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CARTA EXPLÍCITA DE UN VERANO CUALQUIERA...

La mejor forma de dar a conocer tus escritos.

Moderadores: Yolanda, Colaboradores

CARTA EXPLÍCITA DE UN VERANO CUALQUIERA...

Notapor Rimbaud el Vie Ago 24, 2007 00:04

Querida amiga:

En Torrenueva cada medio minuto llegaba el olor del mar construido y anatómico como las piezas de un cangrejo. Respiré. Nada era aún misterioso, el dolor del pueblo era un puro pretexto para una estética de la objetividad. Volví a respirar y esta vez cerré los ojos; no por misticismo, no para ver mejor mi yo interno, como podríamos decir platónicamente, sino para la sola sensualidad de la fisiología de mis párpados…

Este verano, nada más llegar, tiré con tremendo entusiasmo y fuerza, mi teléfono móvil al mar, al principio, un poco abotargado por la pesadumbre de la contaminación, pero finalmente la idea fija de permanecer libre por unos días me hizo vibrar, lo que me llevó al final hundimiento de las llamadas. Quedé, por tanto, ausente; algo que llevaba planeando tiempo atrás. Me dije: Joven ingeniero, el primer secreto de tu arte reside en la sola contemplación de ti mismo hacia adentro hasta que llegues a la curiosidad perfecta de tus inventos. Y así hice.

Más tarde, cuando estudiaba en las terrazas cerradas hasta las horas del tapeo en el hermoso paseo, me di cuenta del sollozo del mar, siempre repetitivo, pero diferente. Lo escuché. Me habló de su incomodidad ante el esbozo tremendo dibujado sin avisar sobre el lomo perfectísimo de su curiosidad plateada. Me dije: Joven poeta, el segundo secreto de tus versos reside en los latidos perfectísimamente acompasados por la naturaleza que te rodea, así pues debes dejarte llevar por el instinto propio de tus antepasados para conocer los recorridos grises de la luna. Y así hice.

Un día, cuanto contemplé extasiado los movimientos memorizados y abnegados de mi madre en la cocina, preparando con perfecto amor la comida de un mediodía cualquiera, pude diferenciar el olor de los preparados del inconfundible y comestible aroma de las manos de mi madre: sus manos gruesas, cuya sangre circulatoria me recordó, sin duda, las sublimes mareas de su tacto sobre mi estómago enfermo cuando era niño. Me dije: Joven cocinero, el tercer secreto de tu alma reside en el aplauso completo, en las orillas de sonrisas que procuras para con el ser que te alimenta hasta llegar a diferenciar el olor del mar de la propia agua que consigo lleva. Y así hice.

Una tarde, por explicación precisa, descubrí un recodo desde donde el sol se despide con su mano más abierta y coloridamente preciosa que jamás haya visto, reconociendo en su abismo la corola dibujada de entornos de fuego por donde a veces escapa, por compasión, la luz para llegar hasta nosotros. Sencillamente me dejé quemar y me dije: Joven astrónomo, el cuarto secreto de tus aspiraciones astronómicas consiste en el reconocimiento planetario de los seres como integrantes indispensables del vals que tiene lugar en el universo. Y así hice.

Una noche, cosa inaudita, cámara en mano, retraté con increíble eficacia el momento del beso de mi hermano con su novia sin que ellos lo supieran. El resultado, apenas superable por las mejores pinceladas de Velásquez, me permitió, por unos instantes, recrear aquel beso para hacerlo auténticamente mío, hecho aplaudido por muchos comensales que combinaron su comida con un poema dedicado a la ocasión en una barbacoa en el terreno magnífico que es rincón para el pensador. Así pues me dije: Joven fotógrafo, el quinto secreto de tu plasmación fotográfica reside en el momento precioso en que nadie te ve, pues es en esos instantes es cuando la realidad se torna casi surrealista, lo que permite la descarga electrónica del momento idóneo.
Un día de olas, muy temprano y, aprovechando el sedimentado liso de arena húmeda, conformé sobre los granos una imagen previamente grabada en mi mente de un día cualquiera en la playa. El hecho de que la escultura casi subterránea fuera admirada por decenas de bañistas que consiguieron, sin precedentes, pinchar su sombrilla, a escasos centrímetros de la genial disposición de mis sueños, configuró en mi alma un éxtasis similar al nacimiento, a la bienvenida a este mundo. Así que me dije: Joven escultor, el sexto secreto de tus manos está en el cuidado selectivo que hagas con el tacto de la materia que toques, así pues, así como el ser humano es exactamente igual que la tierra que pisa, tus manos deben hacerse del mismo material que logren transformar. Y así hice.

Una tarde que marché a dibujar justo en el entrante rocoso más cercano a mi apartamento, una joven silenciosa me contempló varios minutos hasta que se decidió a proponerme un retrato de ella misma, cosa que acepté con sumo gusto. La disposición de su cuerpo hermosísimo sobre las rocas pseudos-artificiales permitió, no sólo unos trazos cercanos a la perfección de su figura, sino también a una visión poética de su estancia. Por consiguiente, me dije: Debe saber, joven pintor, que el séptimo secreto de tu arte reside en las simpatías y antipatías de tu retina, en el modo con que tú alimentas a ésta diariamente. La cárcel ideal para los delicados ojos del pintor es, por consiguiente, la de la vegetación y la mejor de todas las vegetaciones es la de los olivos combinada con el mar. El mar asintió. Y así hice.

Un día llegó el momento, sí, ese momento en que uno tiene que decir adiós a las siete reglas básicas de su entusiasmo. Mi madre lloró en mis brazos como hacía tiempo que no lo hacía, pues el surrealismo desarrollado por mí en estos días alcanzó tal grado de disposición para con el amor, que muy pronto se hizo amor puro y el hecho de deshacernos de él nos provocó a ambos tal grado de tristeza que ella me besó con sus lágrimas y yo las derramé en los casi seiscientos kilómetros de vuelta.

Una vez de vuelta en Madrid, conocedor de tu paso rápido a escasos metros de mi estancia en Torrenueva, una vez que la comida se tornó en raudas disposiciones de alimentos sobre la mesa, cuando en mi nuevo móvil (un regalo de mi hermano) pude leer tus mensajes (te mandé uno con motivo de tu cumpleaños), decidí un día resumirte este verano que representa para mí el más grandioso y venerado por siempre y para siempre. Y así hice, en este pasado que así será cuando te llegue, en este ahora.

Un beso.
Los corazones no se rompen, sólo se doblan.
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Rimbaud
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Notapor Irulan el Vie Ago 24, 2007 01:44

Joven Rimbaud, si es cierto que hay cosas que ni tan siquiera pueden explicarse con ese surrealismo que te apasiona, no sólo actúas como observador maravillado y senda en esta carta, sino como hacedor y tu propio demiurgo (otra referencia al platonismo, ya que estamos).
Los jóvenes que se quieren se besan de pie, apoyados en las puertas de la noche. (J.Prévert)
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Irulan
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