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4-8-2006

La mejor forma de dar a conocer tus escritos.

Moderadores: Yolanda, Colaboradores

4-8-2006

Notapor Riurdeonlef el Vie Jul 20, 2007 21:11

Es una historia un poco/bastante larga, así que la dividí en varias partes (todavía no sé cuantas porque aún no está acabada) así que hoy cuelgo la primera parte y mañana espero poder subir la segunda.

La chica arrojó una piedra sobre la oscura superficie del lago, y contempló las ondas que surieron desde el lugar del impacto hasta que por fin, una tras otra, comenzaron a extenderse cada vez más hasta desaparecer. Faltaba poco para que comenzara a oscurecer y, a pesar de que ya hacía dos largas horas que esperaba, aún no había pasado un alma por aquella carretera secundaria. Detrás de ella podía ver los triángulos de señalización que había colocado alrededor del coche cuando este, sin que pudiera saber el motivo, se había detenido sin previo aviso.

Sin perder un instante había sacado su teléfono móvil y había intentado llamar a la compañía del seguro, a la grúa, a emergencias, a cualquiera que pudiera sacarla de aquel desolado paraje, pero era inútil: allí no había cobertura. Se había maldecido mentalmente por no haber contratado los servicios de un operador que ofreciera cobertura en todo el territorio nacional, pero ya era demasiado tarde, lo único que podía hacer era continuar aguardando o seguir la carretera secundaria con la esperanza de que la condujera a algún lugar poblado.

Por unos momentos se sintió ridícula: ataviada con el vestido que pensaba llevar a aquella cena de antiguos compañeros del instituto organizada por su amiga, a la que no sentía el menor deseo de acudir, y con el chaleco reflectante homologado que se había puesto poco después de salir del coche pensando que tenía más posibilidades de ser vista si los colores chillones y las bandas reflectantes del chaleco llamaban la atención de quienquiera que pasara por allí.

Subió el volumen de su mp3 cuando comenzó a sonar “The Human Stain” y se dijo, mirando sus tacones de aguja y reprimiendo a duras penas una mueca de dolor, que lo mejor que podía hacer era comenzar a caminar hasta el pueblo más cercano, después de todo estaba claro que no se encontraría con nadie: ¿quién, además de ella, iba a ser lo suficientemente estúpido como para tomar una carretera secundaria mal asfaltada cuando a solo dos kilómetros estabaa la desviación que conducía a la autopista?

Abrió la puerta del coche para coger su bolso y una pequeña linterna alógena que solía llevar con ella, retiró el frontal del lector de CD’s, cerró con llave y comenzó a avanzar por aquella carretera mal asfaltada que no tenía la menor idea acerca de a dónde podía conducirla.

A ambos márgenes del camino se extendían antiguos campos de labranza que parecían haber sido cultivados desde hace muchos años atrás y, de cuando en cuando, algún muro medio derruido o alguna casa reducida a cuatro paredes, cuya puerta y ventanas parecían gritar rogando que alguien devolviera a la vivienda su antiguo esplendor, rompían la monotonía del paisaje.

Miró los escasos restos de construcciones que poblaban aquella zona y trató de imaginar cómo habrían sido las personas que habían decidido vivir allí, alejadas de cualquier vestigio de civilización. Pensó que, tal vez, hubieran acudido a aquel lugar creyendo que lograrían imponer su orden a la naturaleza, pero finalmente, había sido ésta la que, disponiendo de todo el tiempo del mundo, había invadido y destruido aquellas construcciones, sumiéndolas en un caos que sus desaparecidos dueños ni siquiera hubieran logrado imaginar, y dejando visibles tan solo algunas piedras, como si hubiera deseado conservarlas para mostrar su triunfo contra el orden que un grupo de ilusos había pretendido imponerle.

Había comenzado a llover. No era gran cosa, pero si una lluvia fina que no tardó en humedecer la tierra que cubría el arcén de la carretera y a la que la joven, que se había quitado los zapatos pensando que así podría caminar más deprisa, dirigió una mirada de odio a la que las nubes parecieron responder haciendo que aumentara la intensidad de la lluvia.

«Perfecto –se dijo la chica mientras volvía a ponerse los zapatos- ni siquiera sé por qué diablos voy a la peluquería si las pocas veces que voy la lluvia siempre me chafa el peinado. Y por si esto fuera poco acabo de ponerme estos zapatos y ya me están matando. ¿Quién me mandaría intentar acudir a esa maldita cena y coger el maldito atajo y no esperar dentro del coche y…?»

