amartido esta leyendo Kafka en la orilla  

             
  Últimos temas
Aprendí a Sufrir, de Mateu Carrió....

Título: Aprendí a Sufrir. Autor: Mateu Carrió. Editorial: Ediciones del Serbal. Precio: 15€. Páginas:


NADA ES ETERNO...

Paul Ferdinand es un administrativo que trabaja en la administración pública adicto al tabaco. A sus cuarenta y tres años se le acaba de ...


EN LAS PUERTAS DEL INFIERNO...

Liam Beckett llega a su pequeño apartamento después de un día de trabajo y recibe una llamada impregnada de misterio de su mejor amiga, K...


Certamen microrrelatos para blogger...

Puede que este certamen de microrrelatos para bloggers le interese a alguien. Aquí podéis las bases del concurso: http://www.ven...


  Últimos post
Re: Aprendí a Sufrir, de Mateu Carrió....

Título: Aprendí a Sufrir. Autor: Mateu Carrió. Editorial: Ediciones del Serbal. Precio: 15€. Páginas:


Re: La Caída De Los Sueños...

Suerte con el libro Carmen, tiene muy buena pinta....


Re: Si eres nuevo...

Si eres nuevo en un sitio, te sientes desubicado y triste. Yo sé de esa sensación, criminal en el ensañamiento de la soledad. Si es usted...


Re: LISTA NEGRA...

LISTA NEGRA: En este apartado sólo caben nuestras tristezas, las historias horribles que vemos por televisión, el agregado nost...


  Lo más comentado
¿Qué estáis escuchando en este momento?...

Yo estoy escuchando "The Fairy Queen" de Henry Purcell para un examen que tengo en Septiembre ...


LISTA NEGRA...

LISTA NEGRA: En este apartado sólo caben nuestras tristezas, las historias horribles que vemos por televisión, el agregado nost...


LISTA BLANCA...

LISTA BLANCA: En ella cada uno contará experiencias dignas de la pureza, la alegría, el bien, el amor, la exaltación pura y su...


¿qué libro estais leyendo ahora?...

Estoy acabando de leer "Pepita Jimenez" novela epistolar de Juan Valera, escritor de Cabra, un pueblo de Córdoba. Cuando termine ...


 
             

Agarré las botas mojadas por la garganta

La mejor forma de dar a conocer tus escritos.

Moderadores: Yolanda, Colaboradores

Agarré las botas mojadas por la garganta

Notapor Lolita el Vie Jul 06, 2007 12:46


BOTAS

Agarré las botas mojadas por la garganta y las dejé sobre el felpudo, mirando hacia el primer escalón. Odiaba las agujas despeinadas de aquel “wellcome”. Los felpudos siempre están sucios. Nunca he ido a comprar ninguno, pero me los imagino ya sucios, algo así como los yogures naturales azucarados. Me sentía estúpida cada vez que pataleaba sobre aquella alfombra siniestra. Miré las botas y decidí girarlas180 grados, después de todo esa era su próxima dirección. A Ellas nunca les gustaron. Nunca lo manifestaron abiertamente, pero yo lo sabía. Tenían esa estúpida manía de decírselo todo con la mirada. Me reventaba aquella complicidad. Yo no formaba parte de esos jueguecitos, vivíamos separadas por el impenetrable muro del tiempo. Estaba lejos, lejísimos de toda aquella parafernalia de lenguajes secretos, y a pesar de no llegar a comprender ni la mitad de lo que llegaban a decirse, me aterraría llegar a saber traducirlo, pues significaría que había entrado en su zona. El caso es que siempre las habían odiado. Quizás por eso me las ponía tanto. Las había comprado invitada por Kubrik, para convertirme en druga oficial. Si por mí fuese subiría al piso con ellas, pero no podía permitirme ese lujo, debía ser silenciosa. Tenía los calcetines rotos. Era patética. ¿En qué clase película se había visto una asesina con semejantes tomates? Así no había quien se hiciese respetar. Pensé que era mejor quitármelos. Me senté en el segundo escalón y dejé los calcetines sobre las botas. Me mareé un poco ante la rapidez de la subida y recordé que tenía que ser menos impulsiva. Me aparté el pelo de la cara dejándolo tras las orejas y empecé a subir de puntillas. Noté como se me pegaban los dedos sobre el mármol. Estaba friísimo. Maldita sea, no estaba aun ni dentro de la casa y no había más que complicaciones… Tendría que haberlo hecho en verano.

