sus ojos afilados atravesándole como si fuese de papel, y no tuvo más remedio que huir.
Y corrió y corrió, y no miró hacia atrás hasta que llegó a su mal llamada guarida, pues ni puertas tenía. Y casi le pareció que todo un ejército de alguaciles, gendarmes, guardias y agentes que provenían de todos los lugares del mundo entraban a la misma vez, armados hasta los dientes, fusiles al hombro, y repitiendo con gran aspereza e irritación el nombre del muchacho, como si se tratase del mas deshumanizado y el mas fiero de los asesinos, entrando en el cuchitril, poniéndolo todo de vuelta y media, rajando paredes, rompiendo todo cuanto se presentaba a su paso, aterrando a ratas y cucarachas, pisando y pataleando todo cuanto estaba a su alcance. Hasta el baño pequeño y maloliente fue saqueado de inmediato, no dejando en su lugar ni el papel de las paredes.
Pero nuestro pequeño muchacho había escapado por un ventanuco sin marco ni cristales, que daba justamente a lo alto del palomar, y encontrándose encaramado a una pequeña torreta en la que aparentemente solo cabría una lombriz, temblando aterido, muerto de hambre, muerto de miedo. Tal era su costumbre de esconderse en dicho lugar cuando su padre le buscaba con el cinturón o cualquier otro instrumento de repartir amor y enseñanza, en cualquier día de borrachera, que ni el peor de los huracanes podría haberle arrancado de allí. Y quiso la mala suerte que uno de los guardias con cara de mala bestia, enjuto, arisco y desagradable, se asomó por el ventanuco, sin verle ni oírle. Y cuando ya estaba a punto de volver sobre sus pasos por la falta de visibilidad, y por la asquerosa suciedad y mugre que envolvía el lugar, y que se le pegaba a las manos y a la cara, quiso la mala suerte que a nuestro protagonista se le resbalase el zapato derecho, que le tambaleaba en el aire por la falta de espacio y de cobijo, y por la falta de cordones, y dibujando en el aire una extraña circunferencia, fue a aterrizar directamente en toda la enorme y roja calva de nuestro policía, haciéndole proferir un profundo e histérico grito de furia, y fue tal el estruendo y la desbandada general de bichos y aves desaforados, que no pudo por muy ciego que estuviese nuestro guardia dejar de verle allí escondido, con la cara espantada y aterrada por el miedo, los ojos casi desorbitados y la boca fruncida y apretada en un grito de silencio asolador.
Abalanzándose el forzudo militar sobre el chiquillo, que parecía una palomita sobre un alfiler, como si en ello le fuese la vida, y no habiéndole sino rozado el desnudo y negro pie que colgaba de la baranda, vino a desplomarse el hombre con todo su cuerpo enorme y desgarbado, y quedose enganchado de la cincha de sus pantalones en unos cordeles oxidados y enmohecidos que atravesaban toda la tejada de la casa desde la última guerra.
Y hete aquí que nuestro chico, tan asustado estaba y tan desesperado, y tan grande era su corazón, que de repente pegó un brinco, realizando una pirueta desmedida para su peso y su tamaño, y agarró al hombre de hierro que había intentado arrebatarle la libertad, e ingenioselas para engancharlo por las sudadas y descoloridas axilas, salvándole así la vida de una muerte segura.
Y tan agradecido quedó nuestro perseguidor, que no solo convenció a sus compañeros de que allí no había nadie, y mintió, justificando la cara blanca y helada que se le había quedado después del susto, y les contó como en un alarde de valentía había subido hasta los tejados en cumplimiento de su deber para encerrar a ese mal nacido, sino que una vez que se marcharon, y fue llegando la noche, nuestro guardia volvió a por el chico, y conociendo de primera mano la triste historia de soledad y privaciones que la vida le había deparado, le llevó a su casa, donde fue adoptado y tratado como un hijo más, siendo por fin el más feliz de los infelices.