El graznido de un ave la sacó de sus pensamientos. Se quitó los auriculares pensando que por el momento ya había oído suficiente música y caminó sin dejar de escuchar el ruido del viento entre las hojas de los escasos árboles y los estridentes chillidos de las aves. De pronto contuvo la respiración durante unos instantes mientras sentía cómo su corazón comenzaba a acelerarse: le había parecido escuchar el sonido de un coche que se acercaba cada vez más. Prestó atención y comenzó a escucharlo cada vez más cerca entonces no le cupo la menor duda: era el ruido del motor de un coche.

Tan pronto como vio la luz de los faros, sin perder un instante avanzó hasta situarse en el medio de la carretera, encendió la linterna y comenzó a agitar los brazos confiando en que el conductor lograra verla pese a la creciente oscuridad. Las luces se acercaban cada vez más sin que el coche redujera la velocidad y la joven comenzó a ponerse nerviosa. Por unos instantes pensó en apartarse y dejar que el vehículo continuara su camino, pero temía quedarse sola cuando oscureciera, por lo que resolvió esperar todo lo posible y apartarse en el último momento.

Aguardó, mientras veía cómo la luz de los faros se acercaba cada vez más, sin dejar de repetirse que estaba cometiendo la mayor estupidez de toda su vida. Por fin, cuando estaba a punto de apartarse escuchó el sonido de un frenazo y el coche se detuvo a medio metro de ella.

La chica pensó que el conductor iba a salir hecho una furia e iba a comenzar a insultarla y a decirle algo así como: “¡¿Qué demonios quieres imbécil?, ¡he estado a punto de atropellarte!” pero contra todo pronóstico la silueta que a duras penas podía ver al otro lado del parabrisas permanecía inmóvil, como si estuviera esperando a que se apartara para poder continuar su camino.

Sin perder un instante se acercó a la ventanilla izquierda y tan pronto como llegó frente a ella observó cómo esta comenzaba a bajar lentamente, lo justo para que la persona que se encontraba al otro lado pudiera escuchar lo que quiera que la joven fuera a decir.

-Discúlpeme –comenzó sintiéndose más estúpida con cada nueva palabra y sintiendo de pronto cierto rechazo a hablar al recordar la eterna frase “nunca te subas en el coche de un desconocido”- pero mi vehiculo se averió a un kilómetro de aquí, se quedó parado y…

-¿Sabe si fue por un problema de la batería? –la interrumpió la voz del conductor- ¿o fue por algo relacionado con el motor?

-No lo sé –respondió sin poder evitar pensar que aquel hombre se estaba burlando de ella- tan solo me gustaría pedirle que me deje en cualquier lugar que esté de camino a... a donde quiera que usted se dirija.

La persona que se encontraba al otro lado del cristal no respondió y se limitó a golpear suavemente el volante, como si estuviera sopesando si debía sacarla de allí o, por el contrario, lo mejor que podía hacer era continuar su camino sin buscar complicaciones innecesarias.

«Después de todo, -pensó la joven- en estos tiempos, ¿quién en su sano juicio iba a llevar a alguien a quien acaba de conocer en tan extrañas circunstancias?»

Se vio a sí misma agitando los brazos en el medio de la carretera, como si acabara de beber más que en toda su vida. Cuanto más lo pensaba más se repetía que había tenido suerte de que aquel desconocido no la hubiera tomado una prueba probatoria de la veracidad de la leyenda de la chica de la curva y hubiera pisado aún más el acelerador.

La joven vio cómo el conductor se inclinaba hacia el asiento derecho, como para consultar un mapa o un GPS antes de responder:

-Suba.

Al escuchar esta respuesta arrinconó el súbito temor que le había provocado recordar la advertencia que no cesaban de repetirle, sobre todo cuando era niña, rodeó el coche, esperó hasta que escuchó el sonido del seguro al saltar, abrió la puerta y tomó asiento sin cesar de pronunciar un incontenible torrente de frases de agradecimiento que parecía no tener fin y solo cesó cuando el conductor levantó una mano para indicarle que guardara silencio.

-La dejaré en N. es el lugar más cercano –dijo mientras la chica trataba de arreglarse el pelo mirándose en el espejo retrovisor.

-¿A qué distancia está? –preguntó poco después de que la oscura silueta del lago desapareciera tras ellos.

-A treinta kilómetros de aquí.