Continué caminando y al llegar al primero, me detuve sobre la puerta I. Allí vivía desde hacía solo un par de semanas una peculiar pareja. Ella era una rubia rubísima y el acento y el azul gélido de sus ojos no dejaba lugar a dudas de su extranjería. Siempre la había visto fumando. Tenía una forma muy especial de sostener el cigarrillo, parecía que la mano era independiente de su cuerpo. Resultaba, más que elegante, hipnotizador. Es como si aquella extremidad viviese ajena a la existencia de su dueña, sobrevolaba sus pasos con natural prepotencia, como si no le influyesen el paso del tiempo ni el movimiento.

Una vez tuve una muñeca igualita a ella. Tenía un abrigo ridículo. Era rosa con lunares negros y tenía pelo en el cuello y las mangas. Venía con un gorrito del mismo material, pero no me llevó ni dos días perderlo. Lo que le hacía ganar puntos en absurdo era el hecho de que fuese de manga corta. Un abrigo de manga corta. Como llevar sandalias con calefacción. Será que no sé apreciarlo porque suelo quedarme con la cara a cuadros cada vez que veo en la tele modelos ultra delgadas con macetas en la cabeza. Pero el caso… Mi vecina era la única persona al alcance de mi olor que se parecía a alguna de mis muñecas. Salvando las piernas kilométricas y la cintura de anchura a la par que el cuello, claro.

Además de aquellas manos tan especiales, el abundante maquillaje y el pasmoso volumen de sus pechos la habían hecho famosa en el barrio. Criticada por unas, dueña de las fantasías de otros… Siempre había sitio para ella en las tertulias cafeteras y etílicas de la zona. A mí ni me molestaba, ni me excitaba, ni quería ser como ella. Cada vez que la veía no podía evitar imaginarla caminando con los brazos tiesos doblados en ángulo recto. Como una locomotora, dejando un hilito de humo.

Su marido era un negro rollizo, rizoso y bajito. Al contrario de lo que todos decían, a mí me parecía que hacían una pareja estupenda. Daba gusto verlos pasear los domingos. Ella con mini falda y taconazos recogía el pelo en una coleta bien alta y, a 20 cm de su blanca nariz, él con su camisa roja abierta un botón más de lo estéticamente soportable y el pelo con gomina y peinado estratégicamente para mostrar los 30 minutos malgastados frente al espejo. La contradicción hecha carne paseaba por mi acera. Él solía llevar el carrito, orgulloso de los meneos de la chimenea rubiales. Yo pude ver al pequeño una vez y me pareció bastante guapo. No me gustan los bebés. Me ponen enferma los balbuceos que los adultos les dedican con mucho cuidado de no llegar a sobrepasar la capacidad de raciocinio que pudiera tener el pequeño. A veces creo recordar lo que me hacían a mí. Sé que es imposible, pero es una pesadilla intensísima. He de reconocer que aquel no solo no estaba mal del todo, sino que puedo decir que me gustaba. Tenía la tez morena y los ojos cristalinos de su madre. Una carita rechoncha y una mirada tan satánica y calculadora como angelical y tierna. No sé si la sonrisa llegó a traspasar mi piel… No se me dan bien estas cosas así que a pesar de lo que me gustaba el pequeño no fui quien de saludarles, ni de preguntar si era niño o niña, ni cuanto tiempo tenía. Toda la batería de preguntas que no son más que la sustitución del “vaya día que hace hoy”. Eso de la salud social no va conmigo. Quizás soy una enferma social. Bueno… podría ser peor.



