
Pues empieza el duelo.... aqui esta mi primer aportacion espero les guste... saludos
Vida Absurda
Hablar del tiempo que nos toca vivir a veces es tan difícil, las experiencias nos hacen fuertes, débiles, a veces nos roban la inocencia de tajo, o solo pasamos el tiempo sin darnos cuenta de lo que ocurre a nuestro alrededor.
Tal vez hablo incoherencias, eso tiene una razón mi vida a sido tan absurda y a la vez tan valiosa, no se como explicarlo pero tal vez al contar un poco de lo que me toco vivir se den cuenta de lo que hablo.
Crecí en un hermoso pueblo cerca de la ciudad de Morelia, Michoacan; un lugar pintoresco, bañado con rayos de sol deslumbrantes, apenas contaba con 11 años de edad cuando los revolucionarios llegaron a Michoacan, imagínense, yo apenas una niña, y me toco vivir en una guerra.
Porfirio Díaz, un dictador desde hacia ya 30 años, era derrocado por los campesino hambrientos de justicia, los periódicos de aquel entonces publicaban los problemas sociopolíticos que se vivían en la Capital mexicana, claro todo eso no lo sabia hasta años después cuando por la violencia me toco madurar a mi corta edad.
Un día como cualquier otro me encontraba en casa, con mi madre y hermanas mayores, haciendo las tortillas y cocinando la comida, pues así era la costumbre en mi pueblo, los hombres trabajaban desde pequeños en el campo y las mujeres nos quedábamos en casa, con las labores del hogar, no se pensaba en darnos estudio, pues para que, al fin que nos mantenían nuestros maridos. Así me educaron y con esa idea crecí hasta ese día, cuando llego mi padre corriendo del campo y nos obligo a escondernos en una cueva en el bosque, no encendí porque, pero solo nos decía que no hiciéramos ruido, que pronto pasaría, que era por nuestro bien.
Así permanecíamos ocultas por horas o incluso días, yo aun no entendía porque, después salíamos de la cueva y al regresar a casa, encontrábamos todo destrozado, casas destruidas, muertos…
Corría el año de 1914, la revolución estaba en su apogeo, hacia ya un año que Victoriano Huerta había llegado al poder apoyado por la burocracia mexicana, después de matar a Francisco I. Madero y Pino Suárez, entonces surgió un nuevo caudillo de la revolución: Emiliano Zapata, al menos eso publicaban los periódicos de la época, o por lo menos los pocos medios que había, pues los burócratas mataban a los periodistas, y mas si publicaban escritos en contra del gobierno.
Después de unos meses de tranquilidad, llegaron las tropas al pueblo, solo sabia que eran aliados de Zapata, esta vez no alcanzaron a escondernos, por lo que yo a mis 15 años de edad, pase a formar parte de las soldaderas, así era como nos llamaban.
Estaba en el patio de la casa dando de comer a las gallinas cuando de pronto vi que llegaron varios hombres a caballo y uno de ellos me sujeto fuertemente, me subió al caballo y se alejo a trote conmigo.
Recuerdo que lloraba y suplicaba que me dejara, que no me hiciera daño, llego un momento en que me canse de gritar, de llorar, de suplicar; de pronto en medio de un campo alejado de mi pueblo, me bajo por fin, me llevo a un campamento y ahí pude ver sus ojos; grandes, negros, con fuego en la mirada y cansados.
No dijo nada solo me dejo ahí, se dio media vuelta y le hablo a otra mujer que estaba en el rio; ella se acerco y me tomo del brazo, me dirigió al rio con ella y me dijo: ¡si te portas bien no te pasara nada, ya eres una soldadera, vas a pelear en la revolución!
¡Apenas había escuchado de la revolución, yo no sabia porque peleaban y ahí estaba, en medio de todo!
A los pocos días de estar en ese campamento, llego un general, yo escuche que decían que era Zapata, para ese entonces ya había escuchado muchas historias fascinantes sobre el; su valentía, sus hazañas; su dureza al hablar me hicieron tenerle respeto desde el primer momento.
Con voz firme ordeno que nos fuéramos de ahí, que ya no estábamos a salvo en ese lugar, que había que ir al norte.
Allá se encontraba el Caudillo Francisco Villa, peleando también en una revolución que dejo más muertos que satisfacciones.
Dure dos largos años pasando de un campamento a otro, añorando el regreso a casa, lavando ropa, peleando, cargando armas, dos años en los que vi, muerte, desesperación, excesos, abusos, justicia… de todo, fueron dos largos años que me dejaron marcada de por vida, escuchaba de Zapata las historias mas grandes, un gran caudillo, defensor de los campesinos, un gobierno entraba, otro culminaba, pero nada nos decía cuando terminaba la revolución.
Era el año de 1917 cuando fuimos la capital, los periódicos publicaban el fin de la revolución, la constitución se había aprobado y ya estábamos con un “gobierno justo”, ¿habíamos ganado? Una pregunta que nunca pude contestarme.
Aun después de ese año hubo guerrillas, mas muertes, el gran caudillo Zapata fue asesinado solo dos años después y yo jamás volví a mi hogar, durante mi estancia en el norte del país me case y tuve hijos, mi esposo fue asesinado ante mis ojos en una batalla por demás sangrienta, justo cuando se declaro la paz.
Álvaro Obregón era entonces presidente, ya era 1920, la guerra por fin había terminado, el país ahora si estaba en paz. Yo era una viuda joven de 21 años con dos hijos de la revolución, que iban creciendo en las batallas, mi hijo el mayor tenia tan solo 3 años y el menor tenia 2 años, después que mi esposo murió me fui a vivir con ellos en un pueblo del norte llamado Ojo de Agua, Chihuahua, en un rancho que ya era nuestro, la revolución nos lo había dado, sin embargo nos quito mas de lo que nos dio.
Nunca olvide mi pueblo en michoacan, pero tenia que trabajar duro para darles de comer a mis hijos, había quedado sola y nadie me ayudaba, pase días de desesperación en un pueblo alejado de mi familia, sin esperanzas de regresar o solo saber si habían sobrevivido al igual que yo a la revolución, estaba en un pueblo tan lejos, solía ver las estrellas en la noche e imaginar que mi madre y mis hermanas las veían igual que yo, que no estaba lejos, que algún día volvería.
Sin embargo la paz para mi duro muy poco pues al cabo de diez años, mis hijos apenas unos niños se quedaron solos, una noche entro un hombre a robar a mi rancho, yo como madre salía defender a mis hijos y ese hombre me apuñalo…
¿Qué fue de mis hijos?... no lo se. Estaba muerta, tal vez la paz ahora si llego a mi alma, las cicatrices de la revolución ya no duelen, ya no siento nada. Ya no veo lo que pasa, por fin hay paz y de mi no quedo nada.