La joven contuvo un suspiro de alivio: después de todo había acertado al hacer todo lo que estuvo en sus manos para tratar de detener aquel coche, si hubiera intentado llegar a N. por sus propios medios hubiera amanecido antes de que ella hubiera conseguido alcanzar el pueblo.

A ambos lados las sombras de los escasos y raquíticos árboles que se erguían a la orilla de la carretera se deslizaban como silenciosos espectros. De pronto se preguntó qué hora sería, echó un rápido vistazo al reloj del coche: 4th-8-2006, 22:30 P.M. Ya habían pasado cerca de cuatro horas desde que se había detenido a pocos metros del lago. Sacó su teléfono móvil pensando que tal vez tuviera cobertura en aquella zona, pero era inútil. De pronto se sintió tan alejada de la civilización como si se encontrara en la cima de una escarpada montaña.

El desconocido encendió la radio y subió el volumen.

«Mejor –pensó la joven- lo que menos deseo ahora es tener que entablar una conversación.»

Se arrellanó en el asiento y observó distraída las sombras difusas de los objetos que eran iluminados esporádicamente por los faros para, instantes después, volver a quedar sumidos en la más densa oscuridad. Se preguntó cómo sería N.: ¿sería una de esas aldeas en las que únicamente hay un par de casas, un bar lleno de viejos y un hotel que parece a punto de caerse a pedazos?, ¿o sería un lugar en el que podría encontrar un sitio decente en el que pasar la noche y a alguien que pudiera reparar su coche al día siguiente?

No sabía muy bien por qué pero algo que no sabría explicar le decía que la primera hipótesis era la que tenía más posibilidades de ser real. De todos modos no tenía motivos para quejarse: cualquier cosa era mejor que caminar bajo la lluvia por aquella solitaria carretera durante toda la noche, intentando llegar a un lugar que ni siquiera sabía que existía. Cerró los ojos unos instantes, tratando de descansar unos segundos antes de volver a abrirlos y se perdió en sus pensamientos: no tenía la menor idea de lo que ocurriría aquella noche, pero, pasara lo que pasara, estaba totalmente segura de que aquel sería un viaje que recordaría durante el resto de su vida, una de esas aventuras que las abuelas suelen relatar a sus nietos.

De pronto, escuchó el sonido de un frenazo a la vez que, a pesar del cinturón de seguridad, se sintió impulsada hacia delante. Abrió los ojos: al principio creyó que ya habían llegado a N., pero cuando miró a su alrededor reparó en que continuaban rodeados por la misma oscuridad, solo en la lejanía le pareció ver las luces de una pequeña población.

-Maldito perro –escuchó decir al desconocido- casi lo atropello, hemos estado a punto de tener un accidente por culpa de ese maldito animal, deberían colgar a los idiotas que dejan a los animales sueltos por ahí durante toda la noche. –La chica miró hacia la derecha y vio una sombra baja y alargada que se escabullía entre las hojas de un matorral- Y lo “mejor” –continuó el desconocido mientras encendía un cigarrillo- es que después vienen los idiotas de la DGT y te dicen que aún hay muchos accidentes, que no saben qué hacer para reducir su número y que todo es por culpa del conductor, que si no estaba borracho o no hablaba por el móvil sí circulaba a demasiada velocidad –después pareció recordar que no se encontraba solo- ¿Está usted bien? –preguntó volviéndose hacia la joven.

-Sí, eso creo –respondió mientras sentía el corazón a punto de salirse del pecho.

El hombre asintió en silencio y el coche continuó avanzando hacia las luces que se veían en la lejanía. La lluvia no cesaba de aumentar su furia, como las nubes tuvieran un interés especial en anegar aquella zona bajo las aguas del lago, y de pronto un relámpago pareció partir la noche en dos.

-Lo que faltaba –refunfuñó el desconocido tan pronto como escuchó el sonido del trueno- Dígame, ¿la asustan las tormentas? –preguntó volviéndose hacia la muchacha.

-No.

-Menos mal –contestó exhalando el humo del cigarrillo.