La puerta derecha correspondía a un piso alquilado. Allí vivían dos chicos. Andrea trabajaba en una carnicería, era italiano y tenía una de esas sonrisas que me dan ganas de vomitar. Desde hacía un par de meses comíamos filetes casi todos los días. A Ellas, como a todas, les gustaba. Tenía que haber alguna relación entre los kilos y kilos de ternera que llegaban a mi plato y el moreno risueño que traía locas a las marujas y marujos del vecindario. Yo a penas coincidí un par de veces con él mientras subía las escaleras. Siempre apuraba el paso para no tener que cruzarme con Dentiblanc el destripador.

Su compañero se llamaba Alex. No pude evitar acariciarle la oreja la primera y única vez que coincidí con él. Era un viernes por la noche y llovía a cántaros. Corría deseando alcanzar el portal y abrí con alivio la puerta metálica para ponerme al fin a cubierto. Allí estaba él, sentado debajo de los buzones. Yo estaba empapada y hacía horas que debería estar en casa. Podría haber seguido de largo pero él levantó la cabeza y me miró. Yo subía dispuesta a lo de siempre pero tuve que aplazar la tarea. Me quedé inmóvil sin dejar de mirarle. No es que no quisiera irme, es que no podía. Pasó un buen rato y acabé sintiéndome un poco tonta. No sabía quien era ni qué hacía allí. Podría ser un pervertido y hacerme daño. Creo que fue eso lo que hizo que me quedase. Quizás era mejor encender la luz… así al menos podría ver si tenía cara de asesino o de violador.

El que debía tener miedo era él, no creo que supiese con que clase de persona se había cruzado. Opté por darle al interruptor, caminé hasta los buzones y empecé a leer los nombres escritos bajo el plástico protector. Recuerdo que estaban en blanco, pero fingía estar muy concentrada y noté como me seguía mirando. Finalmente me senté a su lado, sin llegar a tocarle. No sé cuanto tiempo pasó pero ya estaba aburrida y empecé a mover las piernas. Estaban flexionadas y las zarandeaba con simetría. Cada una hacia su lado. Yo no era más que un eje. Solía hacer eso cuando me aburría. De pronto la luz se apagó y con ella mis ganas de seguir allí abriendo las piernas al lado de mudito el mirón. Estaba enviando el mensaje a mi descalabrado cerebro cuando fue él el que se levantó. Yo también. No por querer perseguirlo, solo obedecía una orden interna. Entonces él se giró y cerró los ojos. Estaba claro, era lo que tenía que pasar. Deslicé mi dedo índice muy despacio dibujando la curva de su oreja derecha. No pareció extrañarse. Habíamos ensayado esa tabla hasta la saciedad sobre los escenarios del limbo. Abrió los ojos y comprendí que ahora debía cerrarlos yo. Noté como se movía y una vez frente a mi espalda me apartó el pelo mojado. Muy bien, - pensé- vas a morir estrangulada.

Se acercó a mi nuca y la besó. Después abrí los ojos, me di la vuelta y le miré una vez más. “Tengo que irme”, le dije. Aguanté su mirada un par de segundos y después empecé a subir los mismos escalones y con la misma intención que los subo hoy. Casi me caigo por la falta de luz, pero me negaba ser partícipe del Holocausto de aquella oscuridad testigo. Y cómplice… Sentía su aroma, su tacto. Me cubría hasta el punto de llegar a convencerme para afiliarme a su negra sociedad. Me detuve en el primer piso. Respiré hondo, hondo, hondo… Tanto que pensé haberme tragado el aire de la comunidad. Recuerdo como me costaba mover las piernas y hoy conjeturo que puede ser por el peso de aquella mirada… o quizás solo por haber estado sentada y después tratar de no abrirme la cabeza mientras subía las escaleras.



Ya estaba bien de recuerdos. Me senté a descansar cuando ya había completado la mitad del recorrido. Sí, donde aquel día robé el oxígeno vecinal. Estaba cansada. La cabeza me pesaba. Subí el brazo hasta encontrar mi mano buena a la altura de la nariz. Apreté el puño y lo estiré con fuerza. Estaba orgullosa de ser zurda. Repetí el movimiento un par de veces y pude llegar a ver como se rasgaba la piel que unía mis dedos índice y corazón. “Siniestra…” -pensé divertida.

Me dolían los ojos ante el esfuerzo por la falta de luz y la desmesurada concentración en el movimiento de mis dedos así que apoyé las manos sobre las rodillas. Palidecí al descubrir que palpitaban hasta hacerse medio palmo más voluminosas. Estuve un buen rato observando aquellas dilataciones y tras el susto inicial, me fascinó la idea de tener unas manos tan especiales. Me enorgullecí otra vez y me felicité por mi nueva faceta y por mi capacidad de adaptación ante la adversidad. Recordé una historia de aquellas que nos contaban los chicos mayores del pueblo. Algo sobre un cura al que le crecía la cabeza en las noches de luna llena. Tuve que aguantar la risa ante la imagen del religioso cabezón atrapado en el confesionario. Primero gritaba auxilio. Después llorando, desvelaba todos y cada uno de sus pecados para salvarse de aquel castigo divino. Desde aquella vez que miró las piernas de la guitarrista del coro hasta los infernales excesos masturbatorios de su adolescencia. Finalmente la cabeza empezó a expirar gas sulfúrico y el curita pataleaba maldiciendo a Jesucristo y familia. Pero hay que ver, qué elegante y lisa pelota blanca... qué magnífica guinda coronaba la sudada sotana.

Siempre he tenido una facilidad pasmosa para entretenerme con cualquier cosa. De pequeña acostumbraba a hacer lujosas residencias a las hormigas y una vez un poco más crecidita disfrutaba derritiéndoles las antenillas con la lupa de mi abuelo. Después vinieron los grillos y finalmente fueron las gallinas y los perros. Paso todos los veranos en el pueblo y aunque allí tengo víctimas para aburrir, de momento sigo perfeccionando las técnicas con las especies mencionadas. El resto del año tengo que conformarme con algún perrillo pulgoso o las escurridizas palomas de la plaza de la catedral. Se parecen bastante a las gallinas y los perros del pueblo, pero como sus gentes, en la ciudad son más desconfiados, y me resulta más complicado y la vez más divertido el lograr cazarlos. No sé si lo están pensando… pero NO. Los gatos no. Los gatos son distintos. Los perros, como los bebés, lejos de enternecerme me ponen bastante violenta. Quizás el bebé del primero tenga algo de gato. Contra las gallinas y las palomas no tengo nada personal. Es por pasar el rato, terapia anti-stress como le llaman. Aunque sí que recuerdo una historia con un pajarito. Logré colarme en casa de Doña Esther, la vecina del segundo I. Era una viejecita pocha que había dejado una llave de su casa en la mía. Como si algún día fuera a salir…En fin, al meollo. Llevaba, por si tenía que disimular, unas patatas que habíamos traído del pueblo. Se la tenía jurada a aquel canario desde que nos instalamos en el edificio, pero no estuve fina y el tiempo se me echó encima. Doña Esther entró en la cocina mientras yo cerraba la jaula con apuro. Dijo algo sobre Agustín - que así se llamaba el bicho - y me agradeció el regalo. A la semana siguiente me enteré de que había muerto el pajarraco y sentí una alegría inmensa. Yo no le había tocado, pero estaba segura de haberlo matado.



Mi fantasía tuvo que rendirse ante la realidad por lo urgente de mis planes. Aunque solo la aparqué temporalmente. Tengo un sitio destinado al descanso de todos estos vapores mentales. Allí reposan hasta que vuelvo a tener tiempo de retozar sobre ellos y entonces, los moldeo y perfilo hasta volverlos dignos de ser plasmados en color.