Pero la chica no prestó atención a sus palabras, cuando había vuelto a mirarse en el retrovisor para tratar de salvar, una vez más, su peinado en la medida de lo posible, le había parecido ver dos ojos fosforescentes que habían surgido de pronto entre la oscuridad. Tras unos instantes de duda había vuelto a mirar hacia el lugar en que creía haberlos visto: no había nada, tan solo oscuridad.
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Notapor Simkin el Sab Jul 21, 2007 02:01

¡Quiero más! :oops:

Yo que quería empezar nuestro duelo y ahora me entretienes con estas cosas... la culpa de que me retrase la tienes tú :roll:
Chuang-Tzu soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que había soñado ser hombre.
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Notapor Lolita el Sab Jul 21, 2007 13:40

mmm... que intriga, yo tambien quiero mas!!!
No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.
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Notapor cecipe el Vie Jul 27, 2007 20:25

Válgame dios! querida Riurdeonlef me he quedado tiritando de miedo.
Buscaba el relato donde matas a compañeros y me he encontrado con éste segmento magnífico.
Que buena descripción! y que intriga!!
ya lo he visto en el duelo, escribes como una diosa.
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Notapor Riurdeonlef el Vie Jul 27, 2007 21:04

Ahhhhhhhh, el relato donde mato a compañeros es otro, lo cuelgo ahora mismo, aunque es bastante largo, así que lo voy a ir subiendo por capítulos, también es de misterio :)
Muchiiiiiiiiisimas gracias por el comentario :oops:
Y muchas gracias también a Simkin y Lolita por sus comentarios :D
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Notapor Riurdeonlef el Dom Jul 29, 2007 19:47

La lluvia no solo no cesaba, sino que parecía ganar intensidad conforme transcurría el tiempo hasta que el terreno pantanoso que cruzaba una gran parte de la solitaria carretera quedó parcialmente anegado a causa del inesperado aguacero. La lluvia era tan fuerte que apenas les permitía ver las luces del pueblo que estaba a dos o tres kilómetros de allí, tan solo lograban ver un resplandor borroso que en algunas ocasiones parecía desaparecer tras densas cortinas de agua.

La chica decidió que lo mejor sería olvidar los ojos fosforescentes que había creído ver (y que, por otra parte, podían pertenecer a cualquier animal salvaje), y pensó en su amiga, en sus antiguos compañeros del instituto, en dos o tres profesoras a las que su amiga había logrado convencer para que asistieran a la cena: seguro que en la ciudad que habían elegido para reunirse no llovía, y aunque lloviera, apostaría lo que fuera a que en aquellos instantes ya estaban todos bajo techo, comiendo, contándose viejas anécdotas, que seguro que muchos de ellos ya creían completamente olvidadas, y pasándoselo en grande.

…Y mientras tanto ella se vería obligada a pasar la noche en el lugar más aburrido del mundo, sin tener ni siquiera un libro que leer antes de dormir y en una habitación que, de eso estaba totalmente segura, ni siquiera tendría televisión y estaría llena de mosquitos… o al menos de los mosquitos que lograran sobrevivir a la tormenta.

Levantó los ojos cuando apenas faltaban quinientos metros para llegar a la aldea y lo primero que pudo ver fue la difusa silueta de una alta torre cuadrada, parcialmente escondida tras una pequeña elevación de terreno, en cuya parte superior había una luz amarillenta. Al principio pensó que debía ser el campanario de la aldea, pero cuando estuvieron más cerca la torre comenzó a mostrar toda su altura y observó que no se trataba del campanario de una iglesia que alguien había decidido iluminar por algún motivo, como había creído en un primer instante, sino que pertenecía a una extraña edificación de dos pisos a la que se encontraba adosada.

Muy pronto comenzó a ver las farolas que iluminaban la entrada de la aldea: ésta era mayor de lo que había pensado, al principio: ala izquierda, vio una calle flanqueada por antiguas casas cuyas luces estaban totalmente apagadas, lo que, al principio, confirmo sus temores de verse obligada a pernoctar en una de esas aldeas perdidas que nadie sabe exactamente dónde están, pero poco después vio una larga calle, que no era sino la carretera que atravesaba la aldea, flanqueada por edificios de cuatro o cinco pisos que parecían de construcción mucho más reciente.

El desconocido miró a ambos lados, como si estuviera buscando un hotel o una pensión frente a la que dejarla y la chica observó la lluvia con desagrado, pensando que muy pronto volvería a estar bajo ella. Tan solo esperaba que la puerta del lugar en el que fuera a pasar la noche estuviera abierta para no verse obligada a aguardar bajo aquel aguacero hasta que alguien le franqueara la entrada.

De repente escuchó varios gritos en algún punto situado a cinco o seis metros por delante del coche y de pronto los faros iluminaron a un anciano que se dirigía hacia allí sin cesar de mover los brazos, tal y como había hecho ella hacía media hora.

El coche se detuvo, no sin que antes la chica diera un involuntario respingo, y poco después alguien a quien apenas podían ver a causa de la lluvia y de la escasa luz de las farolas comenzó a golpear la ventanilla.