Esta era una de esas situaciones en las que no tenía tiempo así que sacudí la cabeza y decidí centrarme en mi tarea.

Me levanté de nuevo y continué la ascensión al infierno. Pasé por delante de la que había sido la casa de Doña Esther. Pobrecilla, falleció pocos meses después de la muerte de Agustín. Pudo soportar sin mayores complicaciones el infarto que se llevó a su señor marido, pero la visión de las patas tiesas del plumín amarillo pudo con ella. A veces se me aparecen en sueños. Los dos muy juntitos apoyados sobre la barra más elevada de la jaula. Se les ve bien felices y a Doña Esther le favorece el pico y las plumas de colores. Su marido había muerto cuando yo tenía unos siete años y estaba acostumbrada a verla siempre vestida de negro. Le hubiese sido mejor ponerse trajes así, verdes naranjas y amarillos. Estoy segura de que hubiese encontrado a algún otro descerebrado con una canaria Agustina con el que poder morir de la mano. Pero no fue así…

Cuando tengo este sueño suelo dejar las patatas al lado de la puerta de aluminio que da a la terraza conquistada por una lavadora oxidada. Evidentemente nunca está funcionando. Tener plumas es una suerte. Económico y favorecedor.

Después acerco una silla a la jaula, saludo a mis amiguillos y les pido que no se sientan cohibidos por mi presencia, que sigan con lo suyo. Así transcurre la tarde. Aunque a veces el sol no brille o incluso llueva, suelo mirar el reloj y nunca estoy allí antes de las 4 ni después de las 8, así que aunque mi cuerpo esté bajo la tutela de la noche, yo, lo que realmente soy yo, pasa la segunda tarde del día escuchando un exquisito dúo a capella de los dos canarios. Hay que decir que he terminado por cogerle cariño a Agustín, creo que le hice un favor. De no ser por mí habría malgastado un montón de años más rompiendo los tímpanos del vecindario y logrando que me pusiese de malhumor al verle cuando me asomaba al balcón. Reconozco que hago muchas cosas llevada por ese impulso incontrolable que me obliga a arrancar patitas y atravesar orejas, pero no me considero una mala persona. Todo el mundo hace lo mismo. Ya sea pelando gallinas o esperanzas y sueños humanos.

Esto iba maquinando cuando llegué por fin a mi piso. Allí estaba el segundo “check point” de la noche. Un segundo felpudo aseguraba la higiene de mi putrefacto hogar. 2ºD. Introduje la llave y tras remover las tripas de la cerradura, la puerta se abrió. Esquivé la puntiaguda bienvenida, no quería ni tocarla. Cerré la puerta con cuidado y fui a la cocina. Me saqué el abrigo. Pensé que quizás era mejor calentar los músculos o algo, por si forcejeaban. Qué tontería… me senté en el banco para coger aire y organizar las ideas. Tenía los pies negros.

Había pensado en coger un cuchillo. Fui haciendo memoria y recordé qué clase de cachivaches tenía disponibles. Se me llenó la cabeza de ideas brillantes acerca de qué podría hacer con la plancha o el martillo pero pensé que no había tiempo para lo artístico, tenía que ser rápido, algo efectivo.

Tras examinar el cajón me decidí por uno que tenía una pinta exquisita. Me pareció recordar un pasaje… Ellas cortaban algo de carne sobre una tabla blanca. Sería la carne del italiano. Me reí imaginándolo cortando filetitos de Ellas. Cogí el arma con cuidado y me acerqué a su habitación.

No había nadie. No había habitación siquiera. Un hueco rebosante de nada, una visión insoportable. No había colores, ni formas, ni distancias. No habría palabras ni movimientos capaces de explicarlo. Me giré y vi el pasillo. Volví a mirar hacia dentro y me encontré con aquel aliento adimensional.

Pero… ¿y la cocina?… Me dirigí hacia allí.

A pesar del espectáculo, dominaba en la estancia un silencio sepulcral. Una paz turbadora, una quietud parpadeante. Aquella falta de ruido hizo que mis tímpanos comenzasen a acelerarse. Notaba como las membranas aporreaban histéricas el túnel de mis oídos, pero no era capaz de escuchar nada. El ruido estaba seco y hacía que el aire pareciese artificial. Un enorme felpudo cubría la estancia.

Agustín y Doña Esther cantaban en silencio al lado de la ventana.

El cura luchaba entre blasfemias por levantar del suelo su marfileña cabeza.

La rubia del primero fumaba aprovechando hasta el límite el reducido movimiento de sus brazos-aspa. Su marido estaba al lado de los plumosos y cambiaba el pañal del bebé felino que, definitivamente, era niño.

El italiano estaba de espaldas a mí y por sus movimientos me pareció que golpeaba algo. No me sorprendí al descubrir en el suelo sus cabezas. Se estaban mirando de aquella repugnante forma, dejándome al margen. Ellas…

Así estuve un buen rato. Entre pañales gatunos, canarios cantarines, eclesiásticos huevos gigantes y la Barbie nicotinada. De repente todos se detuvieron y un pitido insoportable se adueñó de la sala. Traté de protegerme tapando los oídos pero era imposible. Cuando ya creía haberme vuelto loca alguien agarró mi tobillo desnudo y el pitido cesó. Allí estaba Alex, sentado en el suelo. Como aquel viernes levantó la cabeza. No tenía ojos pero aquellos huecos húmedos apuntaban en mi dirección. Empezó a tocarse la oreja derecha. Aunque al principio lo hacía con suavidad, fue aumentando el ritmo. Se la amasaba cada vez con más violencia y sin mover la cabeza. No tenía expresión de dolor, solo se limitaba a rascarse, sin piedad de sí mismo. No podía dejar de mirarle. Al poco rato la oreja empezó a desgarrase y cuando ya cabía esperar que la sangre alcanzase el hombro, se detuvo. Me agaché, tenía que hacerlo. Recorrí de nuevo con ternura aquel cartilaginoso arco. Se me deshizo en la mano. Como papel quemado. Sacudí las cenizas de los dedos. Acaricié la zona en la que hacía a penas unos momentos estaba el órgano auditivo y descubrí una hermosísima y pulida cicatriz. Nos pusimos en pie. Todos los asistentes nos miraban y hasta el bebé-gato se incorporó sobre sus patitas traseras. El pequeño no apartó la mirada ni mientras sacaba un cigarrillo del pañal y se lo entregaba a su mamá.

Noté su respiración en la nuca. Cuando me besó comprendí que iba a morir. Otra vez…



Bajé las escaleras hasta llegar al portal. Me senté en el segundo escalón y me puse los calcetines rotos.



Pensé que podría definirlo como suicidio recíproco. Éramos yo.

Yo era un segundo, era EL segundo.

El único segundo de la historia.

De la historia tetraplégica, artificial, mecánica, vegetal.

El tiempo opaco, la vida inerte.

Me había abortado, vivía absolutamente muerta.

No existía.

Mis botas estaban mirando hacia la escalera.

Jamás podría salir de allí.
No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.
Avatar de Usuario
Lolita
Sabe de lo que habla
Sabe de lo que habla
 
Mensajes: 132
Registrado: Vie Jul 06, 2007 12:01

Notapor Simkin el Mar Jul 10, 2007 03:03

Buenísimo. Menuda facilidad para escribir que tienes :P
Chuang-Tzu soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que había soñado ser hombre.
Avatar de Usuario
Simkin
Pluma de plata
Pluma de plata
 
Mensajes: 3155
Registrado: Dom Jul 01, 2007 03:55
Ubicación: Debajo de tu cama

Notapor Lolita el Mar Jul 10, 2007 16:35

gracias simkiiiiin!!!!! al fin recibo una crítica... :)
No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.
Avatar de Usuario
Lolita
Sabe de lo que habla
Sabe de lo que habla
 