La joven escuchó el sonido del cristal al descender unos centímetros y el del seguro de su puerta al bajar cuando el desconocido apretó el cierre centralizado. Poco después oyó una voz cascada que dijo:

-No pueden continuar.

Se volvió y vio un rostro cubierto de profundad arrugas que pertenecía un delgado anciano vestido con un impermeable verde cuya capucha le cubría casi toda la cabeza.

-¿Por qué? –quiso saber el conductor.

-La carretera está inundada, -contestó el anciano- se han desbordado algunos arroyos, a quinientos metros de aquí hay una ciénaga y…

-Comprendo –lo interrumpió la voz fría del hombre- ¿sabe si en esta aldea hay algún hotel o alguna pensión en la que pasar la noche?

-Sí: –respondió el anciano- siguen por esta calle, después, tuercen a la derecha y haciendo esquina hay una pensión que se llama “Casa Fernanda”.

-Gracias. Dígame, ¿no hay ningún otro camino por el que pueda llegar a S.?

-No, si quiere ir a la ciudad solo puede seguir la carretera que atraviesa el pueblo y ya les he dicho que está cortada.

-Pero si diera la vuelta…

Fue interrumpido por la risa cascada del anciano, una risa que durante algunos instantes se unió al sonido de la lluvia y al de los limpiaparabrisas hasta que, finalmente, su dueño pareció recuperar el control de sí mismo.

-Querido señor, si usted diera la vuelta se encontraría con que las aguas del lago ya han cubierto la carretera, es algo que pasa todos los años y a lo que hemos aprendido a acostumbrarnos.

-Está bien, gracias.

El viejo movió la mano en señal de despedida y, satisfecho por haber cumplido con su deber de buen ciudadano, continuó su camino hasta desaparecer entre la lluvia. La chica se alegró de que las carreteras estuvieran cortadas: eso querría decir que el desconocido que la había llevado hasta allí también tendría que permanecer en aquel lugar hasta al menos el día siguiente y ella no tendría que pasar la noche sola en aquella extraña aldea.

Por unos instantes se preguntó qué era lo que le desagradaba tanto de aquel lugar, ¿sería que tan solo tres o cuatro pisos estaban iluminados a pesar de que aún no eran las once de la noche?, ¿la luz que no cesaba de pasear por la parte más alta de la torre?, ¿o tal vez tuviera la culpa el penetrante olor a moho que había entrado a través de la apertura de la ventanilla? No podía asegurarlo a ciencia cierta, lo único de lo que estaba totalmente segura era de que aquel era uno de esos lugares que todos desean abandonar antes de conocerlos.

El conductor hizo todo lo que le había indicado el anciano y la joven observó que tras los pisos que flanqueaban la calle no había nada, tan solo un descampado. Por fin el coche se detuvo ante un cartel luminoso en el que podía leerse “Casa Fernanda” y la chica escuchó el sonido del seguro al levantarse.

-Tiene dinero con usted, ¿no? –preguntó el desconocido.

-Sí –respondió la joven mientras comenzaba a abrir la puerta- ¿usted no viene?

-No, tengo que estar en S. mañana por la mañana.

-Pero… la carretera está cortada –la chica se detuvo cuando estaba a punto de posar uno de sus pequeños pies sobre la acera.

-Tonterías, conozco a esa clase de gente, seguro que estaba exagerando para darse importancia –la chica asintió- que pase una buena noche.

-Que tenga buen viaje.

Poco después de cerrar la puerta se llevó una mano a la cabeza y se llamó estúpida interiormente, se volvió, pero tan solo logró ver las luces del coche al alejarse bajo la lluvia. Se encaró con la puerta, sobre la que había un papel blanco en el que podía leerse “se alquilan habitaciones”. Empujó la puerta sin cesar de repetirse que si hubiera sido más rápida hubiera logrado preguntar al desconocido si podía ir con él hasta la ciudad, pero ahora ya era demasiado tarde, además, pensándolo bien, lo más posible era que aquel hombre se hubiera zafado de ella con cualquier disculpa.

La puerta se abrió acompañada por el sonido de las alargadas campanillas de bronce que colgaban sobre ella y entró en una fresca estancia cuya temperatura contrastaba con el calor pegajoso que reinaba en la calle. Por unos instantes permaneció en la entrada mientras sentía cómo las miradas de los presentes se clavaban en ella observándola con impertinente curisidad, y cuando por fin se atrevió a levantar la vista del suelo vio cómo algunos le dirigían gestos obscenos. Maldijo al cretino que la había dejado tirada en un bar de babosos de una aldea situada en el medio de la nada y se dijo que lo mejor que podía hacer era comer cualquier cosa y retirarse cuanto antes a su cuarto.

Avanzó hacia el mostrador escuchando el sonido de sus tacones, que en aquellos instantes le pareció tan fuerte como si fueran martillazos, y aguardó frente a él hasta que una mujer de mediana edad, con el pelo teñido de color miel y los ojos cubiertos por los gruesos cristales de unas gafas pasadas de moda le preguntó qué deseaba.

-Me gustaría alquilar una habitación para pasar aquí la noche y comer algo si es posible –respondió la joven sintiéndose incómoda.

La mujer la miró de arriba abajo, con una meticulosidad propia de un científico, antes de entregarle una llave con el número dos.

-Son treinta euros –dijo con voz seca- siempre cobro por adelantado, -explicó- no es la primera vez que alguien pasa aquí la noche y al día siguiente se marcha sin pagar.

La joven asintió con la cabeza, abrió el boslo, sacó su cartera y rebuscó en su interior hasta encontrar un billete de veinte euros y otro de diez.

-Está bien –respondió la dueña del local tomando el dinero- tome asiento, haré que le preparen algo de comer, ¿qué quiere beber?

-Una caña de cerveza.

La mujer desapareció tras una cortina formada por cuentas de colores y la chica tomó asiento ante la única mesa en la que aún había dos huecos libres. Avanzó hasta allí, maldiciéndose a sí misma por haber elegido un vestido tan ajustado y tan escotado para mostrar a sus antiguos compañeros los prodigios que su cirujano plástico era capaz de hacer, y se sentó junto a una anciana que parecía tener cientos de años, dejando un espacio libre entre un hombre con el rostro enrojecido a causa del alcohol y ella.

Miró a través de la ventana y vio la alargada y oscura silueta de la torre, aunque en esta ocasión no logró observar ninguna luz. Cogió el vaso de cerveza tan pronto como una joven de pelo negro y rostro alargado lo dejó sobre la mesa, se la llevó a los labios y le dio dos profundos tragos antes de dejarlo de nuevo sobre la sufrida superficie del mueble.

Las campanillas volvieron a sonar, la chica miró hacia allí y vio al anciano que les había advertido que las carreteras estaban cortadas a causa de la lluvia: era más bajo de lo que había pensado y cuando se quitó la capucha provocando una pequeña lluvia sobre el suelo de gres del local vio que aún conservaba una gran cantidad de pelo blanco. La chica observó cómo se acercaba al mostrador y charlaba unos instantes con la dueña antes dirigirse hacia un banco cuyos ocupantes no tardaron en apretarse para dejarle un hueco junto al pasillo.

La chica observó distraídamente las profundas marcas grabadas sobre la superficie de la mesa durante un tiempo que no podría precisar hasta que por fin la mujer que le había entregado la llave de su habitación apareció ante ella portando una cuchara y un plato de caldo de verduras que tenía un aspecto repugnante. La joven cogió la cuchara y comenzó a remover la sopa esperando a que enfriara: no le apetecía probar aquel extraño brebaje, pero tenía tanta hambre que decidió vencer la repugnancia que le inspiraba. Miró hacia el reloj de plástico rojo que colgaba sobre el mostrador y observó que ya había transcurrido más de media hora desde que había llegado a la aldea: seguro que ahora sus antiguos compañeros de instituto estaban en cualquier discoteca y ni siquiera habían preguntado ni una sola vez por qué motivo no había acudido a la reunión.

Se preguntó si cuando lograra regresar a casa, al revisar el contestador automático, se encontraría con algún mensaje de su amiga o de cualquiera de los asistentes preguntándole si se encontraba bien y por qué motivo le había resultado imposible acudir a la cita, aunque pensándolo bien, al día siguiente la mayoría tendría la peor resaca de toda su vida, por lo que era muy improbable que decidieran llamarla, sin embargo tal vez un día después…

Sin saber demasiado bien cómo se sumió en sus pensamientos, abstrayéndose tanto de la realidad que la rodeaba que ni siquiera escuchó el sonido de las campanillas de bronce ni sintió la ráfaga de mohoso aire caliente que entró en el local cuando la puerta volvió a abrirse.
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Notapor Simkin el Lun Jul 30, 2007 01:46

Sigue muy entretenido e interesante, ame maaaaaás :P
Chuang-Tzu soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que había soñado ser hombre.
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