Mensajes: 132
Registrado: Vie Jul 06, 2007 12:01

Notapor Simkin el Mar Jul 10, 2007 23:10

Personalmente no estoy muy a favor de esta crítico-dependencia que tienen algunos cuando escriben algo. ¿Qué marca la diferencia? ¿Un hueco y rimbombante "muy bien,me ha gustado"? Bien podría haber sudado enteramente de leerlo, o haberlo hecho de corrillo "por cumplir", para luego poner el mensajito y quedar como muy amistoso y agradable (y de hecho intentar camelar poco a poco a una hembra con un nombre tan sugerente como lolita).

A mí por lo menos no me gustan ese tipo de cosas. Soy muy selectivo con lo que escribo, y aunque no tenga mucha calidad y estilo, normalmente si le doy el visto bueno es porque estoy contento con ello y eso me vale. Nada más. Y si hay alguna persona que de casualidad ha captado parte del mensaje que quería transimitir o simplemente le ha agradado, pues bueno, gracias. Pero es peligrosa la inseguridad si se sostiene en lo que digan los demás...
Por cierto, ya aprovechando, tu nuevo relato me ha parecido un poco más bizarro, pero me inquieta bastante (para bien) tu estilo. Y perdona por no comentarlo allí, sería incongruente con lo que acabo de decir :P
Chuang-Tzu soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que había soñado ser hombre.
Avatar de Usuario
Simkin
Pluma de plata
Pluma de plata
 
Mensajes: 3155
Registrado: Dom Jul 01, 2007 03:55
Ubicación: Debajo de tu cama

Notapor Lolita el Mié Jul 11, 2007 09:54

Duro y claro.
estoy de acuerdo con tu punto de vista. Un foro, e internet en general, no debería suponer una carga, una máscara, una apariencia que guardar más. si entramos aquí es de alguna forma para liberarnos de la cárcel de la materia, porque no nos atrevemos a mostrar lo que escribimos a la gente que "te conoce" (o al menos ese es mi caso). internet nos da esa falsa seguridad, ya que tu compañero de charla oscila entre lo que es real y lo que no, y siempre es más sencillo mentir (ya sea con halagos, creándote una falsa identidad o la más noble de las mentiras... la literatura) a alguien que no puede mirarte a los ojos.
no creo que tenga esa dependencia de ser juzgada.

en mi "otra vida", (esta en la que tengo que comer lentejas para que después me las indigeste un atajo de palabras como el que tú eres) soy una cobarde sin remedio... o una pasota integral, no lo sé.

y respecto a lo de mi nombre... si quisiera ser sugerente para que me camelasen, mejor en otro tipo de foros, no te parece?

suena un poco heavy, pero pretendía ser borde, porque ni siquiera me ha molestado lo que dijiste.
espero leer pronto letritas viscosas de las tuyas... lo que dije el otro día no fue por quedar mona.
si logras joderme la digestión una vez más tendrás noticias de lolita la sugerente jaja
ahí queda eso.
No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.
Avatar de Usuario
Lolita
Sabe de lo que habla
Sabe de lo que habla
 
Mensajes: 132
Registrado: Vie Jul 06, 2007 12:01

Notapor Lolita el Mié Jul 11, 2007 09:58

creo que ya te habrás dado cuenta por el contexto, pero lo que quise decir al final es que "no pretendía ser borde".
prisa y escritura... baileys y coca-cola... malas mezclas.
No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.
Avatar de Usuario
Lolita
Sabe de lo que habla
Sabe de lo que habla
 
Mensajes: 132
Registrado: Vie Jul 06, 2007 12:01


Volver a Relatos

¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: No hay usuarios registrados visitando el Foro y 9 invitados

Foro de literatura Foro de RINCÓN DEL ESCRITOR Foro de Relatos